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lunes, 7 de noviembre de 2016

Y comprame una estrella en el bulevar




Y ahí estaban los cuatro. Hechos en un 3D que hoy vemos como berreta, que histeriqueaba con el concepto de la realidad virtual, esa gran mentira de los 90 que vimos derrumbarse. Nos dimos cuenta de que la estrategia (y su peligro) no era trasladarnos a mundos digitales enormes sino hacer los dispositivos de la tecnología de la información sea más chica, más liviana, más portátil, para tenerla siempre cerca.

Entonces, ahí estaban. Cuatro hombres medio en pelotas, monumentos a la heterosexualidad californiana, como recién salidos de un asado ruidoso. Pechos trabados, costillas hundidas, brazos tatuados por agujas con tinta o con heroína. Corrían por toda la ciudad, se metían en lugares, convertían los bordes de los edificios de Hollywood y cualquier otra superficie en una potencial pista de skate, entre íconos de la cultura pop, mormones y piezas de una ciudad que se iba desarmando. Es que se acercaba el año 2000. O sea, el Apocalipsis.

Las copias virtuales no se parecían un carajo a los Red Hot Chilli Peppers de verdad pero, por algún motivo, el videoclip de "Californication" era una parada obligatoria en el zapping, igual que "Do the Evolution", de Pearl Jam. Eran, también, opuestos: el primero era una oda al verano eterno donde van a parar las almas de los surfistas rubios; el segundo, desgarrado y perturbador, parecía salido de las peores pesadillas de una noche de fiebre de un empleado en un matadero. El solo celestial de John Frusciante y el bajo inquieto de Flea versus el grito reseco de un Eddie Vedder que nunca me pude fumar. Años 90. California contra Seattle. Rivales y hermanos.

Se los considera una banda de funk. Es lo primero que dice Wikipedia. Yo los pude ver en el River, Buenos Aires, en 2002, con el disco By the Way (que no me encanta) todavía fresco, y ellos también: vegetarianos, rehabilitados, adictos al yoga y al ejercicio. Sonaron para el culo. Navegando entre las olas de gente sudada llegué hasta las vallas y vi a Frusciante, sentado en el borde del escenario, tocar el arpegio algodonado de "Under the Bridge", un relato de épocas de cuando Anthony Kiedis estaba realmente trasheado, tocando la capa tectónica que hay abajo del fondo del pozo o del puente. Fue el único tema que cantó más o menos bien.

Yo me había ganado una entrada en la radio, en una trivia estúpidamente fácil. Viajé solo por primera vez a Argentina y dormí en la calle, paralelismo involuntario con esa canción. Y ahí, entre argentinos que coreaban todos los riffs y detonados que se desmayaban y que el personal de seguridad llevaba a algún lado siniestro como si fueran fardos, tuve la revelación: lo que más me gusta de esta banda de funk son las baladas. "Porcelain", "Soul to Squeeze", "Emit Remmus", "Road Trippin'", "Scar Tissue", "Slow Cheetah". Y que, más allá del poder que irradian con sus temas más desenfrenados, me gustan sus letras, que parecen fragmentos desconectados de ideas unidos sólo por una obsesión por la rima. Una forma tan válida de componer como cualquier otra.

***

Había que elegir un cuadro, y yo opté por Star Wars. No sólo eran los VHS de la preadolescencia, sino también eventos importantes, precuelas que se hacían esperar y que obligaban a acumular expectativa, nervios y especulaciones. Era cine. Star Trek era otra cosa: Canal 10 todas las tardes, el pelado Jean-Luc Picard, capítulos que uno necesariamente veía salteados. Como todo lo no tan importante, estaba a la mano.

Es en estos tiempos, cuando Star Wars resurge con una película genial. Y es en estos tiempos cuando me dispongo a ver TODO lo que existe de Star Trek. Guiado al principio por la desconfianza, descubro que The Next Generation no está nada mal, que la serie original del '66 no envejeció tanto y que Deep Space Nine es una genialidad, como prácticamente todo lo que toca Ronald D. Moore.

Hay que elegir un cuadro, y yo elijo los dos. Soy un traidor o un indeciso, pero prefiero pensar que soy el elegido, el uruguayo que traerá el balance entre la República Galáctica y la Federación de Planetas Unidos.

***

Ilustración de Juan Pedro Salvo.
juampe.com


"Intentar no. Hacelo. O no. No hay intentos".
Maestro Yoda.

El curso de verano que Yoda le da a Luke Skywalker en Star Wars V: Empire Strikes Back es el comienzo del entrenamiento. Lo de Obi-Wan Kenobi en la primera película, el episodio IV, era más bien una serie de clases de introducción a la Fuerza, historia básica de la Orden, instrucciones para prender y apagar el sable de luz y algunos tests de diagnóstico para saber con qué piso nos estamos manejando.

Es Yoda el que impone la disciplina, la primera prueba (visitar la caverna oscura donde se prefigura la revelación del final de la película), el concepto de que la Fuerza funciona en contacto con las emociones y no como una herramienta racional, como cree Obi-Wan. Es en el planeta pantanoso Dagobah donde Luke se forma en lo físico, pero sobre todo en lo espiritual. Porque, en el fondo, el motor de Star Wars no es tanto la ciencia ficción como el elemento sobrenatural, esotérico. Hay que decirlo: religioso.

Esa es una de las diferencias más grandes entre Star Wars Star Trek, rivales y hermanas. En la segunda, la base es tecnológica, pero hay más. "El espacio, la frontera final" significa la exploración de un universo lleno de posibilidades, de un planeta nuevo o una raza desconocida para descubrir en cada capítulo. Viajar hacia los bordes de lo desconocido como en una road movie por rutas interestelares, o conquistar América en carabelas de metal capaces de navegar a la velocidad de los fotones que inflan las velas.

En la otra cara, "hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana". En Star Wars los horizontes están clausurados, con fronteras bastante rígidas; un escenario conocido en el que la incertidumbre no está en el descubrimiento de cosas externas sino en la puja de fuerzas internas. Hay una galaxia conocida (por eso la traducción al español La guerra de las galaxias está mal, tan mal).

Está bien, existe el outher rim, el borde de la galaxia donde hay planetas como Kamino; existe Tatooine, el mundo desértico donde comienza todo, una tierra de nadie corte western donde el vacío de poder se rellena con contrabandistas y mafias como la de los hutts; hay lugares vírgenes de civilización, como la luna-bosque de Endor, con ewoks incapaces de ejercer una ciudadanía responsable. Pero todo se ubica en el territorio conocido, en un mapa. En Star Trek el mapa se está dibujando todo el tiempo, como en esos juegos de estrategia donde uno va avanzando y convirtiendo en territorios las partes negras del mapa.

JJ Abrams estuvo de los dos lados del mostrador. Después de ser una de las cabezas ejecutivas de Lost, se logró acomodar en Hollywood básicamente como un continuador de linajes cinematográficos pero con ideas frescas: dirigió y escribió Misión imposible III Super 8, un homenaje a las películas de iniciación con toques de ciencia ficción en las que brilló Steven Spielberg. En la tele, su carrera post Lost fue muy tibia: Fringe, Person of Interest, Alcatraz Revolution, ordenadas de mejor a peor.

Con esos antecedentes, el anuncio de que Abrams iba a encargarse del comienzo de la segunda trilogía de Star Wars sonó comprensible por un lado -por su probada experiencia en ciencia ficción, pero también en resurgimientos-, pero raro por otro. Era un tipo que venía de tocar Star Trek. Vaya uno a saber qué microorganismos traía en los dedos.

Está claro que las sospechas estaban justificadas, y también que con el estreno del episodio VII, The Force Awakens, muchos nos tuvimos que tragar nuestras palabras venenosas como si fueran la peor sopa de una cantina mala de Mos Eisley.

***

Pero también había suspicacias otras. La segunda trilogía, de precuelas, había dejado huecos argumentales del tamaño de agujeros negros y heridas hondas en nuestra capacidad geek de amar. En verdad, en esas tres películas hay mucha emoción y belleza: el duelo final entre un imberbe Obi-Wan y su maestro Qui Gon Jinn contra Darth Maul, que le metía todo el estilo con su sable doble es el ejemplo más majestuoso que me viene a la mente, pero también está el desarrollo del magnético Palpatine en el Emperador, la serpiente del relato bíblico que logra moldear de formas aberrantes la supuesta pureza de Anakin, ese mesías sin padre y, por ende, preso de una ecuación edípica imposible de resolver.

***

En los trailers -eso que ya se separó de lo fílmico y pasó a ser obra en sí misma-, se adivinaban referencias, adelantos y tropos de escenas que se linkeaban con la trilogía original. Además, y en un movimiento de gestión inteligente, se mostraba a Harrison Ford y Carrie Fischer en los roles de Han Solo y la Princesa Leia. Mientras, según filtraciones a la prensa y declaraciones de Abrams en las convenciones para frikis se supo que también actuarían Anthony Daniels (el que en las seis películas estuvo adentro de C-3PO, el robot protocolar de modos británicos inspirado en el Hombre de Hojalata de El mago de Oz) y el que llevaba el traje de Chewbacca, cuyo nombre me niego a guglear pero que es el actor que apareció en más películas de la saga entera sin pronunciar ni una sola palabra en inglés.

Si la aparición de Ford y Fischer ya había logrado escalofríos nerd en el mundillo expectante, estos detalles (más la presencia de Mark Hamill como Luke Skywalker) pasaron a ser garantías de que al menos habría una buena materia prima. Por supuesto: Abrams podría arruinar esa materia prima y rompernos el corazón,

Lo que había que hacer era elemental. Que la continuidad fuera a futuro y no hacia el pasado era una garantía para separarse de las precuelas, de su epilepsia cromática, de su ritmo trancado. DE JAR JAR BINKS.

JJ Abrams lo hizo, y lo hizo bien.

***


La serie original de Star Trek es una delicia. Siempre me gustó relacionarme con la idea del futuro que tenía la gente pasada. Si Star Wars es un relato de una galaxia lejana en un tiempo lejano, esto es el futuro: la Federación de Planetas Unidos no es más que una proyección de la ONU hacia un futuro donde los grandes males de la humanidad (guerra, hambre, pandemias) se evaporaron, y sólo queda explorar el espacio exterior. Claro que la guerra aparece, pero con otras razas. Puede que haya artefactos que sinteticen cualquier comida que uno le pida, pero la construcción del otro sigue ahí, latente.

La realidad es que Star Wars permeó la cultura popular mucho más hondo que Star Trek. Casi todo el mundo sabe quién es Han Solo, pero pocos conocen al doctor Leonard McCoy, el tercer personaje en importancia a bordo de la Enterprise. Muchos ubican más o menos el saludo vulcano, pero "que la Fuerza te acompañe" es una frase más conocida que "larga vida y prosperidad", que es el significado de esos dedos de la mano repartidos en tres. Spock, McCoy y el Capitán James Tiberius Kirk son la tríada perfecta. El primero, híbrido entre un humano y un embajador de una raza que suplantó las emociones por la lógica, choca todo el tiempo con McCoy, un médico dedicado y temperamental. Kirk, en el medio, es el líder seductor que respeta a ambos por igual y media entre sus recomendaciones.

El formato de la serie permite hacerlo todo: viajar en el tiempo, encontrar un planeta estancado en los años de los gángsters en Estados Unidos, descubrir una ameba gigante en el espacio, elaborar un capítulo policial en una cantina espacial. The Next Generation, la continuación de los 90, funciona bajo la misma fórmula, pero la amplía: si la misión de la Enterprise original era explorar por cinco años, ahora no tiene límites.

Las reimaginaciones de Abrams, repartidas en tres películas, son un homenaje puro a la serie original. Incluso pueden parecer insípidas si uno no saca las referencias a la serie original, o desconoce el chusmerío por fuera: cuando, en la película tres, Star Trek: Beyond, el público se quejó de la homosexualidad de Hikaru Sulu, piloto de la nave, seguro no sabía que el actor -no voy a guglear su nombre- es un reconocido activista por los derechos LGTB.

***

Entonces, flash forward a la actualidad. Yo y Viñas fumamos porro en la vereda del Fénix. De pronto, la rocola más metalera del mundo deja de escupir guitarras aplanadoras y da paso al arpegio dulce de "Californication". Entre críticas frívolas a la frivolidad californiana, dos frases:

y Alderaan no está tan lejos
es Californication

el espacio será la frontera final
pero está hecho en un sótano de Hollywood


Y ahí hago un click tardío, muy tardío para alguien que estuvo enamorado de los Red Hot, que vivió con Star Wars como saga fundamental y que sabía -por ser más geek que la media- alguna cosa sobre Star Trek. Alderaan, el planeta que explota en A New Hope, y la frase que abre cada presentación de Star Trek. La República y la Federación se unían en esa canción hermosa, en ese video terraja que, a fin de cuentas, también habla de lo que la gente de antes pensaba que iba a ser el futuro del mundo. O el fin.


sábado, 16 de enero de 2016

Japón está tan lejos


Mirar animé es acercarse no sólo a otro idioma, sino a otro lenguaje. Es difícil decir bien qué es. Delimitarlo como toda la animación que se produce en Japón nos empuja a una trampa: es un criterio que ubica cosas en coordenadas geográficas pero no dice nada sobre ellas. Diría mi abogado: "República Oriental del Uruguay" son instrucciones para llegar a este país, pero "Estados Unidos de Norteamérica" contiene, además, algo de información descriptiva.

Un género es lo contrario: un conjunto por comprensión, una lista de características que pueden estar en mayor o menor medida pero que ayudan a ubicar qué es heavy metal, qué es ciencia ficción, qué es una autobiografía, ante la presencia de doble bombo, androides y una primera persona que identifica al autor con el personaje, respectivamente. Es cierto que hay subgéneros, híbridos, fronteras difusas, límites contestados, pero la intuición del consumidor de cultura está lo suficientemente contaminada para que el redactor de una revista del cable y un suscriptor puedan estar de acuerdo sobre definiciones útiles como el terror, el porno o el thriller. El tema es que bajo esta definición el animé tampoco es un género, porque puede haber animé de terror, animé porno o animé thriller.

Creo que el animé es más bien un estilo, una forma de contar, un montón de rasgos visuales. Ojos grandes, reacciones emocionales neuróticas, flashbacks difuminados, secuencias de acción con cámaras hiperactivas, pelos sobrenaturalmente lacios, diálogos pausados. Es animación que se produce en Japón pero también en Corea, en Estados Unidos (como Voltron o Avatar: The Last Airbender) y hasta se hizo en Uruguay. Y adentro de esa bolsa entran muchísimos géneros, con una obsesión por subdividir digna de trotskistas.

Para ese imaginario difuso que cuando nos conviene llamamos "la gente", animé equivale a shonen, o sea, el que apunta a edades escolares y liceales, en general con protagonistas de ese mismo estrato, con un trasfondo de peleas y aventuras, y un elemento no realista. Pero también está el shojo (para nenas, como Sailor Moon), el hentai (porno), y hay subgéneros de homoerotismo para adolescentes, de colegialas con inquietudes lésbicas, de niños que capturan bichitos y hasta un término para comando de jóvenes que pelean con monstruos gigantes con robots que en algún momento se unen en un robot más grande

El hentai siempre me pareció 0% excitante y el shonen, con excepción de Caballeros del Zodíaco, siempre me resultó aburrido; nunca me colgué con Dragon Ball ni con Naruto, ni siquiera cuando era un posadolescente que le entraba a cualquier aberración de la tevé abierta que tuviera peleas y rayos. Pero en estos años de algo parecido a la adultez me crucé con algunas series muy buenas (también películas: La tumba de las luciérnagas, Paprika, todo Miyazaki), que paso a recomendar sin orden particular, con la excusa de que estamos empezando un año o porque sí.


Deathnote (2006)

Creo que es el primer animé ever que me arrancó un "mirá qué bien". Hay unos ángeles de la muerte, los shinigami (sacados de la mitología japonesa, así como Pikachu es una reformulación del raiju, un demonio del trueno), que pasan todo el día en un limbo aburrido, como empleados municipales del más allá. A uno de ellos se le ocurre tirar a la Tierra, donde caiga, un deathnote: un cuaderno de tapas negras ("había un aire de cosas muertas", canta Cabrera en ese tema. ¿Coincidencia? Sí, pero qué coincidencia) que permite al portador matar a cualquier persona con sólo escribir su nombre y pensar en su cara. La cuadernola Papiros de la muerte le llega a Yagami Light, un estudiante meticuloso y resentido con el mundo, que decide usarlo para matar criminales que aparecen en las noticias.

Yagami mata a todos los que puede, todo el tiempo, con disciplina y secreto. Y el statu quo se va al carajo. A lo largo del planeta se crean cultos a esa figura misteriosa que limpia las ciudades de esta inseguridad que lamentablemente estamos viviendo. Ignorando si se trata de un grupo de asesinos o uno solo, la prensa lo apoda Kira, lo más parecido a killer que puede pronunciar el japonés promedio. Los delincuentes se vuelven más paranoicos (el deathnote cumple la función de panóptico mundial) y la Policía investiga con esfuerzo y fracaso a este vecino indignado capaz de hacer linchamientos a distancia.

Todo esto pasa en los primeros dos capítulos. Lo que viene después es una serie de intrigas, planes y contraplanes rebuscados, estrategias y jugadas complejísimas entre Yagami/Kira y L, un joven excéntrico y descalzo con el título del mejor detective del planeta y con un nombre estrictamente confidencial, para que Kira no lo mate. Con una dinámica Sherlock-Moriarty, los dos protagonistas de Deathnote se sacan chispas y atraviesan varios giros de la trama, algunos verdaderamente arriesgados. Son dos personajes llenos de capas de profundidad y dilemas éticos de la historia que resuenan con discusiones de estas épocas: cuánto de libertad individual estamos dispuestos a ofrendar a cambio de seguridad, quién manufactura la vara para medir y diferenciar a los ciudadanos de bien y los otros, qué valor tienen algunas vidas según su moral personal. La densidad de los razonamientos exige mucha atención. No es una serie para mirar haciendo otra cosa.


Neon Genesis Evangelion (1995)

Esta serie es lo que alguien que no ve animé piensa que es todo el animé. Al menos al principio. Hay unos bichos gigantes llamados ángeles que aparecen cada tanto de la nada y rompen todo, y hay humanos que los combaten en mechas -robots gigantes tripulados-, que es también el nombre del subgénero. Los primeros capítulos podrían ser el comienzo de cualquier animé para adolescentes: un protagonista joven, golpeado por la vida pero persistente se une al escuadrón de cazadores de ángeles y a través de su mirada vamos conociendo un futuro apenas distópico, en el que el miedo a la muerte y destrucción urbana no paralizan a la humanidad sino que más bien operan con el sigilo de los desastres naturales en algunos países de nuestro mundo. Si la historia suena mucho a la película Pacific Rim es porque Guillermo del Toro robó de este animé a mano armada con pistola láser.

Evangelion está basado en táctica narrativa que podría ser producto de un cálculo experimental o no. Como en la saga de Harry Potter, el principio tiene un tono 100% infantil (que en el caso del animé incluye un exceso de comic reliefs, una histeria emocional mucho mayor, líneas argumentales que excavan muy poco y una tendencia a que cada capítulo sea una cápsula más que una parte del algo). Pero a medida que avanzan los capítulos la serie madura, se complejiza, extiende seudópodos hacia todos lados, se entrevera, agrega violencia, sexualidad y tragedia. Pero si en las novelas de Rowling eso es un avance escalonado y en siete entregas, acá es una gráfica en línea recta, o una parábola que llega hasta el carajo al final, cuando todo se disuelve en los últimos capítulos, una locura experimental y esquizo que se desarrolla en la cabeza del personaje, que parece hecha por realizadores que toman ácido en ayuno hace meses y que recuerda a la parte demente de 2001: Odisea del espacio. Por suerte, los creadores sacaron una película que retoma y da fin a la historia desde un punto más tradicional y que cuenta qué carajo pasa. Todos contentos.



Fullmetal Alchemist: Brotherhood (2009)

La ambientación es steampunk, ese subgénero de la ciencia ficción que pregunta qué pasaría si en un momento histórico determinado hubiese algunos elementos de la tecnología (sólo algunos) más avanzados que el resto, insertos en un desarrollo científico muy anterior. Historias medievales con máquinas a vapor (de ahí viene el nombre), aventuras de la colonia con submarinos, indígenas con celular. En Full Metal Alchemist todo parece victoriano pero hay teléfono, radios a transistores, autos eléctricos y prótesis mecánicas para los desgraciados que perdieron miembros. En este mundo, la alquimia ocupa el lugar que la ciencia en el nuestro, como si las leyes de Newton hubiesen dado paso a los delirios de Nicholas Flamel. Pero no es magia sino alquimia, y hay reglas que cumplir; la más importante, que se repite en toda la serie en sentido literal y metafórico, es que la materia no se crea ni se destruye. Un alquimista de primero de liceo ya puede convertir agua en vino, pero no puede tomarlo por las normas legales ni crearlo de la nada por las normas del universo.

Edward y Alphonse Elric son dos adolescentes con un padre ausente, que ven morir a su madre en un incendio y deciden usar la alquimia para revivirla, un desafío que los alquimistas experimentados llaman tabú y que está prohibido. El intento de resurrección se complica: Edward pierde un brazo y una pierna, y Alphonse se queda sin su cuerpo, por lo que tienen que fijar su alma en una armadura vacía para que deje de flotar por ahí. Deciden convertirse en alquimistas profesionales (que en ese mundo también cobran funciones de policías) y Edward se especializa en convertir cosas en metal, así como otros alquimistas aprenden a manejar el fuego, el hielo o las habilidades curativas (porque la alquimia también desplazó a la medicina).

Como telón hay una conspiración que involucra a personas del gobierno, como siempre, y a siete villanos que encarnan cada uno de los pecados capitales y que resultan terroríficos porque son demasiado humanos, aunque no sean humanos. Hay muchos otros juegos con la tradición judeocristiana, siempre distanciados: en uno de los primeros capítulos, los hermanos se encargan de desenmascarar a un sacerdote que generó un culto en base a supuestos milagros, que en el fondo son resultados de la alquimia. Pero pronto pasan cosas que rompen las reglas fundamentales, y hasta aparece un lugar misterioso y espiritual, de paredes blancas y con una puerta enorme, al que se llega por medio de meditación y rituales especiales, donde hay un ser etéreo rarísimo (un contorno negro de la figura de una persona con una sonrisa omnipresente como la del gato de Chesire), así que al fin y al cabo todo pasa a ser en el fondo una cuestión de fe. Un poco como la ciencia, porque nadie nunca vio un átomo.

Hay dos animés basados en el mismo manga: éste es una adaptación textual que se hizo cuando los libros habían terminado y el otro, llamado igual pero sin el Brotherhood, se fue emitiendo mientras salían los libros y en un momento los alcanzó, por lo que los guionistas bifurcaron la historia e inventaron la segunda mitad, algo parecido a lo que va a pasar con Game of Thrones por culpa del perezoso y macabro George R R Martin.


Monster (2004)

(Éste es mi favorito. No lo pongo al final porque, ya dije, c'est ne pas un ranking).

Los samurai tienen esa idea de que si uno le salva la vida a una persona, se vuelve responsable de todo el daño que haga después. Kenzō Tenma es un cirujano japonés que trabaja en un hospital alemán y que tuvo la mala suerte de operar y salvar a un niño que cae a la emergencia con una bala en la cabeza y que después resulta ser algo así como el próximo Hitler o el Anticristo. Los 74 capítulos de este animé -el único de la lista que no tiene elementos sobrenaturales ni de ciencia ficción- son una larguísima road movie de Tenma, que decide buscar al nene que salvó, ya convertido en un joven psicópata, para matarlo y remediar su cagada hipocrática.

El viaje está lleno de personajes adorables y detestables a la vez, y de subtramas que crecen hacia los costados como raíces. La fractura de Alemania al medio es un tema recurrente, en especial cuando aparecen conflictos de espionaje, pero es sólo un trauma más en una serie que gira en torno a un humano que llega a escarbar en la crueldad con hambre y que se convierte en un führer en las sombras, una incógnita que mueve hilos conspirativos que se parecen a alambres de púas. Todo está mal en Monster, un drama con muy poco humor. Hay pequeñas redenciones, pero la belleza es descubrir cómo todo se puede poner peor. Johan, el psicópata, es uno de los mejores villanos que conozco, pero hay poco que se pueda decir sin vomitarle spoilers a los pobres lectores.


Cowboy Bebop (1998)

El western es un género muy fácil de llevar a la ciencia ficción espacial. En el espacio hay mucho espacio, como en el desierto, y a las autoridades les quedan agujeros a los que no llegan las leyes, caldo de cultivo para contrabandistas, cazarrecompensas, gángsters, outlaws. Cowboy Bebop mezcla ambos géneros, como la gran serie estadounidense Firefly (del maestro Joss Whedon, crador de Buffy, la cazavampiros).

El protagonista, Spike (nada que ver con el vampiro), es un antihéroe típico, un Han Solo animado que trabaja de cazarrecompensas -un cowboy- y que tiene un pasado complicado. Los otros personajes, que se van sumando de a poco, también tienen cosas que ocultar.

La serie entera es una carta de amor a la música anglo. Cada capítulo lleva el nombre de una canción en inglés o un género que surgió en Estados Unidos ("Jupiter Jazz", "Honky Tonk Women"), que se relaciona de uno u otro modo con el argumento. Muchos episodios tienen incluso frases de canciones insertadas en los diálogos o guiños a las letras, como un momento en el que uno de los personajes se droga y alucina con una escalera que sube hasta el cielo. Bastante más girado hacia la comedia y algo menos complejo que el resto de los animé de esta lista, Cowboy Bebop puede generar una enorme empatía por estos pobres diablos ("Simpathy for the Devil" es el título de uno de los mejores capítulos). Parece haber sido creada con los dos ojos puestos en conquistar a los occidentales tomando los rasgos de nuestro lenguaje visual. Y entre ellos se coló una banda sonora preciosa, lejos del techno industrial o la épica sinfónica que escuchamos en la mayoría de los animé. Si éste fue planificado como carnada, bueno: a veces hay que morder.

Sayonara.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Son ocho los monos



(O apuntes sobre Sense8, 
una serie de la que vos -sí, vos- escribiste tan bien.)


Sense1. ¿Cómo darse cuenta de que algo (pongámosle, la televisión) está atravesando una edad dorada? Respuesta: cuando nadie dice "esto está atravesando una edad dorada". No todo el oro brilla. A veces está enterrado. A veces son vetas que se cuelan en otras materias, como rendijas en 3D. A Veces lo que brilla es un baño que recubre la alpaca, que es 60% cobre, 20% níquel y 20% zinc. A veces el oro de hoy es el hambre para mañana. A veces la genialidad no brilla -no es brillante-. A veces se comete el error de manotear materias primas que brillan y generar una cosa nueva pero fea, dolorosa, opaca, residual. Alquimia al revés.

Sense2. Es un mundo nuevo, eso sí. Un mundo en el que tuvimos que nombrar procrastinar a cosas que hacemos desde hace siglos. Un mundo en el que procrastinar ya no es postergar actividades sino una actividad en sí misma con recreos para hacer otras cosas. Un mundo en el que es mandato autodefinirse antes de generar obra. La corriente que pretendo inaugurar. Los preceptos que si aguantan un rato demuestro que vine a romper. Mi generación. El artista al que le molesta la crítica es el artista sincero: el que da un discurso pretende que sea ese mismo discurso el que ordena otros. Estamos viendo la historia por streaming y nadie quiere esperar a que los hechos ya sean pasado para definir una era, una época, una edad. Pero el árbol no sabe qué es un bosque, y el único psicoanalista que se podía analizar a sí mismo era Freud, porque no había otro. Es decir, el valor de tomar distancia para rotular. La edad de lo que sea siempre está ubicada atrás. Entonces se vuelve vital desconfiar de las edades doradas. No sé si estamos en la edad dorada de, pongámosle, la televisión. Capaz estamos en una era de alpaca. Que lo decidan los televidentes que todavía no nacieron.

Sense3. La tele que ya no es el televisor, y no debería sorprender a nadie. La canción "Video Killed the Radio Star" no podía predecir (no se puede hablar de la historia mientras muta, no se puede diagnosticar a un paciente que no para de correr por el consultorio) que hoy Pettinatti, estrella de radio, ofrece manos y se agarra de codos mientras los videoclubes que quedan en la ciudad se van apagando como si fueran los últimos soles del espacio muriendo de frío y las cintas de Cinemateca coleccionan humedad. (La canción, perdón la procrastinación, tiene una frase preciosa: "En mi mente y en mi auto / no podemos rebobinar; así de lejos llegamos.) Se leen menos diarios porque los portales se leen en los celulares. Si las radios de los autos y ómnibus tuvieran internet, ¿estarían muertas las estrellas de radio? ¿Y si todas las teles tuviesen Youtube? ¿Los programas de tele que suben hasta los Everest de los ratings siguen vivos por su poder para tocar nervios populares o porque son parte de una experiencia colectiva-colectivizable? ¿No hay nada de presión social, de rito grupal, de pulsión que no se saborea si no es compartida, que es común entre Showmatch y Game of Thrones? ¿Será tan diferente quedar afuera de las conversaciones en el trabajo al otro día de un programa de Intrusos que tener que esquivar spoilers a la mañana siguiente de un capítulo de The Walking Dead o no tener oportunidad de colar ni una palabra en una charla por no haber visto nunca True Detective para comparar la temporada uno con la dos?

Sense4. Lost cambió todo. Estoy casi seguro de que la primera vez que vi a una mujer linda hablar sobre viajes en el tiempo fue gracias a esa serie. Después vendrían los dragones y los zombis (tópicos que uno asociaba a su grupo de adolescentes con poco sexo y mucho tiempo libre encima que gastaban tardes y noches de sábado enteras jugando Dungeons & Dragons), y hasta llegaría Sherlock Holmes. Cuando las mujeres lindas hablan de magia, uno se tienta no sé si a entregar una medalla de oro a esta era pero por lo menos prometer la de plata. Lost también tuvo sus defectos enormes. JJ Abrams y Damon Lindeloff la hicieron mejor que los artistas: en vez de pretender que su discurso los ordene todos, se preocuparon de que el discurso siempre quedara abierto. No se podía sacar conclusiones sobre Lost porque cada capítulo -como la historia- no era una burbuja cerrada sino una ameba sin límites claros. Un después te explico que duró seis temporadas. Y a la vez se podían extraer cientos de teorías, alimentadas por la promesa de que cada una de esas preguntas que crecían como fractales se iban a cerrar, porque todo estaba pensado desde el principio. Y nos re cagaron. Ahí su genialidad, su brillantez. Mucho más que astucia comercial: crearon una serie sin género definido (la temporada uno es drama aventurero, la cinco es ciencia ficción, la seis es sobrenatural) que nubló la capacidad de predicción de los que conocen las reglas de los géneros. Con fallas y todo, Lost fue una revolución. Y la historia ya se encargó de que sepamos qué pasa cuando se intenta copiar una revolución en vez de crear una nueva.

Sense5. Si el adjetivo sobrevalorado no estuviera sobrevalorado, se la aplicaría a los hermanos Wachowski. Jupiter Ascending fue un intento fallido de hacer ciencia ficción para adolescentes de manera inteligente, y Cloud Atlas fue una ambición desinflada. Las Matrix dos y tres fueron un robo. Es como si el hype (el darles color) después del éxito de la uno hubiese ido perdiendo vuelo hasta rasar el suelo. Si Fincher, Soderbergh y Del Toro (Guillermo) hacen cine y se lanzaron a hacer series, ¿por qué no? Ahí aparece el primer gran problema de Sense8, la nueva apuesta de Netflix: para ser una serie de dos realizadores que tanto brillaron por la potencia visual de sus películas, es más bien vaga, poco arriesgada. Los grandes planos épicos son más bien esporádicos, y no hacen más que darle un aire de solemnidad a unos guiones que ofrecen muy poco a cambio. La historia es: hay ocho personas desperdigadas por el mundo que están conectadas por cierta telepatía que los une y los confunde. Una ejecutiva coreana ve una gallina que revolotea en su escritorio que en verdad se está escapando de un chofer keniata. Una DJ islandesa ve a un policía traumado de Chicago que está en otro continente. Uno come y otro puede saborear. Uno se falopea y otro viaja. Uno chupa y otro tiene resaca. Uno promete y otro traiciona. Algo así como "Lejana", ese cuento de Cortázar, pero por cuatro y sin ese componente dopplegänger que tanto le gustaba al padre de los cronopios y de otras cosas mejores.

Sense6. En Sense8 hay gente que quiere hacer algo con esos ocho raros, y otra gente que los quiere matar. Una premisa con poca sorpresa para el que conoce la ciencia ficción de telépatas, pero que intenta sorprender al mismo tiempo y dejar un discurso abierto y de interrogantes que se ramifican. Para que no queden dudas de dónde está la inspiración, aparece el actor que hace de Sayid en Lost. El tema es que no se puede hacer una revolución sobre otra. En general, a eso se le llama contrarrevolución. Y que un programa de tele se tome tan en serio parece algo viejo en tiempos en los que los habitantes de Westeros brillan por sus diálogos filosos e irónicos, los detectives posta ("true") desgarran las reglas del policial y tanto el cagador profesional de Frank Underwood como el hacker esquizo Elliot Anderson se sinceran mirando y hablándole a la cámara, descascarando la cuarta pared. En este contexto/era, Sense8 es insensatamente conservadora, tradicional, enferma de tomarse demasiado en serio. De eso murió también Constantine, una serie asexuada y solemne basada en uno de los mejores cómics de la historia, que protagonizaba un mago bisexual y sarcástico de tiempo completo: una prueba de alquimia, pero al revés.

Sense7. En Sense8 hay un actor gay en el clóset y una chica trans que se operó y se volvió lesbiana. Se dio vuelta el juego. Ganale a eso en diversidad. Si Lost era insoportablemente hetero (recuerdo que el único gay que aparecía era el veterano de los Others; vamos, ¿que mejor situación para probar cosas nuevas que estar atrapados en una isla?), Sense8 parece querer alcanzar de atrás a la nueva agenda de derechos, como si que una obra refleje lo que pasa en su tiempo no fuera una consecuencia sino una actitud, un esfuerzo, la aplicación de una ley de cuotas. No es (como siempre ha demostrado Doctor Who) una pincelada más en cuadros de personajes complejos sino un casillero: la primera vez que aparece la lesbo-trans está tijereteando con su novia, y el macho gay refracta los coqueteos de una colega actriz en una escena del primer capítulo. En el mes de la diversidad, yo la imagino como un gradiente de colores que van del blanco luz al negro más estremecedor. No me la figuro como una bandera de sólo siete colores. La diversidad es más que pintura fresca sobre un letrero que dice Montevideo: es la ficción transitoria de que existe un lugar del que nadie queda afuera.

Nonsense. Otra diversidad, la racial-étnica, fue uno de los grandes atractivos de Lost. En ese vuelo de Sidney a Los Angeles hay latinos, africanos, yanquis (muchos), australianos, ingleses y hasta un perro. Un accidente nada accidental (el azar y el destino, dos en uno) reúne a un conjunto de desconocidos que luego se vuelve grupo (como en Viven pero con palmeras en vez de nieve), y pronto se descubren conexiones que son más que coincidencias. El destino es multicultural, y conecta a seres de alrededor del globo como un anillo luminoso que rodea todo el planeta. We are the world / we are the children. En Sense8, en vez de ser un plan de algo superior lo que conecta a la gente, es una conexión mental capaz de hacer que un mujer india sienta efectos de drogas que nunca va a probar o que un yanqui conozca algo tan raro como la pobreza de verdad, la africana. Pero en Lost, aunque los acentos no necesariamente fueran los correctos, los latinos hablaban en español y los coreanos en coreano. Lo más sobrenatural de Sense8 es que los une el conocimiento del inglés. Todos hablan inglés. El africano pobre que se rebusca para comer parece haber aprobado el First. La coreana habla inglés. Los alemanes y los indios hablan inglés entre sí. El actor mexicano vive en el DF pero habla todo el día inglés. En la serie hay un hacker, una farmacéutica y un chorro especialista en abrir cajas fuertes, hay gays y heteros, hay estudiantes y ni-nís, pero no alcanza: Sense8 es una prueba de cómo en medio de una supuesta edad dorada se puede hacer una ficción diversa, multicultural y ajustada a la corrección política, y aún así lograr una ficción imperialista.


viernes, 10 de octubre de 2014

Militares, bebés, cylons y kriptonianos



Spoiler: lo que viene está lleno de spoilers.

El otro día estaba mirando Battlestar Galactica (BG). Wikipedia la define como "a military science fiction television series", que yo traducira como "una serie televisiva de ciencia ficción miliquera". Es de Ronald D Moore, un pibe que pasó de mandar un guión a Star Trek: The Next Generation (la del pelado Picard) a ser editor de guiones y cabecilla general de la última temporada, en 1994. BG es una remake de una serie de los 70: hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, hay una guerra milenaria entre humanos y androides (cylons). Los androides matan a la mayoría de los humanos de Caprica, el planeta central de la civilización, y después persiguen a los que siguen vivos y esparcidos por colonias, naves y asteroides por el espacio. No son exactamente nosotros: la religión es politeísta, las puteadas son otras (se usa el verbo frack en vez de fuck) y hay tradiciones distintas. Eso sí, las jerarquías militares son iguales. Ciencia ficción miliquera.

La guerra se complica cuando los cylons producen una serie de robots de apariencia humana, capaces de infiltrarse entre la gente y colocar bombas, sabotear comunicaciones, robar información y asesinar líderes. Cuando la flota de una nave -la Galactica- logra capturar a una cylon de aspecto humano, se produce una especie de milagro: ella da a luz a un bebé que concibió con un humano. La presidenta, en colaboración con los militares, le dice a los padres que el niño no sobrevivió. El plan es que otra mujer se haga cargo de la criatura (en todos los sentidos del término) para estudiarla y ver en qué evoluciona esa mezcla imposible de ADN humano y lo que sea que tengan los robots adentro del núcleo de lo que sea que tengan por células. El bebé de esta señora, que nació muerto, se lo entregaban a la pareja humana-cylon, y ella jura no hacer preguntas sobre el origen de su hijo nuevo.

La presidenta lo hace con más determinación que culpa. Es un mal necesario, más necesario que mal. No hay grandes dramatismos de banda sonora ni juicios morales. Es una guerra. Eso resonó con una palabra que las semanas anteriores había sonado por todas partes, junto con el número 111.

Expropiación. Así le llamamos a eso en estas latitudes.

Claro que la referencia que prefieren los yanquis es la Segunda Guerra Mundial, porque la ganaron. En la tercera temporada (SPOILERS) los cylons encuentran a los humanos y los esclavizan, encierran a los disidentes en campos de concentración y controlan a todos con ayuda de humanos colaboracionistas, onda judenrat. Pero la obra está en el aire, y el clima de paranoia, la idea de que "ellos están entre nosotros", las bombas y otros detalles (los robots están divididos: los hay más radicales y más moderados, más y menos dispuestos a matar humanos, más diplomáticos y más armados), leídas desde cuentas de Netflix del Cono Sur, no pueden no resonar con cosas que empezaron a pasar acá cuando salió la serie original y que terminaron en la época que se me ocurrió nacer.

Esa escena expropiadora nunca podría salir de cabezas latinoamericanas. Probablemente tampoco BG. Es posible que la ficción estadounidense hable tanto de regímenes autoritarios miliqueros porque nunca los vivió, y es muuuy difícil identificarse en estas latitudes con un militar que mete la mano para revolver a los civiles. En el relato latinoamericano -bah, de los latinoamericanos que piensan más o menos como yo, que leen más o menos las mismas cosas que yo y van a los bares que más o menos voy a verse con gente más o menos como ellos, y que en algunas madrugadas de delirio creemos que equivalemos al todo- no hay otro final feliz que recuperar al hijo, que conozca a sus padres verdaderos y que se juzgue a los expropiadores. Voy por el comienzo de la temporada 3 y eso no pasó. No creo que pase (prohibido spoilear; haz lo que yo digo).

Hace poco un joven crítico de cine uruguayo (si Gabriel Sosa esquiva el nombre en sus notas, ¿por qué lo escribiría yo?) tiró en una cena de panqueques y vino una lectura interesante de The Leftovers, esa serie que no me atrevo a mirar a causa del "de los creadores de Lost" y a pesar de Christopher Eccleston. Los yanquis nunca lidiaron con la ausencia, con la desaparición, con no tener un cuerpo que enterrar; tan así que tienen que imaginar motivos sobrenaturales para poner esas ideas en juego.

Hace un tiempo me enfrasqué en una discusión triple -probablemente también regada de vino- sobre una respuesta del Trivia. ¿Cuál es el verdadero nombre de Superman?, era la pregunta, y la respuesta, Clark Kent. Alguien salió a refutar con el monólogo final de Bill en Kill ídem: la verdadera identidad es Superman, y Clark Kent es la máscara que adoptó para camuflarse entre los humanos de Metropolis. Clark Kent es como nos ve. Yo me metí a bardear: ninguna de las dos respuestas es correcta, con el perdón de Quentin.

La respuesta correcta es Kal El, el nombre que le dieron sus padres antes de depositarlo en esa cuna intergaláctica que lo alejó de Kriptón instantes antes de que el planeta explotara. Está claro que los Kent son salvadores, acogedores, y no expropiadores: adoptaron al niño que levantaba tractores de futuros menos marcados por la bonhomía (de bon homme, no de Bonomi). Podría haber sido peor, y hay cómics como Speeding Bullets (dibujado por Eduardo Barreto, uruguayo) y The Nail que lo prueban. (Ambos son historias de mundos paralelos. En el primero, la nave cae en Gotham City y lo adopta la pareja Wayne. Cuando los matan a la salida del cine, Bruce se convierte en un vigilante urbano superpoderoso. En el segundo, Kal cae en una comunidad amish que lo oculta del exterior, y el mundo se convierte en un lugar horrible bajo la influencia de Lex Luthor).

Pero la identidad es la identidad, y no hay que olvidar que según algunas versiones de la tragedia de Kriptón, la culpa de que el planeta explotara es de los militares que gobernaban el planeta -en algunos relatos hasta con golpe de Estado y ejecuciones de por medio- y no le dieron pelota a las advertencias de los científicos. El Último Hijo de Kriptón es huérfano por culpa de los uniformados. Ciencia ficción miliquera. Así que cuando alguien pregunta cuál es el verdadero nombre de Superman, alguien como yo, que lee más o menos lo que leo yo y que vota más o menos lo que voto yo, debería responder, sin dudar, Kal El.