viernes, 11 de septiembre de 2015

Nueva York no se iba a mover


Hace 14 años y siete meses yo era un quinceañero imberbe. Literal: me afeité la noche anterior a viajar a Estados Unidos, como si librarme de mi aún tímida barba me ayudara a convencer a los de Migraciones de que este pendeho latino no se iba a implantar en su país para robarle el trabajo a sus fellow americans.

Allá me compraría la guitarra Squier strato que inauguró mi carrera de músico frustrado. Allá me alojaría en la casa de una tía política hoy muerta. Allá recorrería junto con mi abuelo preferido y hoy muerto las calles de Jacksonville, una localidad de Florida que parece estar siempre durmiendo la siesta. Allá conocería el aeropuerto de Dallas, Texas, tan monstruoso que había que tomarse un ómnibus interno para ir de un andén a otro. Viajar dentro de viajar. Allá iría en un avión minúsculo hasta la ciudad de Virginia y vería por primera vez la nieve. Allá me preguntaron si quería conocer Nueva York o Washington y elegí la puerta número dos, con sus museos repletos de fósiles de dinosaurios y trajes de astronauta que fueron y volvieron del espacio con una persona adentro. Creo que dije que en un viaje futuro iba a poder elegir la puerta dos. Que Nueva York no se iba a mover. 

Siete meses después, hace exactamente 14 años, Nueva York se movió. Yo tenía 16 años, barba de siete meses y un arrepentimiento turístico que sólo fue superado, años después, por la culpa de no haber pasado tiempo con alguna gente que al final se evaporó, pero sin ruidos.

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