lunes, 1 de septiembre de 2014

Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de a dos, empezar por uno mismo







La primera vez que fui al Cafetín de La Teja -bah, que me pasé hasta casi llegar al Cerro y tuve que llegar caminando, acompañado por una mujer linda y una paranoia fea de explorador nacido en el no-barrio de Tres Cruces- me entreveré con los cuatro o tres botones de la rocola y puse este tema dos veces. Me dediqué una vuelta entera a escuchar sólo el bajo que hacía vibrar las ventanas, mientras la madrugada me hacía pensar "esto es rock".


Qué lindo disco. La Shakira de trenzas horribles, la que escribía sus propias canciones con música y todo, la del aire loser que sintonizaba con 1998; todavía no la de la intuición, nunca angloparlante, definitivamente ni un poco rubia. La que agitaba el monedero en "Ojos así", no tan sexy como con esa sed de atención de nena chica que pretende ser el centro de un cumpleaños con su única habilidad. ¿Dónde están los ladrones? me debe haber marcado más que el Nevermind, en una época con más campamentos de telenovela que graffitis y vandalismo urbano (vivía en Carrasco Norte. No hay mucha cosa que vandalizar, porque no hay mucha cosa).


En serio, qué buenos bajos que tiene Shakira. Debe haber sido el único disco que ocupa ese conjunto casi vacío de las cosas que compartimos con mi hermana tres años menor (las lecturas no, en el Nintendo yo era tan bueno que -o porque- acaparaba el control, Buffy, la Cazavampiros se la obligaba a mirar pero creo que nunca le prestó atención, Nirvana le parecía ruido y lo era). Hay que verla en el Unplugged de MTV (a Shakira, no a mi hermana), ronroneándole a los músicos con una torpeza súper liceal, robándole aún más piques a Alanis o cantando una preciosa versión de "Inevitable" a cuatro guitarras, una tocada por ella. Aparte, el bajista se sentó atrás de la entonces pelirroja y la cámara lo agarra todo el tiempo. Lo que más me gusta de estos unpluggeds son las reversiones, y Shakira acá lo hace mucho, mete inflexiones de voz distintas y muchas variaciones melódicas, además de que la bandaza rearregló todos los temas. Me encanta la versión trancadísima, monontonal, inundada de Hammond, de "Estoy aquí", la canción del disco Pies descalzos, sueños blancos, que cierra con el tema antiabortista más lindo de Lantinoamérica, "Se quiere, se mata" (en una letra posterior dice que no cree en Marx. Para atar cabos).


Contrario a lo que todo el mundo piensa, no es su primer disco: cuando era menor (artísticamente y de edad) sacó Magia y Peligro, dos fracasos comerciales que vendieron en total 3.000 copias en Colombia, que hoy están desaparecidos del planeta y que me haría enormemente feliz encontrar algún día en la feria. Después, bueno, vino Servicio de lavandería, con la mano de la productora, cantante y gusana Gloria Estefan revolviendo algunas de las composiciones y un trasfondo obsceno de temas dedicados a De La Rúa Jr en plena crisis argentina. Igual está "Underneath Your Clothes", creo que su última canción inspirada.


En los años siguientes perdió peso, perdió gracia y ganó millones de dólares y de fans, pero no pude escuchar "Loba" del todo libre de gesto irónico. Aunque si viene a Uruguay, claro, estoy ahí (queriéndote), en primera fila, o lo más cerca que me permita Red UTS. Para que lo que queda de mi yo de 1998 vea lo que queda de la gordita loser o, de última, para estudiarle los dedos al bajista.

miércoles, 2 de julio de 2014

Ensayo sobre perdedores


1.
A Roberto Musso lo entrevisté hace muchas capas geológicas de la juventud, en Juan Lacaze, cuando fui a cubrir el Festival del Sábalo (!) para una página web que ojalá se haya perdido para siempre en los abismos del caché. Yo era un prejoven, el Cuarteto era precampodónico (bah: el Cuarteto todavía era un cuarteto) y el rock era prepilsen. Era rock hecho en Uruguay, porque todavía no se había inventado el rock uruguayo. Alrededor de Musso y yo, el pueblo se preparaba para el ruido: las familias huían del predio y los rockeros lacacinos entraban -porque era también un tiempo preamistad entre rock y familia-. Incluso había visitantes de Colonia Valdense que se habían aventurado en territorio enemigo. Musso le contestaba mis preguntas liceales a un grabador que temblaba, mientras yo miraba el piso para escaparme de su visión estrábica. En eso cae Riki diciendo que había asustado a unos policías persiguiéndolos y diciéndoles no sé qué cosa. Su hermano mayor larga una risa de hermano mayor. El diálogo que sigue es una reconstrucción de memoria -o sea, mentirosa- porque, por suerte, también se perdió la grabación.

-¿Esto es común?
-Y... Riki es así. Nosotros nos hacemos un poco los raros pero él es de verdad.

Años después -poscampodónico, pospilsen, posliceo- salió el disco Raro, con esa aberración genética en la tapa. Pronto el Cuarteto sería rap, sería Grammy, sería quinteto.

2.
Rarísima la tapa de ¡Formidable!, el disco de Riki que acaba de salir para bajar gratis y obligatorio. Si el 4Teto en su disco quiebre lució la portada de un Frankenstein de sus integrantes, acá Riki Musso deja claro que basta con su deformidad propia, apenas retocada. Por algún motivo, siempre me pareció el más loser de los cuatro. Mientras Roberto se empeñaba en construir la imagen de perdedor desde la primera persona, y con qué talento, Riki hacía sufrir a sus personajes con la saña de un demiurgo resentido, una víctima del bullying antes de que se llamara bullying, que ahora se cansó de ser el gil y se compró una pedalera. La galería de personajes de Riki es un circo de niños con cáncer y/o víctimas de abusos varios, amputados que pasaron por lobotomías, hombres viudos con hijos retardados, polacos perdidos en Montevideo; él entiende al deforme (hasta le compuso esa canción directa de 1986) y lo canta desde adentro. En verdad, aunque no use tanto la palabra yo, Riki es el que más escribe en primera persona.

3.
Odiar a Campodónico. Colgar al DJ. Un poco no nos gusta que la banda que escuchábamos -primero en casete atraídos por las malas palabras y después en CD, atraídos por la irreverencia nacional- se haya vuelto tan masiva de la mano de Campo. El efecto Gollum. Muy uruguayo, diría, si no me molestara tanto cuando la gente etiqueta de muy uruguayas actitudes que en realidad son de gente de todo el mundo (a su vez, una actitud muy uruguaya). Seamos sinceros: nos rompe las bolas que el continente le dé a la banda lo que nuestro país despistado no tuvo ganas ni capacidad de darles. Nos jode que gente que nació en los 90 use remeras tamaño M de la banda que seguimos durante toda la década pero no nos animamos a exhibir en la ropa. Nos molesta mucho que los perdedores ganen. Somos conservadores. Nos gusta que suba gente al ómnibus hasta que subimos nosotros, y a partir de ahí que no suba nadie. Pero la culpa es de Gollum y del anillo: Campodónico, productor a lo yanqui -de los que empiezan a trabajar desde el proceso creativo y no recién en el estudio-, se dio cuenta de que había que homogeneizar el sonido, pero lo que hizo fue pasteurizarlo. Campodónico, productor hasta cuando intenta ser músico -porque Campo, vamos, no es mucho más que un proyecto armado por un productor en rol de productor, además de un anuncio mentiroso de un género nuevo, el "subtropical"-, se dio cuenta a partir de Raro que el rap rendía, y Roberto Musso no hizo prácticamente nada más desde ahí que rapear. Campodónico eliminó el "chiste musical", los ruiditos de fondo, los cambios de género que probaban que el Cuarteto no sólo era gracioso: eran una buena banda capaz de tocar mucho. Campodónico metió copypaste en la grabación de Bipolar y cuando salió el disco Riki vio que cosas que había grabado no estaban y que había cosas que no había grabado y estaban, así que Riki se fue. Un buen perdedor es el que pierde pero también el que elige perder.

4.
Riki era el Campodónico de antes. Grababa al Cuarteto en su estudio, mezclaba, masterizaba, retocaba. Metía muchas guitarras. Sonaba imperfecto, sonaba casero, sonaba vivo. Aunque no se lo reconozca nunca como guitarrista, Riki es tan bueno que hubo que buscar al mismísimo Topo Antuña para llegar a la altura de su deformidad refinada. Un hombre de muchos pedales, amigo del efecto tremolo, de las escalas cromáticas incómodas y de los bends que parecen gritos de Cuasimodo. Un observador de los tics de los géneros para reproducirlos, medio en joda y medio en serio. Ante el sonido más tirando a homogéneo de los últimos discos del Cuarteto, ¡Formidable! se vuelca hacia un pop bizarro de guitarras acústicas y bajos precisos que Tavella nunca hubiera tocado. Hay armonías "raras", tiempos irregulares, solos ruidosos: cosas que el Cuarteto desterró en sus últimos discos. Riki es el dios del estudio: grabó voces, teclados, bajo y muchas guitarras (las baterías quedaron a cargo de Leo Baroncini, ex Los Tontos) y juguetea con armonías folclóricas "La antorcha humana" (un tema que viene tocando en vivo hace años en sus presentaciones de hombre solo, algunas junto a Maslíah) y en "Chiche bombón", visita a Buenos Muchachos (ok: a Pixies) en "6 días de asueto", ahoga su voz en flanger casi al final de "Criminal" y jode con el autotunes en "La flor de la sandía", como un guiño a la indignación que generó cuando lo usó el hermano mayor en Porfiado. También es un gran letrista. Dos ejemplos. A) "y me gritaron imbécil / el resto de la frase la perdí en el hormigón", en "La estrella del baile" (la anécdota de un músico que, patovica mediante, no puede entrar a su propio show, o un ensayo sobre las diferentes capas del problema de ser perdedor aún ganando, una temática que sobrevuela todo el disco). B) "La irrisoria estadística .1 en un millón / es un montón si justo te toca a vos", en "La antorcha humana", que tiene el plus graciosísimo de "bola de fuego para bailar". También hay climas, ambientes, onirismo (me embolé de citar nombres enteros, pero hay un tema buenísimo y circular sobre cabras y ovejas en un ascensor, que suena muy Exilio Psíquico), amor (otro tema sobre una mujer que huele a sandía), resignación laboral (hay una que es como una respuesta a "Pobre papá"). No tan infumable a propósito como en discos anteriores, más de entrecasa que casero, nada low-fi, la ironía del título habla de los buenos perdedores, los que saben sublimar su condición en algo útil y hacer de toda esta mugre aunque sea una perla.

jueves, 27 de marzo de 2014

Todos los trabajos son de terror (II)

(Segunda parte de esto.)

"¿Quién me mandó ser telefonista?
¿Desde cuándo esa es mi vocación?
Enmudecer no estaría mal
(se me da mejor escribir que hablar)
o simplemente ser vegetal
o quizás proteína o derrame cerebral".
"Telefonista", de Carmen Sandiego. Inédita.


Había un capítulo bastante bueno de Hermanos y detectives, la serie de Damián Szifron, también creador de Los Simuladores. A hermano y detective grande se le armaba un bardo porque una trabajadora social lo estaba evaluando para decidir si se podía quedar con hermano y detective chico o lo mandaban a un orfanato. (Dos cosas que nada que ver: uno, no recuerdo trabajadores sociales retratados desde un costado amigable en la ficción mundial, salvo Falcon, el superhéroe negro neoyorquino de los Avengers; dos, qué buena idea Los Simuladores, esa mezcla de Los Magníficos con una hipérbole del chanta bonaerense, cuatro ultimate cagadores, o una forma inteligente de procesar -un freudiano diría elaborar- la imagen de Argentina que tiene el mundo; eso más un leve barniz moral). Hermano y detective grande, además, tenía que resolver un caso de un francotirador que mataba gente desde algún edificio del centro. Al final (SPOILER) era un viejo frustrado que trabajaba en un call center. Siempre me pareció un poco exagerado.

Eso hasta que empecé a trabajar en un call center y empecé a no entender cómo hacía la gente que trabaja ahí para no matar a todos.

Ojo: hay call centers y colsenters. Yo conocí a una mina que saltó por la ventana de Informes 20 porque la estaba volviendo loca. Saltó metafóricamente, digo, pero seguro que alguna vez pensó hacerlo de verdad. La llamaban más que nada pendejos para que les resolvieran los deberes o gente que sólo quería conversar y no tenía con quién. La gente sola es más angustiante que los muertos.

Eso último también le pasaba a una amiga que tuvo que trabajar en una hot line. No, los pajeros no eran lo peor. Con ellos la relación era más promiscua: llamaban un día a Susy y otro a Jennifer, y con la acabada se terminaba el contrato y la llamada. Con el exorcismo de esos mililitros de chele que aterrizaban en un pañuelo elite terminaba la simulación de ese algo que ninguna de las partes creía, como el goce (lapsus: puse "coge", que es anagrama) teatral de una puta. De los que llamaban, los peores no eran los que necesitaban un monte de Venus sino un abrazo. Gente vieja y sola, gente joven y sola. Gente que pedía siempre con Susy o siempre con Jennifer. Algunos se aburrían de hablar de sexo; la orden del día incluía sus familias, sus trabajos o nada: sólo hablar. El juego -perverso- era mantener el interés para que el tipo no cortara, siempre evitando con más o menos elegancia las invitaciones a tomar algo que tarde o temprano llegaban y que una cláusula en el contrato de las operadoras prohibía. Tampoco estaba permitido pasar un teléfono, una dirección, un mail, un facebook, una foto.

Una compañera de esta mina le contó que había un tal Sergio que llamaba día por medio. Parecía que estaba impostando la voz ronca todo el tiempo para que pareciera más grave. Le decía "linda" cada tres palabras. En los pasillos, en los veinte minutos o en los diez - así se particionan los descansos- se lo imaginaban como un pendejo de 15 años con acné y se reían, pero con el tiempo Venus dejó de prenderse a los chistes. La verdad, le confesó a mi amiga mientras trataba de prender un cigarro suelto de quiosco, era que se estaba enganchando. Un día que la supervisora faltó para hacerse el PAP, Venus le dijo a Sergio que era Mariana y que la pasara a buscar después de su turno. Supongo que se animó como un cajero mete la mano en la caja chica o una vendedora de ropa se roba una bombacha. Arreglaron la hora pero Sergio nunca llegó. Llamó al otro día.

-¿Qué onda?
-Te tengo que decir algo.
-...
-Pasa que soy mujer -dijo Sergio con una voz aguda que era la de verdad.

Cortó y no volvió a llamar.

Mi amiga también me contó de la vez que un viejo le dijo que la quería. Ella se rió, siguió la charla y cuando terminó se pidió la media hora, se encerró en el baño, abrió la canilla fría al máximo, se sentó en el water y explotó en un llanto de lágrimas calientes que le quemaron los ojos como chorros de volcán. "Me siento una mierda", me dijo. Yo seguía dudando del cuento de Sergio pero igual le presté un abrazo largo, tibio, inútil.

Ahora me toca a mí. Primer día de la capacitación del call center. Estoy lleno de sueño. Es demasiado de mañana para un noctámbulo insomne y que nació en modo low bat, pero (de esto me enteraría un cacho más tarde) en este call center el tiempo funciona de forma un poco peor que afuera.

-Bueno, antes que nada, este trabajo tiene una peculiaridad: la mayoría de la gente que trabaja acá está sobrecalificada. O sea, todos ustedes son mejores que este puesto.

Hubiera cerrado los ojos en señal de suspicacia, pero ya los tenía cerrados por el sueño. Nadie te hace levantarte tan temprano para halagarte. Ya empezamos mal.

Seguimos peor. "¿Los días de capacitación son efectivos?", pregunta desde el fondo y desde abajo de su cerquillo negrísimo una piba de vaqueros y actitud igual de rotos. Efectivos: maneja el slang, sabe cómo viene la mano y quiere saber si nos van a pagar la semana de adiestramiento a los 25 tristes apilados en un cubículo de paredes de vidrio y unidos apenas -y hasta por ahí nomás- por el frío y el desempleo. El adiestrador -la rotita, Johnny Rotta, seguro conocía una palabra más apropiada- contesta haciendo un esfuerzo alienígena para no cagársele de risa en la cara.

No, claro que no son efectivos. Si me preguntan, son lo contrario a efectivos. Pero nadie pregunta.

Debería sentarme al lado de ella y dedicarnos a reírnos de todo y de todos con maldad sulfúrica, pero estoy demasiado dormido como para lo que sea. Trabajó en varios de estos, se fue de su casa de muy chica y tiene una relación intensa con sus padres; de todo esto sólo contó lo primero, pero lo otro es obvio.

El domador de gente reparte el manual del buen operador. Es un folleto impreso en unas A4 dobladas, con un nivel de onda parecido al de un panfleto de una comunidad anarquista. Los opuestos se toquetean. El objetivo de la biblia del perfecto telemarketer (así se llama en lo que nos deberíamos convertir después de dejar la piel vieja en el cubículo de vidrio) es apoyar el proceso complicado de metamorfosis que se requiere para trabajar en un call center que vende servicios para otro país. Hay que llamar a España. Hay que evitar expresiones locales y usar palabras de España. Si los clientes preguntan, hay que decir que estamos en un edificio en España. Todos los relojes (los de las paredes, los de los teléfonos, los de las computadoras) están con la hora de España. Antes de atravesar la puerta y marcar tarjeta, son las 8 am; después de que el aparatito contesta con un piiip malhumorado son las dos de la tarde. Esa esquizofrenia espaciotemporal duele más cuando uno sale a las 21 pero en el exterior de la burbuja de cemento, aluminio y emprendedurismo son las 15. El cerebro piensa en noche y se encuentra con la luz de un sol cagón de otoño, porque acá el tiempo funciona de forma un poco peor que afuera.

Lo otro es el lenguaje. No se puede decir costo porque significa una piedra de porro, así que es coste. No se puede decir correr. Está prohibido que se escape un ta o un che. Las palabras de origen anglo se pronuncian como se escriben: wi-fi es "uifi", Orange es "oranje". Nunca pronunciarás la palabra celular, que en la Madre Patria suena a biología. Siempre móvil. Hay que ustedear o tutear, pero JAMÁS vosear. Otra esquizofrenia más, una arriba de la otra, más el peso de los días de cansancio, pueden ayudar a que la gente descubra que abajo de sus peores cosas hay cosas aún peores.

"Buenas tardes, soy Federico y le estoy llamando de Movistar": exactamente así había que empezar cada llamada, según el entrenador de humanos. Nada de "mi nombre es" o de "trabajo en". Lo ensayamos en la capacitación antiefectiva mil veces, repitiéndolo como un mantra para que se quedara pegado del lado de adentro como melodía infantil o como nicotina en los pulmones. "Buenas tardes, soy Federico y le estoy llamando de Movistar". "Buenas tardes, soy Federico y le estoy llamando de Movistar". "Buenas tardes, soy Federico y le estoy llamando de Movistar". "Buenas tardes, soy Movistar...".

La gente. Cada chafi. En los recreítos, en los almuerzos con gusto a microondas y en la sala de descanso, que tiene una mesa de ping pong que funciona como dispersión y como carnada, cuando la rota deja hablar al resto, van apareciendo. El treintón con cuerpo de rugbista que fue policía y se llenó de coimas y anécdotas que no debería contar. El profesor con una calvicie deprimente para su edad corta, pálido y rubio, todo desteñido él, que de noche da clases de historia para darle de comer al pibe de dos años. El jipi que vivió en Venezuela y la policía le robó como castigo por porte de documento extranjero, que cuando podía dormir soñaba con vivir del dibujo. La pendeja dark de ojos más que oscuros, adentro y alrededor, que se esfuerza por esconder bajo las mangas largas el souvenir de dos cortes asimétricos, uno por brazo. La vieja que no entiende nada de nada de nada.

Y yo.

Terminó la semana. Hay líderes, enemistades, coqueteos, competencias. Ya somos un grupo, con sentimientos de pertenencia y un cable de teléfono invisible que nos une. La prueba (LA PRUEBA) es dura. Todos están en el cuarto y van agarrando el teléfono para vender un plan de mierda a un gallego (El Gallego, el encargado al que clavaron en el Tercer Mundo con la tarea de velar por que los indios se comporten), que está en su oficina. El premio por aprobar es ganarse un cubículo minúsculo con una computadora vieja y un teléfono sofisticado del otro lado del vidrio. En caso de fracaso, el castigo es el fracaso de haber fracasado al intentar entrar en un lugar fracasado. Es el caso de la bobita de 19 años que estudia derecho: en pleno acto de venta de mierda se quiebra y sus ojeras se ponen a llorar, mientras se agarra el pelo planchado. Manotea sus cosas y se va, pobre y apagada, por el pasillo, revolviendo su bolso caro sin dejar de taconear hasta encontrar un rollo de papel higiénico. Me toca a mí, y no me va tan mal con el falso cliente. Al menos no tan mal como se esperaría de alguien incapaz de venderle nada a nadie. El personal trainer lee la lista de los que quedamos. Todos menos la bobi. Cuando el tipo pronuncia mi nombre, me doy cuenta de que la noticia me alegra y siento un asquito tóxico de mí mismo.

De afuera, la empresa es un galpón de aspecto turbio, cerca de la terminal de Río Branco, en una calle poblada de ruido, casas de repuestos y basura. Adentro no se parece en nada a las imágenes luminosas esterilizadas de call centers que cuelgan en la web. Para empezar, casi no hay gente linda, y no hay uniformes blancos ni dientes blancos. Las plantas son de un plástico inmortal y deprimente. Los bordes de la alfombra están levantados y los escritorios exhiben la mugre anónima de los lugares donde todos los días se sienta una persona diferente. Suena la campana y entramos como vacas, a elegir el cubículo que quede más cerca de la ventana pero más lejos de donde se sienta el supervisor.

Como el ser humano, el telemarketer empieza siendo junior. Junior significa que somos peores que los senior, y nos encargamos de llamar a malos clientes para ofrecerles malos planes. Es el primer día efectivo, y cae la primera llamada. Ensayo el mantra empresarial para adentro mientras suena el túu túu.

-¿Hola?
-Hola. Digo, buenas... me llamo... soy Federico y te llamo de Moves... Movistar, y quería saber si... blllrlghsjk

Cuelgo. Claro que está prohibido colgarle a los santos clientes, pero la presión es insoportable. Mientras, una piba de nombre ruso mete una venta en su primera llamada, y otra, y otra. Un peso más de comisión. Yey. Yo intento una segunda llamada que falla, y una tercera que falla más. Capaz que me tengo que ir a la mierda, pienso demasiado tarde. La supervisora no sabe mi nombre, pero escucha alguna de mis llamadas catastróficas y me dice que tengo que hablar más tranquilo.

-Y también tenés que sonreír. Vos dirás que no, pero del otro lado del tubo el cliente lo nota.

Contengo mis ganas de sugerirle usos proctológicos con el tubo y salgo de España a tomarme los diez. Me tiemblan las manos y rompo varios fósforos antes de poder prender un cigarro. Pienso en el alivio de la renuncia y en la severidad de mis viejos. Pienso en Facultad, que no voy a poder cursar. Pienso en la plata, que no voy a cobrar hasta dentro de un mes. Terminan los diez y el cigarro. Vuelvo a España, al cubículo. Levanto el tubo y ya no pienso.

Pasó una semana. Hay cambio de horario para que el país ahorre electricidad, pero para mí significa levantarme cuando el mundo es más temprano, todavía de noche pero con una pincelada tímida de sol. Mantener los ojos abiertos arde como si tuviera los párpados llenos de vidrio molido y el cansancio acumulado pesa como arrastrar a un amigo muerto en la guerra. Despertarse para pasar ocho horas de clientes que te desprecian por sudaca es una forma lenta de suicidio del orgullo. Y yo, que nunca había trabajado mucho más que dando una mano en la carpintería familiar; yo, con una comodidad que no combina mucho con una infancia muy cercana a la pobreza; yo, aburguesado por elección y por incapacidad, estaba asomando la cabeza al mundo del proletariado, y lo que veía se parecía mucho al horror.

En la primera llamada, un hombre de Madrid me grita "vuélvete para tu país". Me encantaría decirle que estoy en Uruguay, pero el contrato no me deja y tampoco estoy muy seguro. En la segunda, le vendo a una vieja un paquete que no le conviene, porque le deja mandar mensajes pero no hablar gratis con todos sus hijos, una ventaja de un plan viejo que a Movistar le pareció demasiado beneficioso como para mantenerlo. Ella está en la playa y yo le habilito el plan nuevo (una de las pocas veces que coseché una comisión); cuando se da cuenta de que la re cagué, reclama. Obvio. Yo me pongo nervioso y corto el teléfono. Si alguien está escuchando me van a cortar las bolas, pienso. Soy un antitelemarketer. La vincha negra de la familia. Trato de ubicar a los supervisores. No se los ve. Me pongo nervioso y no me quedan cigarros ni tiempo de descanso. Me desconecto de la Matrix y voy hasta el baño. La pared está hecha de azulejos de varios tonos de celeste y me pierdo en el sinsentido geométrico de los cuadrados. Sigo nervioso, re. Me cuesta llenar los pulmones y empiezo a ver todo negro. Me paso las manos por los ojos y los dedos mojados me avisan de que estoy llorando. Y ahí llega, sorpresivo como una piña de garrón, el ataque de pánico, feo, opresivo, indescriptible como el Cthulhu. Pero en el medio del asalto de angustia sin forma ni contenido tengo la dedicación de abrir la canilla para que el agua corra fuerte. No sea cosa que un supervisor me escuche.

Llegan los días de la noche. Dos veces por mes hay que ir un sábado a las dos de la madrugada, mientras en España es de mañana y los españoles están con las defensas bajas. En esas noches tétricas nos juntan con los senior, los salados, los que aguantaron más tiempo en un trabajo en el que cada semana renuncian 20 personas y entra la misma cantidad, como en un matadero de puerta giratoria. Los senior son un mundo aparte. Más cancheros, menos inseguros, tienen algunos minutos extra de descanso y cobran un sueldo menos miserable que nosotros. Entre los senior que venden más se sortean celulares y electrodomésticos. El empleado que acumula más comisiones tiene asegurada su foto sonriente en la pared por al menos un mes, y puede aspirar a ser -oh- supervisor.

Están los que siguen de largo y cuando el encargado no mira se pasan la bolsa con disimulo inútil. Algunos toman merca incluso fuera del baño, escondidos atrás de las paredes de compensado barato de los cubículos, cuando los jefes están en la otra punta del cuarto. Sacan el saque con la misma tarjeta con la que se marca la llegada, que siempre está a mano. De alguna manera, todo lo que rodea a tomar y trabajar es simbólico y patético. Hablan mucho y venden mucho. La jornada nocturna atraviesa la madrugada como una aguja y nos deja al otro día, a la tardecita de España pero a la mañana uruguaya. Me pregunto qué hará la gente a esa hora con su dureza, pero no me interesa tanto la respuesta como para formularla en voz alta.

Llamo a un señor -señor, no senior- y me atiende su mujer. Me dice que lo llame al celular y me pasa el número. Atiende una piba de voz más joven que la anterior; me dice que él está en la ducha. Te agarré, pillín. Lo llamo al rato y le cuento que recién hablé con su esposa y le ofrezco los planes de mierda. Aunque no digo nada directamente, un poco lo estoy extorsionando. El tipo lo sabe, yo lo sé, la amante lo sabe y el pobre compra mi silencio con sus euros invertidos en un plan para hablar más barato de noche. Cuelgo con la cabeza hecha un cóctel de culpa y satisfacción.

Y es ahí, cuando me estoy por convertir en buen telemarketer y peor persona, que renuncio. Quería cagarlos a puteadas, decirles que su empresa-picadora de carne es una aberración similar a la Conquista española reformulada en el capitalismo tardío, que es un trabajo de esclavitud, mal pago y que te hace mierda la espalda y los nervios. Pero no, no lo hice, porque ser trabajador, joven, experto en nada y sin diplomas ni parientes capaces de acomodarte también significa ser rehén de la parte más disciplinaria del currículum que llamamos "referencias laborales" y que te inhabilita a mandar a la concha de su madre a la gente que probablemente más lo merezca. Improvisé excusas en una carta vaga, la presenté a las alimañas de Recursos Humanos y me fui.

No hay saludos para nadie ni pedidos de celulares ni mails. No quiero estar en contacto. Ni con la rota, ni con el profe, ni con la dark. No quiero que nada que me pueda recordar a esto siga embichado en mi vida. Hasta me prometo tratar mejor a los operadores, incluso cuando la empresa que representan me esté re cagando. Camino por el pasillo, mirando a través de las paredes de vidrio a mis nuevos ex compañeros encorvados, que sonríen para que clientes del otro lado del océano los escuchen sonreír, más entusiasmados y menos desempleados que yo. Siento el desempleo como un peso que se evaporó, como una brisa de Rocha en tiempos de aire acondicionado. Como un miedo o como una libertad. Tengo la plata del salario vacacional abortado, que me grita desde el bolsillo que la gaste, y me siento valiente y pelotudo. Mi primera renuncia. Bajo las escaleras, saco un cigarro y me voy de España para no volver nunca, nunca más. Que les den por culo.



miércoles, 5 de febrero de 2014

Todos los trabajos son de terror (I)

Montevideo, 2009. Año de mierda.



-Bueno. Decime, Federico: ¿conocés lo que hace la empresa?

-Claro que la conozco, forra. Ustedes son los que llenan de spam las casillas de mail, las páginas web y las bolas con ofertas de cosas que compran de a cien y venden cupones de descuento de viajes o depilaciones para nuevos ricos que tienen que empezar a aparentar un nivel de vida que esperan mantener por mucho tiempo.

Eso fue lo que contesté para adentro, aunque no lo creía del todo. Y usé "forra", que es algo bien de forro. Para el otro lado, para afuera, sonó algo más parecido a:

-Sí, claro.

Ella, la de recursos humanos, tiene un bronceado de cama solar o de Europa. O de cama solar de Europa. Sus manos están libres de anillos y de imperfecciones. Habla con un dejo de simpatía cheta y está masticando chicle o superioridad. Debe vivir en un piso alto de un edificio alto. Parece sacada de la foto de una publicidad de la empresa para la que trabaja. Capaz la eligieron por eso, o las horas de cubículos y buen sueldo la fueron convirtiendo en el modelo de consumidora de la compañía. De tanto mirar al axolote se convirtió en el axolote. Y yo también me estaba metamorfoseando pero al revés, en gusano. Yo, que siempre odié la postura de hater superado -esa forma de negar al otro que no es más que esforzarse todo el tiempo por reconocer su importancia- me estaba convirtiendo en uno y hasta pensaba con palabras porteñas. Qué forro.

-Una mierda -me había contestado el conocido que me recomendó para el puesto de trabajo cuando le pregunté qué onda. -No vas a tener tiempo para nada pero el sueldo está bien. Muy bien. Eso sí: si tenés miedo a convertirte en un yuppie ni vengas.

-Mirá, la verdad que a lo único que le tengo miedo es a ser un fracasado, pero como eso ya sucedió no hay drama, viejo -quise contestarle, pero tenía que empezar a preparar una falsa seguridad en mí mismo que combinara mejor con mi camisa preferida, la que llevaría a la entrevista de trabajo: marrón a cuadros, manga corta, bolsillos grandes, botones fáciles de desabrochar cuando vuelvo tan en pedo que me despierto en el 109 y me doy cuenda de que me pasé a veces de parada y otras de departamento. Es menos grave de lo que suena: la casa de mis viejos (en ese momento y los primeros meses de vida emancipada, por efecto residual, "mi casa") queda en un barrio envejecido y alienado que está en Montevideo pero al borde de Canelones y al borde de otro barrio de murallas altas y garitas rellenas de guardias de seguridad que custodian casas tan feas como queremos creer de todo lo que es inalcanzable. Un barrio cercano que nos muestra lo que nos gustaría ser. En el otro límite, un cante donde los tiroteos y los incendios de los ranchos nos recuerdan lo que no queremos ser. Habría que escribir sobre Carrasco Norte. Un lugar raro. Supongo que todos los barrios son de terror.

En fin: a mi recomendante le dije que sí, que claro, que no había problema con el horario ni con los dos ómnibus que me tenía que tomar (barrio de mierda, también en eso), que no me vendría mal el sueldo. Sueldazo. "No me viene mal". Qué mentiroso hijo de puta. Porque no es lo mismo no venir mal que venir desesperadamente bien. Esa forma de mentir que es decir la verdad pero ocultar el alma de los hechos. Bueno, el alma es que necesitaba plata urgente para dejar de rascar las monedas del fondo de una alcancía con bulimia que me pagaba los vicios, mientras tragaba el remordimiento y la comida en cada cena salida 100% del bolsillo de padres que -como en esa canción de Cabrera que ya no me queda- gritan otro idioma.

La entrevista, nada.

-¿Qué creés que podés aportar a la empresa?
-Unas ganas enfermizas de que me expriman en un trabajo repetitivo por un sueldo que no amerita el vaciamiento de alma, atenuado sólo por los viernes casual y las canastas navideñas que entre las latas de atún y los pandulces contrabandean la culpa de la explotación.

-¡Buenísimo! ¿Y cuáles creés que son tus cualidades?
-¿Puedo repetir la respuesta anterior?

-¡Excelente! Y decime: ¿sos bueno para trabajar en equipo?
-No, la verdad que no. Una mierda. Nunca puedo llegar en hora a ningún lado porque una fuerza magnética de origen sobrenatural me atrae hacia la cama con mi complejo de bicho bolita. Pero además de eso me distraigo con facilidad, soy una víctima frágil del procrastinamiento, chequeo mil veces todo lo que hago, soy lento, soy ansioso, soy inseguro y termino cediendo las cosas a regañadientes. Bah, inseguro no... digo, no sé. O capaz sí. Yo qué sé. ¿Vos cómo me ves?

-¡Bárbaro! Ahora vení por acá para la prueba.

La prueba (¿o La Prueba? ¿o LA PRUEBA?) era redactar dos anuncios similares a los que cada día se suben a la web y saltan en pop-ups que, como los inquietos en el cine y los altos en los recitales, tapan lo que de verdad queremos ver. Uno de los avisos era sobre un hotel de cuarta en Mendoza y otro, de meriendas carísimas para gente que tiene "tomar el té" como actividad social semanal y no como un placentero complemento de todo lo que se puede hacer frente a un monitor. Terminé LA PRUEBA y miré por la ventana. Piso mil de la torre gemela que está más al mar. "Si fueran plantas la otra sería la hermana boba", pensé. La vista da al asco de negocios de 26 de Marzo y, más allá, Kibón, que nunca entendí qué vinculación tiene con los helados. El mar, en su versión pocitense, se muestra menos marrón para gente menos marrón que, como si fuera un nene que logró unir sus dos primeras fichas de lego, no se molesta en mirarlo. Una vista preciosa, supongo, para la gente que tiene facilidad para disfrutar de esas cosas, o de las cosas en general.

Termino y saludo con mi entusiasmo mejor fingido. Paso por un comedor donde las secretarias comen de sus tápers tristes. Salgo al pasillo. Bajo por el ascensor que me subió, un casi autómata que cuando apreto el botón avisa con voz de locutora robot sin acento alguno que voy a la planta baja, por si soy ciego o pelotudo. El tablero, además de los redondeles fríos de metal, tiene tres rendijas para llaves, de esas que llevan a pisos en los que pasan cosas. Nadie en este mundo puede decir que es importante hasta que tiene en su llavero una llave para un ascensor con llave.

En una esquina, un ojo de androide me vigila -los pasillos también están llenos de cámaras- y le clavo mis ojos color aburrido, mientras bajo los mil pisos, pensando en qué pensará el uniformado color marrón agua montevideana que me está mirando. ¿Se estará incomodando? ¿Se estará cagando de risa? ¿Me estará mirando fijo también mientras me desabrocho la camisa sin dejar de mirarlo -botones fáciles- y fantaseará con que me voy a desbolar en ese móvil ataúd (Cabrera, otra vez Cabrera, usa esa expresión para referirse a un subterráneo. Nada más parecido en eso y opuesto en todo que un ascensor)? ¿Mirará a su compañero de reojo para ver si está dormido para poder seguir mirándome mirarlo sin complejitos? ¿Seré su anécdota del día y me contará a su mujer cansada?

Ya en el piso de abajo, marco la tarjeta, porque cuando entré me pidieron la cédula y me dieron una tarjeta magnética de visitante. Según algunas películas es más fácil colarse en el edificio de la CIA. Supongo que, como en Carrasco Sur, la gente siente que las cosas, más allá de que puedan correr riesgos o no, son más importantes cuando hay un guardia de seguridad antes.

Me fue mal, claro. Contrataron a una mina egresada de la Católica, o me lo inventé porque a toda la gente que no banco le encajo la Católica, lo que no significa ni ahí que toda la gente que estudió ahí me resulte detestable (el horno no está para bollos, me dicen, y si no fuera muy inapropiado en el contexto me encantaría retrucar que hornear bollos es exactamente la función de un horno).

De eso me enteraría después. Ese día la espina fue otra: era la jornada hippie (o, mejor: jipi; ver el post de Valizas, mi único y seguro último hit) de liberar libros y yo involuntariamente liberé mi camisa preferida en algún punto del trayecto hacia mi novia de ojos verdes, la del talento, la sin problemas para disfrutar de las cosas, la que hacía que la vida fuera un poco más algo y un poco menos nada. Me la trajeron de Estados Unidos (a la camisa) así que no me podía comprar otra. Igual, ¿con qué plata?

No quedaba otra: tenía que seguir buscando trabajo.



lunes, 25 de noviembre de 2013

Pasan cosas atrás de la cortina*



Dibujo de Uni.

El pibe es el último en entrar. Es de noche y la casa muy probablemente está en el Cerro, porque para el pibe todo lo que queda lejos es el Cerro. Tiene nueve años, una hermana y poca calle. Los ojos alambrados con pestañas de nena -dicen mujeres que ofician de tías- capturan imágenes a pesar de la poca luz: un cuarto separado del living por una cortina de cuentas de madera, un banderín del Frente, fotos viejas de gente cuando era joven.

La familia visitante, que no la pasa tan bien como para que el censo los ubique en la clase media pero tampoco tan mal como para ser pobre, se acomoda en las sillas incómodas del living-comedor. Los recibe la pareja de la casa. No son ni viejos ni jóvenes y no tienen rasgos tan definidos como para quedarse en la memoria del pibe hasta que ya no es un pibe.

Hablan en voz baja mientras el pibe y su hermana menor se dedican a aburrirse. Ella es fuerte, dice la dueña de la casa, a quien fue a visitar la familia. Es por el color de pelo. Ahuyenta las malas energías. Es la única pelirroja de la familia además de uno de los abuelos. El resto no tiene el espíritu blindado por esas defensas anímicas y capilares, en especial la madre. Hace tiempo le pasan cosas. Se siente mal, vomita, le duele la cabeza. Los médicos no le encuentran nada, así que el problema tiene que ser esotérico. Hay sospechas de trabajos de magia negra por parte de un familiar medio cercano, de los que se abrazan en los asados y se defenestran mientras se lavan platos, vasos y dientes llenos de grasa.

El padre es de los que no creen en nada pero no descartan que haya algo. La madre al revés: cree en todo. Un combo de maíz, un pollo degollado y unas velas al costadito del cordón de la vereda provocan tanto horror como encontrar -como 10 y poco de años después- un 25 en la mochila del pibe. 

La dueña de la casa dice que lo suyo no tiene nada que ver con la religión (o algo así: todo fue hace mucho y el pibe no tomaba apuntes ni usaba grabador). Cuenta sobre cuando se le despertó el don: el nene de una amiga se sentía muy mal y cuando le tocó la panza vio los órganos por dentro y le chispeó en la mente una palabra: hepatitis. Los médicos lo confirmaron. Ahí empezó a creer.

La madre del pibe y la señora con poderes se meten en el cuarto de la cortina de cuentas de madera. El pibe y su hermana miran en la tele algo que no les interesa en un canal abierto mal sintonizado. El rato es largo o se les alarga por ese tedio que sufren los niños a los gritos y los adultos en silencio.

La madre sale, capaz con ojos de haber llorado, y el padre le extiende al señor de la casa -no a la curandera: al señor de la casa- un billete importante. No acepta. Insiste. Acepta.

En el camino de vuelta el pibe dibuja en el vidrio empañado y la hermana le arruina su obra con rayones de hija más chica o de envidia (el pibe quiere ser dibujante o arqueólogo, porque todavía no sabe nada sobre palabras como talento o desempleo). Los padres van secreteando en un código torpe: creen que los niños entienden menos de lo que entienden. Después de una pausa larga, casi llegando a casa, el padre suelta una frase que el pibe probablemente escucha por primera vez:

-Es creer o reventar.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un uniforme es un uniforme



Dijo que se llamaba Vázquez y aunque importara no le creería: en ese lugar nadie dice el nombre porque nadie lo pregunta. La gente deja el saco y la identidad -todo lo que pesa- en el perchero que está al lado de la puerta que abre con chillido. Mientras esquivábamos las miradas de una veterana de pelo teñido y piel desteñida y nos esforzábamos por evitar cualquier gesto que ella pudiera interpretar como una invitación a la mesa, Vázquez o quien sea me contó que era secúriti. Lo dijo como si hubiera estado semanas ensayando la palabra frente al espejo para no equivocarse, igual que un pibe sin talento que prepara la prueba de ingreso de la EMAD.

Tenía la piel oscura y las ojeras tatuadas en la cara. Yo nunca sé calcular la edad pero creo que alguien que sepa también habría tenido problemas. Los ojos estaban rojos; capaz por el humo de gente que se cagaba en los decretos (Vázquez de nuevo), capaz por el whisky nacional que se tragaba difícil y se evaporaba fácil y al tomar inflamaba las venitas como enredaderas rojas, seguro no por llorar. Yo también los tenía así. Me vi en el espejo del baño mientras él sacaba del bolsillo delantero de su uniforme negro y amarillo una obsoleta tarjeta de Antel para teléfonos públicos que mostraba en una de sus caras lo que en tiempos mejores había sido una foto de unos pinos bobos y hoy era un bosque deslucido, fantasma. Cédula, Tarjeta Joven, Socio Espectacular, RedBrou. Siempre tuve la idea chota de que la tarjeta elegida dice todo sobre el que la usa.

Su trabajo era estar diez horas en el supermercado cuidando que los planchas no se robaran las cosas que él con su sueldo no podía comprar. El jefe de seguridad -un gordo que parecía vivir sólo en base a una dieta de milanesas mal freídas que engullía en un altillo lleno de pantallas blanco y negro y que pasaba mirando porno en una ceibalita- le hacía sonar dos veces el walkie talkie cuando entraba alguien con pinta de pobre, y esa era la señal de que tenía que perseguirlo con los ojos clavados en sus manos como dos tanzas con anzuelo. A veces caían vecinos suyos que, como él, trabajaban lejos del barrio (no sé cuál: en ese lugar nadie dice de dónde es porque nadie lo pregunta); si lo reconocían miraban las verduras, compraban el vino más barato y se iban a buscar una vieja o alguna otra cosa que pudieran hacerse sin un arma y con riesgos mínimos.

Era mitad de mes y cobraba todos los primero. Me mostró la billetera -fotos de un niño de pocos meses y otro de dos años que bien podrían ser el mismo, ninguna señal de esposa a pesar del anillo- y le quedaban tres monedas de 50 centésimos, de las que ya estaban fuera de circulación.

-Lo que es no valer ni dos pesos -rió al aire, y era apenas un poco en chiste.

Antes de invitarle el próximo trago ya sabía que no iba a aceptar, como si estuviera todo mal con pensar que había de su parte la mínima intención de dar lástima. Ahora, pensando en ese bar, se me ocurre que capaz no elegí bien la palabra: "trago" suena a algo que se sirve en vasos lavados.

Quedamos en un rato larguísimo de contemplar toda la nada de ese lugar. Antes de dejarme terminar de leer tras la capa omnipresente de grasa las letras chicas de una de esas pruebas de oftalmólogos que colgaba de una pared, se levantó y largó algo entre la despedida y la tos. Salió esquivando a la puta vieja, que estaba apoyada en el perchero y tenía una especie de ataque de tuberculosis mientras un delivery pelado que en una mejor vida hubiese sido rugbista se le acercaba con falsa preocupación y un sincero manotazo en el culo huesudo.

Nos cruzamos un par de veces más sin saludarnos. Creo que había un pacto o algo de eso, una cosa un poco menos explícita y más inquebrantable. En un momento no lo vi más. Un tipo que había dejado de pasar merca para dedicarse a cosas un poquito más turbias me contó que una madrugada unos chorros le metieron un chumbazo desde un auto pensando que era un policía. Habían robado un Maruti blanco con vidrios esfumados, y desde adentro un tipo que pasa casi la mitad del día cuidando góndolas con pañales y championes es casi lo mismo que un botón. "Un uniforme es un uniforme". Me contó la historia dos veces, cada una con palabras levemente diferentes, sin sacar la vista del celular. Aunque es un mitómano conocido tuve que creerle o hacer como que le creía, porque en ese lugar tampoco se pregunta si los cuentos son verdad.

lunes, 4 de febrero de 2013

Postales de Valizas (2006-2013): El balneario luminoso


Foto: Andrea R. Mendoza.

-Yo no sé qué le ven a este lugar. La playa es horrible, el agua es un asco, los precios son altísimos... ¿Me podés explicar qué tiene Valizas?

Y no puedo explicar, no. Ella se acomoda el pelo inacomodable y se manda otro trago de cerveza tibia desde su vaso de plástico. Vamos hablando de cosas de borrachos con las lenguas secas y enredadas (en sí mismas, cada una adentro de su boca) haciendo zigzag en la arena valicera bajo un cielo que, del tono negro, celestoide y eléctrico de un televisor defectuoso recién apagado, no se anima a amanecer. Un rato después las lenguas se enredan entre sí, y otro rato después nos estamos revolcando furiosamente adentro de una carpa incómoda y calurosa que en su etiqueta miente con descaro: cuando la rotularon "para dos personas" cometieron el error imperdonable de no considerar el espacio necesario para la amplia gama de actividades que pueden llevar a cabo dos cuerpos entre mochilas, sobres de dormir y bolsas con sachets de champú, papel higiénico y jabones babosos. 

Todo concluye al fin. Vuelvo por la principal del pueblo fantasma. La mañana está apenas habitada: perros callejeros, panaderos que ya arrancaron a preparar los bizcochos que en algunas horas aplacarán los bajones porreros de otros, y cadáveres de punks que, inconscientes sobre el pasto de la plaza y embutidos en sus camperas oscuras y con parches de La Polla Records -más calurosas bajo el rayo del sol por ser negras-, no se dieron cuenta de que el personal de limpieza de la Intendencia de Rocha les barre alrededor como si fueran estatuas o bancos. Valizas despierta, los punks siguen dormidos y la pregunta sigue dando vueltas. 

¿Qué tiene Valizas?

***

Valizas tiene drogas. Montevideo en verano casi que no. En especial porro. Todos los años es igual: apenas diciembre empieza a perfilar la agonía del año, el faso migra hacia el este. Es el Éxodo Oriental y, para muchos, tremenda redota. Igual, lo más tirando a químico siempre se consigue. Allá hay de todo, especialmente faso por todos lados. Faso en las calles, faso en la playa, faso en los jardines de las casas y en plantaciones en los campings, faso que fuman los hijos a escondidas de sus padres, faso que fuman los padres a escondidas de sus hijos. 

Lo más fácil de adquirir es el tristemente célebre prensado paraguayo que, al contrario que el cogollo o las flores, pega más para el embotamiento cerebral que para la risa o los pequeños viajes sensoriales. También se consigue merca y tripa: un 25, un gramo o un cartón (hierba, pala y Lucy in the Sky with Diamonds, respectivamente) andan por los 800 pesos. Precios complicados para el valiceante promedio, sommelier de vinos berreta y degustador de los productos cuasialimenticios de El Rey de la Milanesa. En todo caso, los padres no deberían preocuparse tanto por que sus hijos se droguen, sino por el origen, con seguridad delictivo, de la plata que se precisa para pegar algo en Valizas.

La calidad es acorde a los estándares. La merca, aseguran, es tan cortada como la que se mueve en ciertos boliches aviares de la Ciudad Vieja. Es probable que eso que salta desde los pequeños retazos de bolsas de supermercado por vía nasal a la corriente sanguínea tenga muy poco del clorhidrato de un componente de una hoja del altiplano, y mucho de sustancias rebajantes como la cal o la naftalina. Tal vez no sirva mucho para mantenerse despierta y energética hasta altas horas de la madrugada y con alto grado de bebidas distintas filtrándose en los riñones, pero seguramente sea muy útil para blanquear paredes y mantener lejos a las polillas, señora.

***

Hay una rotonda que nuclea a los artesanos, que exponen sus productos multicolores y latinoamericanistas sobre mesas de madera y bajo la luz de soles eléctricos. Hay un escenario donde hay toques todos los días. Están organizados, casi como un gremio, si no fuera ésa una palabra muy poco compatible con el jipismo.

Pero también están los outsiders, que crecen como hongos a ambos lados de la principal y se rescatan como pueden sobre sus paños, alumbrados con la luz pedorra de algún farol improvisado con velas y botellas de plástico. Algunos dejan sus cosas en la calle y achican mismo recostados en las zanjas, unos metros más allá. Yendo por el camino de tierra, una escena de 25 Watts se hace casi realidad: un jipunk (50% jipi, 50% punk), de obligatoria cresta y cara tiznada, corta sus precarias tácticas de levante dirigidas a una artesana treintañera y, con los ojos rojos clavados en mi remera de Space Invaders, levanta la voz.

-¡No le compren ropa al Imperio, gurises!

***

Valizas tiene jipis. No hippies, que son otra cosa. Los hippies veneraban a Dylan y a Hendrix; los jipis aman al nefasto Chole de La Abuela Coca y al Pitufo Lombardo. Los hippies repartían flores en protestas contra Nixon y la Guerra de Vietnam; los jipis sólo se congregan si hay guitarras y madera prendida fuego. Como polillas, pero la merca cortada con naftalina no los ahuyenta. Los hippies, en definitiva, son mejores porque ya no existen.

Los jipis creen en "el sistema", o más bien lo crean para depositar en él todo lo malo del mundo. Lo contrario, lo bueno, es la Pachamama, la armonía, Babylon, las mandalas, los atrapasueños, las "energías" (aunque nadie nunca inventó un sistema de registro y medición para generar alguna evidencia de que existen, pero bueno: son jipis), el aura, la libertad. "Televisión=malo, plantitas=bueno". Creen en la corrupción del entramado político y social, y la mejor acción que encuentran es ¡juntarse con la yenchi a fumar y tocar unos temas de Marley! 

El jipi está conectado con la matriz cósmica, unido a la esencia del útero universal a través de un cordón umbilical que tiene los colores de la bandera de Jamaica. El jipi tiene el número de la Madre Naturaleza en el discado rápido del celular de su espíritu. Tiene línea directa con los cuatro elementos y la luna le tira piques sobre qué punto energético del universo es más conveniente para tirar el paño con pulseras y caravanas.

El jipi tiene la posta, porque está por fuera, aunque coma (poco) gracias al bolsillo de los turistas porteños (aunque, bueno, este año no tanto a partir de la restricción de los dólares), intercambio que pone bastante en duda la no inclusión de sus tractos digestivos en la compleja red de procesos que componen al capitalismo actual en tiempos hipermodernos. Pero el jipi está por fuera, por encima. El jipi la va de diferente, pero en el fondo es igual al resto. Las jipis chillan temas de Sumo en los fogones, sin darse cuenta de que ellas también son rubias taradas. La rubia tarada siempre, siempre es el otro. 

No me olvido más de la expresión de incredulidad de un jipi al ver que yo le pegaba una pitada honda a un porro. "¿Pero cómo?", se habrá preguntado, mientras repasaba mi camisa a cuadros, mis lentes (son para la miopía y el astigmatismo, y no para la gente que me da asco) y mi remera de Lost. El jipi es uno más en el sistema de seducción de la raza humana: hay jipis macho alfa y otros opressed by the figures of beauty, diría Cohen. Lo que importa es lo de adentro, sí, pero no hay luz del alma que compita con un buen par de tetas o unos abdominales marcados. El jipi puede llegar a ser tanto o más careta y superficial que nosotros, los humanos, pero es mucho peor porque afirma que no. 

***

Estamos con dos argentinos del camping en El León, un boliche horrible, bailando. Bah, ellos bailan; yo me muevo torpemente de un lado a otro al ritmo de temas de la calaña de "Tirá para arriba" o "Con una rubia en el avión". No sé sus nombres, y probablemente ellos tampoco conocen el mío. Él es cordobés, barbudo y un poco melancólico, y baila mirando para todos lados. Ella es porteña, graciosa pero seria, flaquita, casi sin tetas y divina, y se mueve medio en joda y medio en serio. Sus ojos tienen fibras verdes y celestes, como una explosión nuclear congelada del lado de adentro de las retinas. Nunca sé qué hacer en estos casos, pero le intento agarrar la mano y ella medio que sigue el juego. Sondeo a ver si el cordobés muestra alguna señal de interés, pero no: está en la barra, conversando con dos chetitas que se mueren por demostrar que no lo son, lo que hace muy visible tanto sus esfuerzos como su chetismo. La porteña se divierte pero, como una Sue Storm un poco menos fantástica, mantiene una barrera invisible en el medio. En un momento de la noche saluda y se vuelve al camping, y no puedo evitar hacerle el comentario a su compatriota.

-Che, qué linda que es. Pero medio que no da bola, ¿no?
-Le gusta más la concha que a nosotros dos juntos. Es re torta, boló -aclara con ese acento que lo habilita a alardear de su gusto por el vino sin soda y a viajar sin documentos. 

***

Valizas tiene campings. Cualquiera que piense que un camping es un lugar donde la gente acampa no entiende nada. Un camping es un microuniverso, una representación a escala del mundo, un laboratorio de experimentación social de cruces improbables, de intersecciones de itinerarios de viajes pretendidamente reveladores por Latinoamérica, parejas que se escapan del mundo con unos pocos mangos en el bolsillo chico de la mochila y grupetes de amigos que, como un enjambre de langostas viriiles se dedican a rastrillar Rocha y garcharse todo a su paso. Un camping es un reality show con cocinas comunitarias y duchas con canillas de agua caliente que mienten en la temperatura del agua que regulan tanto o más que lo que las carpas para dos personas mienten en su volumen. Un par de días de camping son un croquis de todo: como en los bares de viejos o en los cibercafés, se forjan "amistades", "amores", "alianzas". Todo con comillas.

Llegando por la ruta está La Comarca, que no le hace nada de honor a su nombre tolkieniano salvo por estar muy lejos del pueblo. Ahí compartí unos cuantos polvos que en su mayoría no llegaron a nada con una porteña con la que mantuvimos una larga relación intermitente -entre mails y fogonazos en playas oscuras y plazas montevideanas- que tampoco llegó a mucho. El polvo también es una representación a escala. Saberlo.

Ya adentro del pueblo hay unos cuantos campings nuevos, que aparecieron de la nada. En realidad aparecieron en los fondos de las casas y en establos que cambiaron alfalfa por arena y caballos incómodos por acampantes incómodos. El camping del Papa. En uno de esos nos quedamos una semana con J, con apenas plata para pagarnos un lugar. Comíamos como canarios y garchábamos mucho, como parte de un coro rítmico y nocturno de estructuras de nylon y polietileno y gemidos provenientes de las carpas agitadas de alrededor.

Cada mañana contábamos la plata, que era imposiblemente poca. Uno de los últimos días comimos restos de arroz que nos regalaron dos santafesinos; otro, habíamos fumado tanto que nos reímos hasta las lágrimas de un documental sobre radios comunitarias en América Latina, y el humo cannábico nos disolvió tanto el estómago de hambre que, de vuelta en el camping, nos mandamos una lata de arvejas, así, con los dedos, sin miedo a cortarnos con los dientes de zinc de la lata barata y mal abierta a cuchillo.

Fue la pobreza más linda de mi vida.
***

Valizas tiene campings, parte dos. En los campings uno se enamora, o cae en lo más parecido al amor que se puede en esa ventana mínima, improbable y fugaz que se abre cuando se cruzan los (no "destinos", que es una palabra demasiado jipi) caminos (no "de la vida" tampoco, por favor. Silencio, Vicentico) de uno y una guacha divina, frecuentemente extranjera. Ésta tiene un cerquillo perfecto, geométricamente perfecto, que debería obligar a quien sea que define lo que es una línea recta a reconsiderar el concepto. Posta que es perfecto. Tiene pecas también. Ahora estamos en un fogón. Los fogones son otro experimento.

El chileno es parecido a Gustavo Cerati, aunque (lamentablemente) es mucho más vivaz que Cerati ahora. La porteña me mira cada tanto, pero lo mira más a él. Yo soy muy amigo de cuantificar todo, y estoy seguro que con unas cuantas cámaras, los algoritmos idóneos y un par de robots (siempre es bueno tener robots) se podría elaborar un índice de cuánto le gusta alguien a alguien en un fogón según la duración, la intensidad y la intersección de las miradas. Ponele que el chileno se lleva un 80% y yo un magro pero merecido 20.

Ahí es que empieza la lucha, que es interna y externa. Como un candidato colorado en las últimas elecciones, uno sabe que las encuestas tiran para abajo (y es mejor no estar atado a nada) pero darse por vencido no es una opción, al menos no tan pronto. A partir de ahí, cada palabra, cada gesto, la efectividad de cada chiste, cada risa o no (eso: las risas; las risas también son importantes. Hay que agregarlas a la ecuación de las cámaras y los robots y eso) determinan la posibilidad o no de terminar la noche desarmando la carpa desde adentro o sólo (pero no peor) metiendo abracito en una ronda nocturna en la playa.

Esa noche terminé bien, pero dentro de fronteras orientales. Pintó bar y después pintó playa, y después pintó carpa con alguien conocido de algo en Montevideo. Mañana de sol. La gente desayuna, y Cerati pregunta cómo me fue ayer.

-Eh, qué bueno, po. ¡Gol de Uruguay! -dice, seguramente con la equivocada idea de que, como todo uruguayo, tengo el fútbol por actividad preferida y como metáfora preferente para referirlo todo. Yo, claro, ni pregunto cómo le fue. Para qué.

También hay otros cruces, menos angustiantes, menos gol en contra. Una vez me encontré con una pareja de gays argentinos y nos pusimos a charlar. No sé cómo llegamos a hablar del nefasto dibujante Nik, ocioso plagiador de tiras de Quino, Liniers y Fontanarrosa, y descubrimos que uno de ellos tenía un fotolog dedicado a denunciar los plagios y que yo había visitado el sitio pocos días atrás. Casi medio año después nos encontramos con ambos en el Café la diaria, que ahora está vacío, triste, solitario y final. El lugar de algunas de mis mejores noches hoy es espacio para reuniones de mi trabajo. Bueno, no era tan menos angustiante este cruce, después de todo.

***

Ahora estoy en medio de las olas marrones y blancas de la playa chica que muere en la laguna. Nada, nado solo. El agua está cálida y rara en un día cálido y raro, que es el último. Me dejo llevar por las corrientes, como si fuera una bolsa más de náilon que el océano arrastra hasta formar un continente monstruoso de plástico en algún lugar del Atlántico. Supongo que aún corre mucho porro por mis venas porque, haciendo la plancha boca abajo, empiezo a sentir que miles de gotitas del mar frío me atacan, como una nube de avispas de hielo. Y ahí es que pasa eso.

Eso. Como cuando Mega Man carga el Mega Buster (dejar apretado el B y soltar), un montón de cosas se empiezan a juntar en el estómago: la incertidumbre por un trabajo nuevo, los eternos problemas con los viejos, las trabas mentales, los traumas de chico, la timidez, las infidelidades, la ansiedad, la incapacidad para levantarse a la porteña, el mes y medio de depresión, el mes de merquero y el otro mes de depresión, todas las bocas que miro pero nunca voy a poder morder, los amigos de la adolescencia que están en otros países aunque esten en éste o en otros, los amores de verano, los humores de otoño en verano, la lucha por la aceptación, la autoestima subterránea, los recuerdos de tiempos mejores en los que todo estaba tan mal... todo se junta en el medio del pecho y explota en un grito ahogado -literalmente, porque es subacuático- que se convierte en burbujas y/o viaja por la superconductividad del agua hasta asustar a un cangrejo ermitaño de la Fosa de las Marianas o sorprender a un cazador de perlas nigeriano que en un camping se enamoró de una checoslovaca que al final se revolcó con el sudafricano. Un grito catártico, liberador, animal, propio de un tiburón si tan sólo fuesen animales un poco más inseguros de sí mismos. "Un grito conectado con la esencia del mar, con el agua que es vida, con las energías", diría, si creyera en esas mierdas.

***

"¿Y tú me preguntas qué tiene Valizas?", me tiento a responderle. Ella aún tiene el pelo inacomodable. Pero para parodiar a Bécquer habría que admitir que Bécquer vale la pena. Valizas tiene eso: poesía cursi pero también recuerdos, toneladas de. Irremplazables. De los buenos, de los malos, de los pedorros, de los sin remate y de los que son todo eso junto, y más. Valizas tiene jipis de mierda y tiene amor; tiene un día entero con amigos conversando sobre viajes en el tiempo con creciente ebriedad y decreciente lógica; tiene lágrimas de celos y lágrimas de orgasmos increíbles entre las dunas; tiene viajes a Castillos para buscar pastillas del día después (que igual había en el almacén más cercano pero no nos dimos cuenta) y tiene conversaciones con C en un parador remoto y hoy abandonado que cambiarían mi carrera y mi vida para siempre; tiene fiebre de malestar estomacal y tiene momentos de felicidad falsa, borracha, drogona, pero felicidad al fin.

No puedo transmitir nada de eso, a pesar de todo lo que escribí antes de esto, lo que convierte este post en algo fallado, en un error, en una muestra de la ingenuidad en la que reparó Levrero al detectar que las experiencias luminosas pierden luz cuando uno intenta relatarlas. Sería muy tonto siquiera insistir. En Valizas no hay más energía que las que la física acepta y, metafóricamente, que la que le carguemos a la luz de los chupones ebrios, los noviazgos de boba esperanza y los levantes (de minas y del propio golpeado, golpeadísimo ego), como si fuese una de esas estrellitas fosforescentes que se pegan en los techos de los cuartos y acumulan fotones para devolverlos en la oscuridad. 

En fin: Valizas no tiene nada. No vayan a Valizas.