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domingo, 28 de agosto de 2016

No te vayas nunca, Bonomi

1.
Yo atravesaba esa edad de mierda en la que uno muta de niño a algo aún peor. Las hormonas se licuaban y estallaban como supernovas. Las nenas, de última, podían marcar con sangre el momento del cambio, pero lo nuestro era incomprensible y lento. Entender el liceo, además, era admitir que las maestras nos habían estafado, porque había mucho más allá del horizonte de moñas y túnicas no siempre blancas. Había que empezar a usar desodorante y afeitadora, había que hablar de coger, había una profesora para cada tema. La clase se convulsionaba cuando la profe decía "pene" o "vagina"; la madurez que nos gustaba fingir tenía sus baches.

Fue la de biología, una señora de rulos negros como un problema, la que nos condenó a hacer un modelo grande de una célula cortada al medio. Habíamos armado un grupo de marginales (en verdad, los que no se sumaban a cazar de punto a resto eran cazados de punto, como en una cárcel matutina). Cada uno llevaría una cosa. Pedazos de cable para las mitocondrias, media pelota de ping pong para el núcleo, gelatina sin sabor para el citoplasma. Ésa me había tocado a mí. El lugar era la casa de Capalbo (nos acostumbramos a llamarnos por los apellidos o algo así: yo era "el delos"), en Solymar, que para mí eran tierras lejanas como las partes blancas del mapa de Colón. Canelones, la frontera final.

Iba caminando al Devoto. Recuerdo mi mochila y, no sé por qué, el detalle de que cargaba un buzo de material sintético sobre los brazos cruzados, como protegiéndolo. Aunque no tenía lentes (cinco años más tarde me enteraría de mi astigmatismo y de que los bordes de las cosas eran tan definidos), debo haber emitido la suficiente aura de ñoño.

Uno de los dos guachos que caminaban en dirección contraria le hizo una seña al otro. "A éste", le escuché tramar. Y ahí se me acercaron como gavilanes. En mi memoria, eran dos pibes marrones, de piel y de ropas. Capaz porque eran tiempos más marrones que negros: la pasta base aún no se había extendido, no había un término para que la clase media aplicara a los planchas, decíamos "cante" en vez de asentamiento. Nos robaban mochilas con cosas poco importantes, como relojes, los escasos billetes que llevábamos en edades que aún no ameritaban billetera, los championes y las bicicletas. (Recuerdo a un compañero de clase, en pleno recreo, revolviendo las mochilas una por una. "Nadie tiene nada de valor en esta clase", se quejó mientras revisaba, sin éxito, la mía. Nunca le dije nada, ni a él ni a nadie).

Entonces se me acercaron los dos marrones.

-Pará. Danos todo porque te matamos.

Yo me resistí, obvio. Tenía plata justa para la gelatina y el boleto interdepartamental; creo que nada más era de valor. Pero no quería que me robaran.

Caminé para atrás, mientras me iban acorralando contra la nada. Yo aún sostenía el buzo de manera extravagante.

-La plata o la vida.
-¡No, por favor! -les lloré.
-Dale, que si no te la damos.

Gastamos varios minutos en ese diálogo. Yo miraba con súplica a todos los autos que pasaban. Ninguno paró.

-Andá hasta casa y traé el chumbo -dijo el más alto. Mi mente inocente imaginaba que traerían una bala para golpear contra el piso y matarme, no un arma. El argot de los chorros todavía no había impregnado nuestras clases medias. Apenas sabíamos de la existencia de valor. El más bajo amagó con irse, mientras yo pensaba en células, gelatinas y mi muerte joven. Cuando la cosa estaba por llegar a un forcejeo, se acercó una señora con un bebé metido en un cochecito.

-Déjenlo en paz -reclamó la justiciera.
-No se meta, doña.
-Mirá que esta es la que siempre nos da comida -susurró el más bajo.

Mientras dudaban, corrí. Corrí y corrí. Las lágrimas llovían. Me metí en el supermercado. Compré la puta gelatina llorando frente a las cajeras y el encargado. Todos me miraban y nadie preguntó nada. Salí a la parada con miedo. Nunca los volví a ver.

Llegué al remoto Solymar tarde y con la historia de algo corto que para mí había durado demasiado tiempo.

-¿Por qué no corriste cuando se te acercaron, bobo? -me preguntó el dueño de la casa, mientras preparaba el citoplasma.

-Mirá que estos negros corren y corren -dijo Martínez.

Martínez era negro.

(Delito: intento de rapiña y primer trauma callejero.)

***
2.
Yo trabajaba en un cibercafé a cambio de algo así como la cuarta parte del salario mínimo. Tendría unos 18 años. Esa instalación larga llena de computadoras y coronada, al fondo, por dos cabinas para llamadas internacionales era el primer trabajo en el que no tenía a mi padre como jefe. Conocí coreanos recién bajados de los pesqueros que querían comunicarse con sus familias y que casi no podían comunicarse conmigo. Conocí, muy tarde, las maravillas de un internet que en mi casa no había. Conocí gordos pajeros que pedían las máquinas del fondo, miraban porno mientras se acariciaban la pija por encima del pantalón y finalmente se metían en el baño por mucho rato. Conocí madres que skypeaban a los gritos con los hijos que se les habían ido al primer mundo para escapar de la crisis. Conocí una mina preciosa que tuvo un ataque de epilepsia. Traté de correrle la lengua para el costado y me mordió hasta hacer sangrar los dos dedos preferidos. Después se despertó. No le cobré.

Una vez, uno de pelo largo me pagó de menos. Era algo común, con ayuda de mis problemas para hacer sumas y restas simples. Pero éste tenía madera de estafador, y me sostuvo el billete unos segundos, antes de arrepentirse para buscar cambio. Con el tacto del papel en mis huellas dactilares, lo escuché esperar el cambio.

-Pero no me pagaste.
-¿Cómo que no? Te dí el billete.

Yo dudé, mientras las viejas empezaban a murmurar descontento ante la demora.

-No, no me lo diste.
-Bueno, valor, si querés llamamos a la Policía y que me revisen.

Ante el complejo trámite burocrático, le di el cambio y seguí atendiendo a las viejas Skype.

Ese día la caja cerró con un déficit que descontaron de mi sueldo descremado.

(Delito: estafa simplona e implantación de paranoia cada vez que cobraba.)


***
3.
Mismo cibercafé. Mismo año. Entró un tipo con gorra blanca y me plantó un cuchillo de carne sobre el escritorio.

-Dame la plata porque te mato.
-Pero mirá que las cámaras ésas [de las computadoras] están prendidas y graban todo.
-Mentira. Dame la plata porque te mato.

Era mentira, claro.

Con manos que temblaban, abrí la caja y empecé a juntar monedas.

-Eso no, pibe. Dame lo grande, dale -ordenó, mientras miraba para afuera, perseguido.

Le di los billetes, que arrugó en su bolsillo, y se fue. Ahí empezó a crisis de pánico, ante la inacción de la gente que chateaba o miraba porno.

Ese día cerré el ciber temprano y no dejé que me descontaran nada. Qué también.

(Delito: rapiña y primer ataque de pánico, algo raro que se haría costumbre con los años.)

***
4.
Navidad. No recuerdo época, pero sí que Stirling era el pobre ministro del Interior que tuvo que prepararse para las hordas que bajaban del cerro y saqueaban todo a su paso como orcos. Terminó siendo una leyenda urbana que se sumó a la del Negro Rada que se levantó indignado de la mesa de Mirtha Legrand y el mito de la muchacha que cayó en la emergencia de un hospital con medio pancho adentro.

El habitante de la casa de al lado, a la derecha, era un señor llamado Orlando. Ex bombero, pelirrojo en los pelos que le quedaban, viudo. Antes de la muerte de su mujer, Olga, entrar en su casa era una experiencia barroca: la iluminación baja, el empapelado verde aceituna, las tazas de porcelana, los gatos omnipresentes, la pileta gris de lavar ropa, los cubiertos de plata adornados, el horno siempre sacando tortas para vecinos y nietos. Cuando murió Olga, una sombra tomó la casa y el terreno. Las enredaderas cubrieron la pileta de lavar y algunas paredes. Las salidas de Orlando a mundo exterior eran infrecuentes. El pasto y las hierbas del fondo crecían sin control en una anarquía vegetal. Cada tanto, como changa, yo cortaba esa maleza casi amazónica como podía, con una azada, una tijera y una máquina de cortar pasto que se trancaba y sobrecalentaba ante tanto y tan duro pasto. Una vez encontré una serpiente, que probablemente fuera una vívora aumentada por la lupa del miedo.

Nos separaba del terreno de Orlando una valla simbólica: tres alambres con medio metro de separación que atravesaban tres pilares mohosos y clavados sin mucha dedicación. Esa navidad, mi madre se puso a gritar. Salí del cuarto y vi a un pibe que tiraba la bicicleta para el campo de Orlando, pasaba entre los alambres y se disponía a salir por la casa del vecino, que tenía apenas un murito en la entrada; nada que ver con nuestro portón de hierro y nuestros pilares de dos metros de altura.

El chorro tuvo la mala suerte de que justo estuviera llegando mi padre.

Se bajó del auto, interceptó al pibe y, no vi cómo, lo bajó de la bici que ya había abordado.

-¡Tirate al piso! -le ordenaba, mientras intentaba trancarle las piernas. Yo intenté ayudar, pero el pibe estaba firme como un soldado de plomo.

-¡Soy menor, señor! -intentaba convencernos. Al final, cedió, y mi padre lo redujo al piso. Yo le pegué una patada de garrón. En sus brazos había heridas y  machucones.

Todo eran gritos. Mi padre le pidió a mi hermana una manguera para atarlo, y ella entendió que era para mojarlo. A mí me dijo que trajera el revólver de casa, uno que no existía, y le contesté que si lo matábamos íbamos a tener problemas. Fue una buena respuesta, aunque mi padre no dudó en condenarla cuando todo había pasado.

Al final llegó la Policía. Lo esposaron y lo tiraron en una camioneta, mientras  un oficial nos decía que no, que no era menor y que tenía ya varias entradas. Recuerdo que el pibe gritaba demasiado y que, cuando reclamó la gorra que se le había caído, un policía dijo "ay, pobre" y la revoleó hacia la mitad de la calle.

Se lo llevaron. Madre me mandó a la ducha con mi ropa llena de sangre. Me acuerdo de los chorros rojos diluidos en agua que corrían, pero no pude lavar la culpa de la patada de garrón, Pasaron 16 años y todavía no la pude sacar del pozo de las cosas que hice y que no estuvieron bien.

(Delito: intento de hurto y una traición de mi parte.)


***
5.
Flashback. Mucho antes, cuando vivíamos en una casa pobre de paredes de yeso. Había un galpón lleno de porquerías y cuerdas con ropa. Prácticamente todas las noches desaparecían cosas de ambos lados. Era una época previa a los alambres de púa y los cables de alta tensión en el límite entre las casas. Era fácil despertarse con ruidos de gente correteando por el fondo. Una vez, desde una de las ventanas, vimos a dos chorros atravesando todo el terreno y trepando al unísono el murito, para escapar de una sirena que sonaba en la calle de atrás. Teníamos un galpón sin puertas lleno de porquerías, que cada tanto desaparecían.

Mi viejo, harto de los robos, se quedó toda la noche despierto en nuestro cuarto, con una chumbera que apuntaba al fondo, semiarrodillado entre osos de peluche y cuadernos. Mi madre opinó que era una locura. Él combatía el sueño con un termo incansable. Como si hubieran sabido, no aparecieron.

Un tiempo más tarde nos tocó descubrir algunas ropas destrozadas en la cuerda. Pero este misterio fue fácil: era un caballo que se metía en el terreno y masticaba nuestras remeras y pantalones.

(Delito: hurtos varios y una imagen de padre-francotirador difícil de borrar.)

***

6.
Hace unos años, cuando la oposición ya había viralizado el renunciá, Bonomi. Veníamos de una velada con mi padre, un amigo de él, su hijo, mi novia y yo. Fue una cena agradable, o sea, inusual. Esa noche, cuando dos invitados se estaban yendo, un auto paró de golpe. Bajaron cuatro hombres armados y se llevaron el auto que había estacionado. Quisieron entrar mi casa, pero el portón estaba cerrado. "¡Abrí!", le ordenaron a nuestro invitado, arrodillado y con un cañón en su cabeza y otro en la de su hijo. No tenía forma de abrir. Le pegaron un culatazo. Yo estaba mirando por el ventanal del living, impotente ante la espera del 911. Cuando vieron el brillo del celular, uno dijo "vámonos que ya llamaron". Y se fueron.

(Delito: intento de copamiento, paranoia ante cada ruido de la calle y una pregunta negra: ¿qué habría pasado si entraban?)

***

7.
Fue una mancha que se derramó este año sobre Buenos Aires, esa ciudad que aún no entiendo bien. Y ahora menos. Dos motochorros pararon en una calle lateral a la 9 de Julio. Uno me pegó y me robó una mochila llena de cosas valiosas, mías y ajenas. Me quedaron la billetera con los documentos y la plata, más el peor ataque de pánico de mi vida. La cercanía en el tiempo y en mi memoria es tan corta que más de un párrafo me haría daño. Por suerte, Jenny y Canalda me salvaron la cabeza: la primera desde allá y la segunda desde acá. No sé qué sería de todo sin gente de oro como ellas.

(Delito: rapiña consumada, recuerdo del hecho al menos una vez por día y un chichón en la frente que a los pocos días dejó de doler, aunque todavía duele.)

miércoles, 10 de agosto de 2016

31 años/31 confesiones de escaso interés general


Si es cuestión de confesar:

1. Di mi primer beso a los 16. Cogí a los 17. Acabé por primera vez cogiendo casi a los 18. Garché, lo que se dice garchar, por primera vez a eso de los 22.

2. [Edité esta confesión porque era bastante mentira, salvo lo de mi timidez y mi incapacidad para bailar.]

3. Tuve una relación a distancia, o algo así, y descubrí que del amor al odio también puede haber decenas de kilómetros.

4. Una vez, una novia me dijo que sus amigos siempre iban a estar en primer lugar. Estuve enojado durante un par de años hasta que descubrí que los amigos son todo. Que mis amigos son todo.

5. Creo que no nos merecemos la capacidad de enamorarnos más de una vez en la vida.

6. Yo ya me la gasté.

7. Placeres que otros considerarían culposos pero yo no, y que curto sin distanciamiento irónico (tampoco van a encontrar ni una ironía acá): Shakira, Buffy, la cazavampiros, Los Auténticos Decadentes, Gilda, Dani Umpi, haber visto abundante de Chiquititas (la excusa: "mi hermana menor lo mira"), las entrevistas a Ricardo Iorio.

8. Tengo una pesadilla horrible y traumática que me invade al menos una noche por semana y me arruina el humor del día. 1/3 del punto 22 tiene que ver con eso.

9. No entiendo de fútbol, pero nada. Apenas sé algunas reglas. Me enteré de qué era un orsai cuando una ex novia me lo explicó, un día hablando sobre la revista Orsai. No me vibró ni una célula cuando Uruguay salió cuarto en un mundial que no sé ni de qué año fue.

10. Soy depresivo. No hablo de ser emo ni tener un ánimo para abajo, sino de una enfermedad. Un diagnóstico clínico que se aplaca -un poco- con pastis. A veces con muchas. Uno de sus síntomas mas heavy es el insomnio. En esta cabecita hay problemas peores, que no serán reseñados.

11. Pasti. Qué droga rica y casi libre de consecuencias negativas. En mis 31 años he probado todas las drogas que tuve a mi alcance, excepto la pasta base. Una vez, sentado en una vereda con mis peores ropas, me acercaron una pipa improvisada en un inhalador como el que uso para pelear contra el asma, pero el olor de la pasta me mató y no pude chasquear el encendedor. Adoro los estados alterados de la falopa.

12. Pasti II. Tres veces tuve que ir a comprar pastillas del día después. Obviamente, las tres veces fui lo más rápido que pude y no esperé a que llegara el día después. Me tomaba muy en serio eso de que cuantos más segundos antes la tomara la piba en cuestión, la efectividad sería mayor. Una vez, ante un incidente de carpa en Valizas, tuve que irme volando a Castillos, en busca de una farmacia. Al otro día fui a hacer compras al almacén de Valizas y vi que tenían de esas pastis. Me quería matar. Y sí: esa gente piensa en todo.

13. La sola idea de tener hijos me genera un terror indescriptible. Más de una pareja se me ha cancelado por eso. La idea de que otra gente tenga hijos apenas me genera miedo.

14. Tuve y tengo muchos vicios. Tuve una adicción.

15. Empecé a fumar a los 16. Dejé y volví como seis veces. De pendejo escondía la caja adentro de mi amplificador de guitarra, que abría y cerraba poniendo y sacando los tornillos, y que pegaba a una de las paredes internas con cinta aisladora (ver punto 28). Mi primera pitada fue un Nevada, comprado con vergüenza y plata justa en un quiosco que elegí muy lejos de casa. Pedí fuego a una pareja que pasaba por Avenida Italia y tosí todo el camino a la casa de un amigo. Antes de llegar, me pasé la lengua por los dientes para sacarme el olor a tabaco, nicotina y otras porquerías quemadas. Nadie se dio cuenta; nuestro gusto, olfato y el resto de los sentidos se iban alterando a lo largo de la madrugada, a medida que iban bajando las cajas de Santa Teresa Frutal. Varias veces -de esa época sub 20 y de otras supra 20- me empedé hasta vomitar sangre. Nunca consulté a un médico por eso. Mi hipocondría es selectiva.

16. A veces siento culpa sin haber hecho nada malo. A veces me la genera la idea de pensar que otro piensa que estoy haciendo cosas malas.

17. Necesito muchas cosas. Una de ellas es, siempre, un bar que oficie de segundo hogar. Los últimos, en orden: el Gallo Rojo (que cerró), el Fénix (que cambió de dueño y de espíritu) y el actual, el Clash (no relacionado, de verdad [tampoco hay mentiras en esta lista], con el punto 14). Una de las claves de un buen bar es que esté mal (poco) iluminado.

18. Tengo problemas complicados en temas básicos. No puedo hacer cuentas matemáticas simplísimas. Me cuesta diferenciar la izquierda de la derecha (refiérome a orientaciones físicas, no políticas). Tengo que pensar un rato para poder decir en qué orden se suceden las estaciones. Sólo sé que me gusta el otoño.

19. Y a pesar de eso, soy friolento y no puedo estar mucho tiempo quieto sin que se me duerman partes del cuerpo que deberían estar despiertas. No sé si tiene algo que ver con eso mi tic de hacer vibrar la pierna -emm- derecha que tanto perturba a los compañeros de trabajo que sufren mi cercanía y ven temblar los monitores de sus computadoras.

20. Puede que sea un poco hipocondríaco. Nada que ver con los puntos 10, 14 y 19.

21. Además, pequeñas neurosis. Intento que todo caiga en el número 5 o sus múltiplos: casilleros en el supermercado, páginas en las que me detengo cuando me rindo en una googleada. No puedo gritar. Jamás pude piropear a una desconocida. Me desagradan un poco los nombres -y odio el mío con saña egófoba- así que para dirigirme a las personas uso apodos, diminutivos o apellidos o vocativos inespecíficos (bo, que va con be, o che). No puedo dormir si hay luz o ruido. Tampoco si la puerta del cuarto está cerrada sin llave. Me aterroriza la idea de manejar un auto, e incluso me pone nervioso estar del lado del acompañante. Las faltas de ortografía me queman las retinas. Me molesta y me avergüenza mucho hablar por teléfono. Y todo así.

22. Mis tres tatuajes son totalmente cultura geek en su superficie epidérmica, pero en el fondo, donde la tinta dejó su quemadura para siempre en la piel, tienen significados personalísimos y capaz hasta espirituales.

23. Soy agnóstico, y creo que es una de las dos formas inteligentes de pensar a las deidades. La otra válida es ser religioso radical. El ateísmo es para la gilada.

24. Mi cumpleaños me deprime. Mi último festejo fue hace 15 años. Una fiesta sorpresa que odié sólo por ser tal, y encima una persona me lo arruinó.

25. Si es que hay algo como un lector de este blog, ya lo debe saber: vengo de una familia de clase obrera. Padre carpintero, profesión que sube hasta lo más alto en el árbol genealógico. Madre modista y cocinera. Abuela negra, con un pasado de conventillo montevideano. Soy el primero de mi linaje en pisar una universidad -a pesar de no haber terminado ninguna carrera- y en dedicarse a un área intelectual.

26. Que ver con el punto anterior: de chico fui pobre. No hablo de marginalidad, sino de clase media-baja. Posta. Crecí hacinado en un cuarto de tres metros por dos, ocupados por una cucheta compartida con mi hermana y enfrentado a la cuna de mi hermano diez años más chico. La casa tenía paredes de yeso y el techo era de chapa, lleno de constelaciones de agujeros que la lluvia convertía en goteras. El piso era de una moquet con bordes eternamente despegados. Pasé mucho frío -tener en cuenta el punto 19- y muchas más privaciones. El baño de mi casa era tan feo que un día de niñez hice que un compañero de escuela meara entre los aloes para que no entrara y viera ese rectángulo de ducha al lado del water, sin bidet, azulejos partidos, caños herrumbrados y botiquín sin puertitas, que exhibía las entrañas medicinales de mi familia. Durante la crisis de 2002, mi familia decidió irse a probar mala suerte a Estados Unidos. Me despedí de mis amigos con palabras entrecortadas y lágrimas ácidas, pero al final mis padres decretaron que mejor nos íbamos a quedar en Uruguay, aunque la pasáramos mal. Nuestro auto estaba hecho mierda. Nuestro ánimo también.

27. Hago frecuentemente lo que no quiero que me hagan a mí. Me es fácil aceptar defectos propios y odiarme, y muy difícil aceptar los ajenos, dos cosas que me propongo cambiar. Todo que ver con los puntos 22 y 24.

28. Me hicieron y me hice mucho mal. Me volvieron y me volví desconfiado 360 grados. Soy totalmente paranoide. Lo siento.

29. Y para ser más franco, nadie piensa en vos como lo hago yo. Aunque te dé lo mismo. 

30. Obvio que la mayoría de las cosas jugosas quedaron afuera de esta lista.

31. No voy a confesar ninguna de ellas cuando cumpla 32.

lunes, 28 de marzo de 2016

Taxibar


Que viva Satán y que viva el amor
("Taxibar",
de Comunismo Internacional).


Estar borracho y enojado. Cuando se juntan esos dos vicios, el cuerpo quema el etanol de una forma particular. Se sube hasta el cráneo y hace latir alguna de esas venas que serpentean contra el cerebro, que bombean un dolor intermitente en la sien, un anuncio líquido de una futura resaca. La piel suda para adentro y para afuera.

 Si bebe, no se enoje. Lo que mata es la mezcla.

Estar borracho y enfrentar una rambla. Irse de golpe de un lugar para escapar de algo que no sabés manejar.

Nunca aprendí a manejar.

***

Fd. versus el transporte.
Episodio I.

No tengo recuerdos de la moto sana. Siempre estaba mal. Creo que era plateada o roja. Me inclino a pensar que mis padres la compraron en Motociclo. No bastaba con patear la palanca del costado con violencia: había que empujarla para que arrancara. Unos metros, media cuadra. Una infidelidad a la ventaja de la moto sobre la bicicleta: que nadie tenga que hacer esfuerzo para transportarse. El auto tampoco arrancaba fácil. Había que prender el motor y dejar que se calentara, una operación que mi mente niña imaginaba como la muerte de un témpano. Era muy temprano y las temperaturas eran tan bajas que el pasto se volvía crujiente de escarcha. A veces también había que empujar el auto, con las manos enguantadas, con dedos como estalactitas. (Años después un médico explicaría mi friolencia y mi habilidad para acalambrarme bajo una misma causa: una circulación trancada, mala, embotellada. Esta bufanda en diciembre no es sólo una cuestión de actitud.) Seguro que la postal de dos niños empujando un auto con su padre adentro a la hora en la que el sol duda en salir era un simbolismo, una prefiguración de algo.

La escena. Yo era algo entre infante y adolescente. Había que ir con madre a hacer algo. Obvio que voy atrás en la moto. Sentarse en la cola de la avispa bañada de cromo y no saber de dónde agarrarte. Optar por los caños metálicos que salen del costado del asiento hacia atrás, para apoyar cosas. Escuchar la voz aguda que el casco amortigua.

-Agarrate de mí, que si no es un peligro.

Rodear a tu madre con asquito edípico. Arrancar por la calle Orleans hacia el sur, hacia los pinos, hacia Arocena con veredas con huellas de zapatos caros y restaurantes llenos de mesas con familias.

La escena dos. Fue después, o capaz antes. Había que ir con padre a hacer algo. Obvio que voy en la cola de la avispa. Saber de dónde agarrarse por experiencia previa. Rodear la cintura de padre. Escuchar la voz grave sin casco.

-¿Por qué mejor no te agarrás de los fierros?

Arrancar.

***

La caminata es larga porque quiero que duela. La playa es un par de metros de arena pegajosa. Se la tragaron unas olas erráticas como borrachos enojados. La luna se ve a medias. y si me apuran diría, sólo por reflejo pesimista, que está decreciente.

Por la rambla viene una pareja de turistas. Están en silencio, pero me doy cuenta de que son extranjeros por el acento que tienen sus ropas.

La rambla Wilson nace o muere ahí. Hay un casino que brilla como la frente de un parodista. Autos caros y no tanto les abren las puertas a ludópatas que creen que hay fortunas adentro de los slots esperando a que las rescaten. En frente, una aduana de conductores de ómnibus con sus milanesas a cualquier hora, sus hornillos de garrafa azul, sus charlas cargadas de quilos y quilos de tetas y culos.

Me sirve pensar que los dos se buscan sus propias fuentes de infelicidad, tanto apostadores como apostados al carrito de chorizos que brilla en el medio de una nube de grasa de vaca en estado gaseoso. Yo no podría ser ludópata ni ser conductor de ómnibus. Mal yo. Nunca aprendí a manejar -ni a viajar en el asiento del acompañante sin nervios- y no puedo encontrar satisfacción en la adrenalina de perder o ganar plata. Creo que la autodestrucción tiene que tener pocos mediadores. Directo a la sangre, al cerebro, al hígado, a la dignidad.

***

Fd. versus el transporte.
Episodio II.

Estamos yendo por la interbalnearia a uno de esos lugares que no me interesa saber nombrar. Estamos yendo a trabajar, esa palabra. La profesión es la carpintería. Es lo que sabe hacer mi viejo y el viejo de mi viejo, nudos en un ropero de roble genealógico que retrocede por la tierra hasta inmigrantes de Brasil que vieron cómo una aduana les tradujo el apellido que habían traído de algún lugar de Portugal, donde nació entre bancos católicos. Y yo no. ¿Por qué yo no sé? No sé.

Soy la rama del árbol que la motosierra mordió.

Cruzamos unos semáforos complicados con un puente arriba. Y ahí la veo. La perra negra -y creo que vieja- está cruzando la calle gimiendo, desorientada.

-Se ve que lo chocaron -dice padre, y ahí me doy cuenta de que me inventé que era hembra.

Nuestro auto se entrefrena para que pase, confundida. Pero el semáforo se puso a ser verde y en el otro carril, el que vuelve a Montevideo, las ruedas no saben parar y yo no veo nada porque el auto sigue pero escucho el crujido mojado.

Y en mi estómago está todo mal, aunque padre y hermano siguen como si nada, y hay que pisar el freno en el pedregullo porque tengo que abrir la puerta y, sin levantarme del asiento, hacer todo lo que significa vomitar menos la parte de devolver comida.

Algunas ruedas paran y otras no. Ningún conductor va a contar que vio un accidente.

El ruido sigue sonando hoy, decenas de peajes después, cada vez que veo un perro cruzar la calle. Aunque no haya autos, y a veces aunque no haya perro.

Las herramientas pesan en la valija de atrás.

***

Voy en un 109 por la parte más desagradable de 8 de Octubre. Entre los quejidos de metal destartalado del ómnibus aparece de golpe otro ruido de vidrio que estalla, a menos de 30 centímetros de mi cabeza con sueño. La ventanilla se convirtió en un millón de astillas transparentes, brillantes y peligrosas que nos bañan y que tintinean contra el plástico berreta de los asientos. No se si habría cerrado los ojos a tiempo, porque ya los tenía cerrados. En un milisegundo el conductor duda, pero decide seguir de largo. Apaga la radio y se le nota el miedo. Miro por el agujero de lo que antes fue ventana y veo a los dos guachos correr. Tienen remeras y gorritos de un cuadro, pero no veo los colores porque los faroles de la vereda están enfermos. No sé nada de fútbol, pero en ese momento recuerdo que era día de partido.

Hasta hoy me pregunto si eran del cuadro que perdió o del que ganó.

Otro ómnibus de otro año pero de esa misma época. La piba me mira cuando no la miro. Yo la miro cuando no me mira. Los dos nos damos cuenta de que el otro se dio cuenta. Tiene la piel muy blanca, interrumpida por unas pecas espolvoreadas y por dos ojazos verdes como el agua contaminada. Es una seducción tropezada, pero también es lo mejor que podemos hacer en un 109 que tiembla como con parkinson mientras suben viejas rapiñeras de asientos, guitarristas que machacan los oídos con canciones de Diego Torres y vendedores ambulantes que ofrecen cosas que ellos jamás comprarían. Seguro que tenemos horarios parecidos, porque nos cruzamos muchísimas veces a bordo. A la vuelta, ella sube después que yo y se queda cuando me bajo. Pienso que capaz me estoy imaginando, pero al viaje número 15 estoy casi en condiciones de descartar la hipótesis. El flirteo telepático a veces viene con sonrisitas vergonzosas, contacto ocular que dura demasiado tiempo o miradas de despedida cuando alguien se baja. Creo que hay algo de disfrute en esa tensión de lo casi dicho pero no dicho, de un grado de interés que nunca rconoceríamos en voz alta. O capaz somos simplemente cagones.

Un día voy a una clínica a hacerme una placa. Me obligan a que me quede quieto un montón de minutos mientras me bombardean con rayos X. Me visto y voy a la recepción a que me den el sobre. La recepcionista era ella. Nos miramos con complicidad predecible durante demasiado rato, que en definitiva es una nada.

Entonces vuelvo a casa y ella me agrega al Facebook. Me dice cosas que ya sé: te vi en el 109. etcétera. El etcétera acá está mal usado. Corresponde cuando hay varios elementos que trazan una línea, un lineamiento capaz de seguir. Acá no hay líneas, salvo la de CUTCSA.

Hablamos por Facebook y nada es tan mágico como en el 109. La mística tiene eso de efímero, irrepetible, como un perro o un delfín que hace un truco complicado cuando estamos solos pero se queda quieto cuando hay testigos. Los testigos lo arruinan todo. Chateamos. Intercambiamos cosas sin valor. Nos vemos de casualidad un par de veces. Nunca pasó nada. Una nada.

Ella conoció mis huesos del lado de adentro. Yo apenas miré sus ojos de color agua con cianobacterias.

La asimetría está a la vista y le paso la lengua.

***

Fd. versus el transporte.
Episodio III.

La ansiedad se acumula en el embriague, uno de los misterios de este mundo. El motor sufre en voz alta y no sé cómo manejarlo. Lo seco o lo ahogo. No nos estamos poniendo de acuerdo.

Es domingo y la familia puebla el auto, contenta ante el plan de ver al hermano mayor aprendiendo a manejar. La parte del volante es fácil. Los pedales no. Los cambios tampoco. Voy en segunda pero siento que soy un bólido que atraviesa las calles de un barrio desértico y jubilado, sin potenciales atropellados a la vista. De pronto, un pozo en la calle o en mi talento desestabilizan el auto. La parte del volante no es tan fácil cuando también hay que atender la parte de los pedales y los cambios. La esquina se acerca de frente. Cuál era el freno. No se puede pisar así nomás. Hay que embriagar primero. El motor ruge. Padre grita frená. No me acuerdo de cómo frenar. Piso el pedal que no era.

Casi todos tienen el cinturón puesto, así que el golpe es inofensivo. Físicamente.

-Dejá que manejo yo -dice alguien más adulto, y cuando bajo veo a la víctima: una bolsa enorme, negra y estirada que se desgarró y dejó salir sus entrañas. Pasto cortado. Hierba podrida. Hojas secas. Enredaderas que ya no enredan.

El auto sigue con el motor prendido, pero hay algo que se apagó.

***

Que se te haga larga la caminata. Estar casi llegando, a 1107 metros de tu casa y decir que ya está. Ver pasar un taxi y estirar una mano desganada como una planta marchita y sin estilo. Toser la dirección dos o tres veces para que atraviese la mampara.

-¿Entrás a las 6, maestro?

Dudo los tres segundos que tardan esas dos neuronas en estirarse, encontrarse, entenderse. No puedo culpar al taxista por malentender: tengo mochila y la ebriedad podría hacerse pasar por somnolencia, así que me confundió con un trabajador de la madrugada. Un compañero de la lucha y la nocturnidad. Sigo el tren, más por carencia de energías para desmentir que por diversión.

-Sí. Estoy medio tarde.

Son once cuadras de silencio, de complicidad de aliados en la noche de una selva de mal humor, focos sin ganas de alumbrar y bramidos de nafta grave. Voy sin hablar, pero voy mintiendo durante once cuadras, porque no voy desmintiendo. Lo hago parar en la esquina y dejo una propina más culpable que generosa en la latita que media entre su mundo y el mío. Las operadoras conversan en clave militar desde la radio cargada de estática; podrían ser diez, dos o mil y nunca me daría cuenta, porque todas tienen voz de operadora. Espero que sea una sola que se hace pasar por varias. Estaría bueno no ser el único que simula en esta madrugada.

La caminata de la culpa se extiende por unos 20 pasos de no mirar para atrás, para evitar la desilusión en la cara del taxista cuando descubra que saco las llaves y abro el pasillo de una casa que no es ni una empresa ni una fábrica. Hay un auto vacío estacionado. La vergüenza ya consumió al enojo y al alcohol, y me descubro incómodamente sobrio, mirando un retrovisor para tratar de encontrar algo.

Advertencia: las cosas que se ven en el espejo están más cerca de lo que parecen.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Prefiero a los piojos que a Los Piojos


I.
Mis vecinos escuchan a Los Piojos. No hablo de una escucha recreativa: es consumo problemático. Creo que escuchan a Los Piojos todos los días. Están tan pasados que les llamo Los-vecinos-que-escuchan-a-Los-Piojos. Posiblemente sea un detalle menor, pero es uno de esos que me obligan a poner una barrera prejuiciosa y casi biológica ante algunas personas, como si uno de los dos fuera mineral y el otro vegetal. Puedo entender a alguien que baila cumbia (aunque yo no baile, o baile para adentro), pero no a la gente que usa una remera con una chala, o a la que se alista en el Ejército voluntariamente, o a la que escucha a Los Piojos. Los sábados hacen asados eternos y merqueros en su azotea, que por una desgracia arquitectónica apunta a la ventana de mi cuarto, como un anfiteatro pero con olor a vaca muerta a las brasas. Y música de Los Piojos. A veces duran hasta la noche. Algunos días se ve que se levantan experimentales y ponen un par de temas de la Bersuit, pero no más de dos. Se ríen con complicidad con "devolvé la bolsa" o ponen pausa para cantar alguna canción futbolera. Pero siempre vuelven a Los Piojos, como esos fantasmas que se pueden apartar un poco pero no mucho de lo que estaban haciendo antes de morirse.

II.
Yo era chico y ella era rara. Le dediqué un amor platónico que se parecía bastante al aburrimiento. Era rubia y su hermano era pardo, y siempre preguntábamos cuál de los dos era adoptado. Cortamos el chiste el día que murió su padre. Esa tarde ella fue al liceo igual. La mía fue una adolescencia con más muerte que sexo, drogas o rock. Con esta gurisa una vez nos prestamos discos. Ella me dio "el mejor de Los Piojos". Yo estaba colgado con el Unplugged de Nirvana y me pareció que lo mejor de Los Piojos era de lo peor. En esas épocas jodíamos con cantar "oh, oh, Han Solo" en el estribillo de "Tan solo". Yo le di el Otra Navidad en las trincheras. Nunca hicimos la parte de devolver, que es lo que define un préstamo y lo diferencia de un regalo o un robo. Tardé poco en darme cuenta de cómo me cagó. Con lo de los discos, digo.

III.
Escucho "uoh bamba uoh bamba uoh bamba" y no puedo evitar el flashback. Los 90 eran tan raros que fue el tema del verano del 96: mi familia durmiendo apretada en la camioneta blanca y enorme de mi tío chanta, vacaciones baratas en Aguas Dulces, playas con barro abajo de las olas, mi hermana pisando un erizo de mar, mi hermano sangrando por un anzuelo que le atravesó la parte más blanda de la mano como carnada. Abro una ventana de incógnito de Chrome para que la búsqueda no me contamine el historial, y descubro que la canción se llama "El farolito" y que tiene estrofas y estrofas de letra que nunca conocí, a pesar de que la canción tomó todas las radios y los balnearios como un virus, antes de el adjetivo viral se volviera viral. Me doy cuenta de que siempre canté "un favorcito de ilusión" donde dice farolito, como los giles que más o menos en la misma época cantaban "yo no soy tu prisionero y no tengo alma de dolor", cuando es obvio que dice de robot. Termina la canción de Los Piojos y Youtube me lleva a otra, y otra, y otra, y no encuentro nada, ni letra ni música, que me resulte mínimamente dulce, salvo la frase "tengo los ojos de Darín". Creo que también me molesta que el logo-bichito no sea un piojo. Cierro y me dedico a hacer nada durante un rato, pero cuando estoy lavando platos que ya se habían vuelto inquilinos de mi cuarto me descubro tarareando "dame un poquito de tu amor / que no viene mal". Miro la espuma y la espuma me devuelve la mirada.

IV.
Con Juan Peirano tenemos un chiste: "Prefiero a los piojos que a Los Piojos". También se aplica a Los Buitres. No sé cuál de los dos fue el de la idea, pero tampoco me quita el sueño. Nada me quita el sueño. A veces la gente roba chistes y a veces uno roba chistes sin darse cuenta. Me voy a empezar a preocupar el día en que los chistes aporten en AGADU.

V.
Llego a casa. Es una madrugada levemente ebria y de emociones pasadas por licuadora. Antes de apuñalar la reja con la llave ya escucho el bardo que hay en la azotea-anfiteatro. Pero esta vez Los-vecinos-que-escuchan-a-Los-Piojos fueron un poco más lejos: instalaron un proyector que escupe imágenes de un DVD de Los Piojos sobre MI PARED, la del entrepiso de casa. Parece joda. Ahora ya no sólo son los que escuchan a Los Piojos sino que los consumen en formato audiovisual. No me sorprendería que picaran chiquito los librillos de los discos y también se los metieran por la nariz. Es demasiado tarde y los temas pasan como un par de noches atrás en la lista de Youtube. Yo no quiero dormir pero me molesta que otra gente decida lo que tengo que oír. Suena el tema "Como Alí" y yo tengo el enojo de Darín. Suena "El farolito" y pienso que una chumbera no me viene mal. Suena "Desde lejos no se ve". 

Pero desde acá se escucha, hijos de puta.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Nueva York no se iba a mover


Hace 14 años y siete meses yo era un quinceañero imberbe. Literal: me afeité la noche anterior a viajar a Estados Unidos, como si librarme de mi aún tímida barba me ayudara a convencer a los de Migraciones de que este pendeho latino no se iba a implantar en su país para robarle el trabajo a sus fellow americans.

Allá me compraría la guitarra Squier strato que inauguró mi carrera de músico frustrado. Allá me alojaría en la casa de una tía política hoy muerta. Allá recorrería junto con mi abuelo preferido y hoy muerto las calles de Jacksonville, una localidad de Florida que parece estar siempre durmiendo la siesta. Allá conocería el aeropuerto de Dallas, Texas, tan monstruoso que había que tomarse un ómnibus interno para ir de un andén a otro. Viajar dentro de viajar. Allá iría en un avión minúsculo hasta la ciudad de Virginia y vería por primera vez la nieve. Allá me preguntaron si quería conocer Nueva York o Washington y elegí la puerta número dos, con sus museos repletos de fósiles de dinosaurios y trajes de astronauta que fueron y volvieron del espacio con una persona adentro. Creo que dije que en un viaje futuro iba a poder elegir la puerta dos. Que Nueva York no se iba a mover. 

Siete meses después, hace exactamente 14 años, Nueva York se movió. Yo tenía 16 años, barba de siete meses y un arrepentimiento turístico que sólo fue superado, años después, por la culpa de no haber pasado tiempo con alguna gente que al final se evaporó, pero sin ruidos.

martes, 23 de junio de 2015

Pavimento del buen abuelo



"You're so beautiful to look at when you cry
freeze, don't move
you've been chosen as an extra
 in the movie adaptation 
of the sequel to your life"

Siempre vuelvo a ese tema de Pavement. Habla de una primera cita con ostras y pagar la cuenta en partes iguales. Nada que ver con el clima de hoy, ni el meteorológico ni el otro. El disco salió cuando yo tenía 12 años. Ahora escarbo y no encuentro recuerdos de esa época, ni siquiera un clima. Conservo datos biográficos sin alma -en qué año de escuela estaba, quién era el presidente- y el primer disco que mis diez dedos doceañeros tuvieron como propiedad. Era el Orozco, de León Gieco, mucho más triste que la canción que lo hizo famoso. La escenita, fuera de contexto como si esto fuera Boyhood, es en una hamaca paraguaya en el campo de mis abuelos en Soca, el lugar más lejano al que me permitían ir solo en ómnibus con esa edad. Alguna vez me pasé de parada y terminé dos kilómetros más cerca del fin del mundo, lo que en ese momento se sentía como estar irremediablemente perdido para siempre, pero que mi abuelo solucionaba rápido en un viajecito de su moto ruidosa, que años más tarde me dejaría manejar para ir al pueblo por la ruta, sintiéndome un dios motorizado. Me acuerdo de ir atrás en la moto, agarrado del abuelo en un abrazo avergonzado, respirando aire de campo y olor a abuelo. Me acuerdo del perro Bobi, hilo conductor de la infancia, que le hizo honor a su nombre y se tiró al pozo de agua, de donde lo sacaron hecho una bolsa oscura y ahogada de piel y huesos. Me acuerdo de que el abuelo, mentiroso como si su oficio fuera ése y no la carpintería -la profesión de la familia, que yo vengo a ser el primero en discontinuar con herejía-, mentía que había un cocodrilo en el fondo del pozo, como no fueran suficientemente escalofriantes los metros incalculables y la negrura húmeda que veíamos cada vez que nos asomábamos al borde del cilindro de ladrillos injerto en la tierra, armados de cagazo y valor. Me acuerdo de los gallos que nos clavaban sus espolones en los tobillos y de los terneros que abandonaban la simpatía cuando se convertían en vacas o que se vendían cuando mutaban en toros. Me acuerdo de los campamentos, del perfume del eucaliptus y del monte que -eso era verdad- escondía gatos monteses, de matar latas ya sin arvejas con una chumbera inofensiva, de plantar un carozo de ciruelo y verlo convertirse en un árbol que parecía siglos más viejo que yo, de los huevos caseros de gallinas sanas y con yemas naranja como un atardecer de embole infantil mientras los adultos pescaban, de comer las verduras que paría el huerto, de la máquina de cerrar latas de tomate para que ingresaran en conserva. Me acuerdo de desmenuzar el librito del disco y aprenderme todo el tema "Ojo con los Orozco", de más de cinco minutos de duración y una sola vocal. Me acuerdo de querer sorprender a los adultos y lograr la limosna de atención que les quedaba libre los domingos de un fútbol que todavía no entiendo.

Hoy el abuelo no va a volver a la casa de campo.

A los dos, al viejo y a la casa llena de arañas, les debo las pocas escenas de 12 años en la adaptación fílmica de la secuela de mi vida. Y capaz le debo un poco más. 

Un chau seco, porque no hay bebida en casa y porque I'm 
not
beautiful
to look at
when I cry.

24/5/2015



Triálogo con abogado y un desconocido raro


Desconocido raro: Los bomberos son la Policía del fuego.

Fd: ¿Sí?

Desconocido raro: Sí, legalmente en el acta fundacional se les llama así.

Abogado: No tiene mucho sentido. Si la Policía hiciera con los criminales lo que hacen los bomberos con el fuego...

Fd: ...la gente hablaría.

Abogado: ...se quejarían los de los derechos humanos.

[Ruidos de gente limpiando la casa después de la fiesta.]

Fd: Los bomberos serían más bien los Escuadrones de la Muerte del fuego. Creo que esa es una buena conclusión y es una creación colectiva de nosotros tres. Lo tratamos muy mal al fuego. No lo dejamos vivir. ¿Qué hizo para merecer todo eso?

Abogado: Mata todo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Pasan cosas atrás de la cortina*



Dibujo de Uni.

El pibe es el último en entrar. Es de noche y la casa muy probablemente está en el Cerro, porque para el pibe todo lo que queda lejos es el Cerro. Tiene nueve años, una hermana y poca calle. Los ojos alambrados con pestañas de nena -dicen mujeres que ofician de tías- capturan imágenes a pesar de la poca luz: un cuarto separado del living por una cortina de cuentas de madera, un banderín del Frente, fotos viejas de gente cuando era joven.

La familia visitante, que no la pasa tan bien como para que el censo los ubique en la clase media pero tampoco tan mal como para ser pobre, se acomoda en las sillas incómodas del living-comedor. Los recibe la pareja de la casa. No son ni viejos ni jóvenes y no tienen rasgos tan definidos como para quedarse en la memoria del pibe hasta que ya no es un pibe.

Hablan en voz baja mientras el pibe y su hermana menor se dedican a aburrirse. Ella es fuerte, dice la dueña de la casa, a quien fue a visitar la familia. Es por el color de pelo. Ahuyenta las malas energías. Es la única pelirroja de la familia además de uno de los abuelos. El resto no tiene el espíritu blindado por esas defensas anímicas y capilares, en especial la madre. Hace tiempo le pasan cosas. Se siente mal, vomita, le duele la cabeza. Los médicos no le encuentran nada, así que el problema tiene que ser esotérico. Hay sospechas de trabajos de magia negra por parte de un familiar medio cercano, de los que se abrazan en los asados y se defenestran mientras se lavan platos, vasos y dientes llenos de grasa.

El padre es de los que no creen en nada pero no descartan que haya algo. La madre al revés: cree en todo. Un combo de maíz, un pollo degollado y unas velas al costadito del cordón de la vereda provocan tanto horror como encontrar -como 10 y poco de años después- un 25 en la mochila del pibe. 

La dueña de la casa dice que lo suyo no tiene nada que ver con la religión (o algo así: todo fue hace mucho y el pibe no tomaba apuntes ni usaba grabador). Cuenta sobre cuando se le despertó el don: el nene de una amiga se sentía muy mal y cuando le tocó la panza vio los órganos por dentro y le chispeó en la mente una palabra: hepatitis. Los médicos lo confirmaron. Ahí empezó a creer.

La madre del pibe y la señora con poderes se meten en el cuarto de la cortina de cuentas de madera. El pibe y su hermana miran en la tele algo que no les interesa en un canal abierto mal sintonizado. El rato es largo o se les alarga por ese tedio que sufren los niños a los gritos y los adultos en silencio.

La madre sale, capaz con ojos de haber llorado, y el padre le extiende al señor de la casa -no a la curandera: al señor de la casa- un billete importante. No acepta. Insiste. Acepta.

En el camino de vuelta el pibe dibuja en el vidrio empañado y la hermana le arruina su obra con rayones de hija más chica o de envidia (el pibe quiere ser dibujante o arqueólogo, porque todavía no sabe nada sobre palabras como talento o desempleo). Los padres van secreteando en un código torpe: creen que los niños entienden menos de lo que entienden. Después de una pausa larga, casi llegando a casa, el padre suelta una frase que el pibe probablemente escucha por primera vez:

-Es creer o reventar.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un uniforme es un uniforme



Dijo que se llamaba Vázquez y aunque importara no le creería: en ese lugar nadie dice el nombre porque nadie lo pregunta. La gente deja el saco y la identidad -todo lo que pesa- en el perchero que está al lado de la puerta que abre con chillido. Mientras esquivábamos las miradas de una veterana de pelo teñido y piel desteñida y nos esforzábamos por evitar cualquier gesto que ella pudiera interpretar como una invitación a la mesa, Vázquez o quien sea me contó que era secúriti. Lo dijo como si hubiera estado semanas ensayando la palabra frente al espejo para no equivocarse, igual que un pibe sin talento que prepara la prueba de ingreso de la EMAD.

Tenía la piel oscura y las ojeras tatuadas en la cara. Yo nunca sé calcular la edad pero creo que alguien que sepa también habría tenido problemas. Los ojos estaban rojos; capaz por el humo de gente que se cagaba en los decretos (Vázquez de nuevo), capaz por el whisky nacional que se tragaba difícil y se evaporaba fácil y al tomar inflamaba las venitas como enredaderas rojas, seguro no por llorar. Yo también los tenía así. Me vi en el espejo del baño mientras él sacaba del bolsillo delantero de su uniforme negro y amarillo una obsoleta tarjeta de Antel para teléfonos públicos que mostraba en una de sus caras lo que en tiempos mejores había sido una foto de unos pinos bobos y hoy era un bosque deslucido, fantasma. Cédula, Tarjeta Joven, Socio Espectacular, RedBrou. Siempre tuve la idea chota de que la tarjeta elegida dice todo sobre el que la usa.

Su trabajo era estar diez horas en el supermercado cuidando que los planchas no se robaran las cosas que él con su sueldo no podía comprar. El jefe de seguridad -un gordo que parecía vivir sólo en base a una dieta de milanesas mal freídas que engullía en un altillo lleno de pantallas blanco y negro y que pasaba mirando porno en una ceibalita- le hacía sonar dos veces el walkie talkie cuando entraba alguien con pinta de pobre, y esa era la señal de que tenía que perseguirlo con los ojos clavados en sus manos como dos tanzas con anzuelo. A veces caían vecinos suyos que, como él, trabajaban lejos del barrio (no sé cuál: en ese lugar nadie dice de dónde es porque nadie lo pregunta); si lo reconocían miraban las verduras, compraban el vino más barato y se iban a buscar una vieja o alguna otra cosa que pudieran hacerse sin un arma y con riesgos mínimos.

Era mitad de mes y cobraba todos los primero. Me mostró la billetera -fotos de un niño de pocos meses y otro de dos años que bien podrían ser el mismo, ninguna señal de esposa a pesar del anillo- y le quedaban tres monedas de 50 centésimos, de las que ya estaban fuera de circulación.

-Lo que es no valer ni dos pesos -rió al aire, y era apenas un poco en chiste.

Antes de invitarle el próximo trago ya sabía que no iba a aceptar, como si estuviera todo mal con pensar que había de su parte la mínima intención de dar lástima. Ahora, pensando en ese bar, se me ocurre que capaz no elegí bien la palabra: "trago" suena a algo que se sirve en vasos lavados.

Quedamos en un rato larguísimo de contemplar toda la nada de ese lugar. Antes de dejarme terminar de leer tras la capa omnipresente de grasa las letras chicas de una de esas pruebas de oftalmólogos que colgaba de una pared, se levantó y largó algo entre la despedida y la tos. Salió esquivando a la puta vieja, que estaba apoyada en el perchero y tenía una especie de ataque de tuberculosis mientras un delivery pelado que en una mejor vida hubiese sido rugbista se le acercaba con falsa preocupación y un sincero manotazo en el culo huesudo.

Nos cruzamos un par de veces más sin saludarnos. Creo que había un pacto o algo de eso, una cosa un poco menos explícita y más inquebrantable. En un momento no lo vi más. Un tipo que había dejado de pasar merca para dedicarse a cosas un poquito más turbias me contó que una madrugada unos chorros le metieron un chumbazo desde un auto pensando que era un policía. Habían robado un Maruti blanco con vidrios esfumados, y desde adentro un tipo que pasa casi la mitad del día cuidando góndolas con pañales y championes es casi lo mismo que un botón. "Un uniforme es un uniforme". Me contó la historia dos veces, cada una con palabras levemente diferentes, sin sacar la vista del celular. Aunque es un mitómano conocido tuve que creerle o hacer como que le creía, porque en ese lugar tampoco se pregunta si los cuentos son verdad.