martes, 27 de septiembre de 2016

Papers, please


Tiré una batería de 9 voltios a la papelera. Decía ser alcalina y, por ende, más cara, así que a los pocos segundos de embocarla en un pase basquetbolístico desde la cama, me arrepentí. Tenía que poder sacarle algo más de jugo a algo que me costó una pequeña y dolorosa fortuna. Entonces me puse a revolver la papelera y me di cuenta de que era como un testimonio de mis últimos días, un conjunto de capas geológicas de las cosas que pensamos que ya no nos sirven, ordenadas con lo más viejo en el núcleo y lo más nuevo en la epidermis. Y a medida que vas excavando, descubrís porquerías que también son recuerdos: esa caja vacía de pastillas que se me terminó y después compré de nuevo; esa primera cuerda que rompí el otro día por querer sacarle ruido a la guitarra folk como si fuera una eléctrica; aquél ticket del Frogg que testifica que compré cosas que ya me comí; papeles de aquella noche de esas en las que no toca dormir y donde escribí cosas que enseguida me parecieron horribles; la caja de Marlboro de aquella época del mes en la que me quedan suficientes fondos para no pasarme al tabaco. Y encontré la estafa de 9 voltios -que estaba totalmente seca de energía-, pero también me di cuenta de que mi papelera es una forma de registro histórico de mis días recientes. Y de que tengo que vaciarla más seguido.

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