sábado, 23 de julio de 2016

Teoría conspirativa #482


Los faroles del alumbrado público, cuando titilan, están intentando comunicarse con nosotros, los humanos. En código Morse nos plantean preguntas, nos hacen reclamos, piden ayuda. El cableado de la ciudad les facilita la organización de asambleas a distancia. En general, logran consensos, pero siempre hay alguno que titila a ritmo unipersonal y el típico carnero que nunca se apaga.

Debe haber poca cosa más deprimente que el mundo esté convencido de que tus mensajes desesperados son sólo desperfectos eléctricos.

Eso convierte a los técnicos de mantenimiento de la intendencia en censores y a todos nosotros en malas personas, por omisión de asistencia. Sin saberlo, pero no es atenuante.

lunes, 28 de marzo de 2016

Taxibar


Que viva Satán y que viva el amor
("Taxibar",
de Comunismo Internacional).


Estar borracho y enojado. Cuando se juntan esos dos vicios, el cuerpo quema el etanol de una forma particular. Se sube hasta el cráneo y hace latir alguna de esas venas que serpentean contra el cerebro, que bombean un dolor intermitente en la sien, un anuncio líquido de una futura resaca. La piel suda para adentro y para afuera.

 Si bebe, no se enoje. Lo que mata es la mezcla.

Estar borracho y enfrentar una rambla. Irse de golpe de un lugar para escapar de algo que no sabés manejar.

Nunca aprendí a manejar.

***

Fd. versus el transporte.
Episodio I.

No tengo recuerdos de la moto sana. Siempre estaba mal. Creo que era plateada o roja. Me inclino a pensar que mis padres la compraron en Motociclo. No bastaba con patear la palanca del costado con violencia: había que empujarla para que arrancara. Unos metros, media cuadra. Una infidelidad a la ventaja de la moto sobre la bicicleta: que nadie tenga que hacer esfuerzo para transportarse. El auto tampoco arrancaba fácil. Había que prender el motor y dejar que se calentara, una operación que mi mente niña imaginaba como la muerte de un témpano. Era muy temprano y las temperaturas eran tan bajas que el pasto se volvía crujiente de escarcha. A veces también había que empujar el auto, con las manos enguantadas, con dedos como estalactitas. (Años después un médico explicaría mi friolencia y mi habilidad para acalambrarme bajo una misma causa: una circulación trancada, mala, embotellada. Esta bufanda en diciembre no es sólo una cuestión de actitud.) Seguro que la postal de dos niños empujando un auto con su padre adentro a la hora en la que el sol duda en salir era un simbolismo, una prefiguración de algo.

La escena. Yo era algo entre infante y adolescente. Había que ir con madre a hacer algo. Obvio que voy atrás en la moto. Sentarse en la cola de la avispa bañada de cromo y no saber de dónde agarrarte. Optar por los caños metálicos que salen del costado del asiento hacia atrás, para apoyar cosas. Escuchar la voz aguda que el casco amortigua.

-Agarrate de mí, que si no es un peligro.

Rodear a tu madre con asquito edípico. Arrancar por la calle Orleans hacia el sur, hacia los pinos, hacia Arocena con veredas con huellas de zapatos caros y restaurantes llenos de mesas con familias.

La escena dos. Fue después, o capaz antes. Había que ir con padre a hacer algo. Obvio que voy en la cola de la avispa. Saber de dónde agarrarse por experiencia previa. Rodear la cintura de padre. Escuchar la voz grave sin casco.

-¿Por qué mejor no te agarrás de los fierros?

Arrancar.

***

La caminata es larga porque quiero que duela. La playa es un par de metros de arena pegajosa. Se la tragaron unas olas erráticas como borrachos enojados. La luna se ve a medias. y si me apuran diría, sólo por reflejo pesimista, que está decreciente.

Por la rambla viene una pareja de turistas. Están en silencio, pero me doy cuenta de que son extranjeros por el acento que tienen sus ropas.

La rambla Wilson nace o muere ahí. Hay un casino que brilla como la frente de un parodista. Autos caros y no tanto les abren las puertas a ludópatas que creen que hay fortunas adentro de los slots esperando a que las rescaten. En frente, una aduana de conductores de ómnibus con sus milanesas a cualquier hora, sus hornillos de garrafa azul, sus charlas cargadas de quilos y quilos de tetas y culos.

Me sirve pensar que los dos se buscan sus propias fuentes de infelicidad, tanto apostadores como apostados al carrito de chorizos que brilla en el medio de una nube de grasa de vaca en estado gaseoso. Yo no podría ser ludópata ni ser conductor de ómnibus. Mal yo. Nunca aprendí a manejar -ni a viajar en el asiento del acompañante sin nervios- y no puedo encontrar satisfacción en la adrenalina de perder o ganar plata. Creo que la autodestrucción tiene que tener pocos mediadores. Directo a la sangre, al cerebro, al hígado, a la dignidad.

***

Fd. versus el transporte.
Episodio II.

Estamos yendo por la interbalnearia a uno de esos lugares que no me interesa saber nombrar. Estamos yendo a trabajar, esa palabra. La profesión es la carpintería. Es lo que sabe hacer mi viejo y el viejo de mi viejo, nudos en un ropero de roble genealógico que retrocede por la tierra hasta inmigrantes de Brasil que vieron cómo una aduana les tradujo el apellido que habían traído de algún lugar de Portugal, donde nació entre bancos católicos. Y yo no. ¿Por qué yo no sé? No sé.

Soy la rama del árbol que la motosierra mordió.

Cruzamos unos semáforos complicados con un puente arriba. Y ahí la veo. La perra negra -y creo que vieja- está cruzando la calle gimiendo, desorientada.

-Se ve que lo chocaron -dice padre, y ahí me doy cuenta de que me inventé que era hembra.

Nuestro auto se entrefrena para que pase, confundida. Pero el semáforo se puso a ser verde y en el otro carril, el que vuelve a Montevideo, las ruedas no saben parar y yo no veo nada porque el auto sigue pero escucho el crujido mojado.

Y en mi estómago está todo mal, aunque padre y hermano siguen como si nada, y hay que pisar el freno en el pedregullo porque tengo que abrir la puerta y, sin levantarme del asiento, hacer todo lo que significa vomitar menos la parte de devolver comida.

Algunas ruedas paran y otras no. Ningún conductor va a contar que vio un accidente.

El ruido sigue sonando hoy, decenas de peajes después, cada vez que veo un perro cruzar la calle. Aunque no haya autos, y a veces aunque no haya perro.

Las herramientas pesan en la valija de atrás.

***

Voy en un 109 por la parte más desagradable de 8 de Octubre. Entre los quejidos de metal destartalado del ómnibus aparece de golpe otro ruido de vidrio que estalla, a menos de 30 centímetros de mi cabeza con sueño. La ventanilla se convirtió en un millón de astillas transparentes, brillantes y peligrosas que nos bañan y que tintinean contra el plástico berreta de los asientos. No se si habría cerrado los ojos a tiempo, porque ya los tenía cerrados. En un milisegundo el conductor duda, pero decide seguir de largo. Apaga la radio y se le nota el miedo. Miro por el agujero de lo que antes fue ventana y veo a los dos guachos correr. Tienen remeras y gorritos de un cuadro, pero no veo los colores porque los faroles de la vereda están enfermos. No sé nada de fútbol, pero en ese momento recuerdo que era día de partido.

Hasta hoy me pregunto si eran del cuadro que perdió o del que ganó.

Otro ómnibus de otro año pero de esa misma época. La piba me mira cuando no la miro. Yo la miro cuando no me mira. Los dos nos damos cuenta de que el otro se dio cuenta. Tiene la piel muy blanca, interrumpida por unas pecas espolvoreadas y por dos ojazos verdes como el agua contaminada. Es una seducción tropezada, pero también es lo mejor que podemos hacer en un 109 que tiembla como con parkinson mientras suben viejas rapiñeras de asientos, guitarristas que machacan los oídos con canciones de Diego Torres y vendedores ambulantes que ofrecen cosas que ellos jamás comprarían. Seguro que tenemos horarios parecidos, porque nos cruzamos muchísimas veces a bordo. A la vuelta, ella sube después que yo y se queda cuando me bajo. Pienso que capaz me estoy imaginando, pero al viaje número 15 estoy casi en condiciones de descartar la hipótesis. El flirteo telepático a veces viene con sonrisitas vergonzosas, contacto ocular que dura demasiado tiempo o miradas de despedida cuando alguien se baja. Creo que hay algo de disfrute en esa tensión de lo casi dicho pero no dicho, de un grado de interés que nunca rconoceríamos en voz alta. O capaz somos simplemente cagones.

Un día voy a una clínica a hacerme una placa. Me obligan a que me quede quieto un montón de minutos mientras me bombardean con rayos X. Me visto y voy a la recepción a que me den el sobre. La recepcionista era ella. Nos miramos con complicidad predecible durante demasiado rato, que en definitiva es una nada.

Entonces vuelvo a casa y ella me agrega al Facebook. Me dice cosas que ya sé: te vi en el 109. etcétera. El etcétera acá está mal usado. Corresponde cuando hay varios elementos que trazan una línea, un lineamiento capaz de seguir. Acá no hay líneas, salvo la de CUTCSA.

Hablamos por Facebook y nada es tan mágico como en el 109. La mística tiene eso de efímero, irrepetible, como un perro o un delfín que hace un truco complicado cuando estamos solos pero se queda quieto cuando hay testigos. Los testigos lo arruinan todo. Chateamos. Intercambiamos cosas sin valor. Nos vemos de casualidad un par de veces. Nunca pasó nada. Una nada.

Ella conoció mis huesos del lado de adentro. Yo apenas miré sus ojos de color agua con cianobacterias.

La asimetría está a la vista y le paso la lengua.

***

Fd. versus el transporte.
Episodio III.

La ansiedad se acumula en el embriague, uno de los misterios de este mundo. El motor sufre en voz alta y no sé cómo manejarlo. Lo seco o lo ahogo. No nos estamos poniendo de acuerdo.

Es domingo y la familia puebla el auto, contenta ante el plan de ver al hermano mayor aprendiendo a manejar. La parte del volante es fácil. Los pedales no. Los cambios tampoco. Voy en segunda pero siento que soy un bólido que atraviesa las calles de un barrio desértico y jubilado, sin potenciales atropellados a la vista. De pronto, un pozo en la calle o en mi talento desestabilizan el auto. La parte del volante no es tan fácil cuando también hay que atender la parte de los pedales y los cambios. La esquina se acerca de frente. Cuál era el freno. No se puede pisar así nomás. Hay que embriagar primero. El motor ruge. Padre grita frená. No me acuerdo de cómo frenar. Piso el pedal que no era.

Casi todos tienen el cinturón puesto, así que el golpe es inofensivo. Físicamente.

-Dejá que manejo yo -dice alguien más adulto, y cuando bajo veo a la víctima: una bolsa enorme, negra y estirada que se desgarró y dejó salir sus entrañas. Pasto cortado. Hierba podrida. Hojas secas. Enredaderas que ya no enredan.

El auto sigue con el motor prendido, pero hay algo que se apagó.

***

Que se te haga larga la caminata. Estar casi llegando, a 1107 metros de tu casa y decir que ya está. Ver pasar un taxi y estirar una mano desganada como una planta marchita y sin estilo. Toser la dirección dos o tres veces para que atraviese la mampara.

-¿Entrás a las 6, maestro?

Dudo los tres segundos que tardan esas dos neuronas en estirarse, encontrarse, entenderse. No puedo culpar al taxista por malentender: tengo mochila y la ebriedad podría hacerse pasar por somnolencia, así que me confundió con un trabajador de la madrugada. Un compañero de la lucha y la nocturnidad. Sigo el tren, más por carencia de energías para desmentir que por diversión.

-Sí. Estoy medio tarde.

Son once cuadras de silencio, de complicidad de aliados en la noche de una selva de mal humor, focos sin ganas de alumbrar y bramidos de nafta grave. Voy sin hablar, pero voy mintiendo durante once cuadras, porque no voy desmintiendo. Lo hago parar en la esquina y dejo una propina más culpable que generosa en la latita que media entre su mundo y el mío. Las operadoras conversan en clave militar desde la radio cargada de estática; podrían ser diez, dos o mil y nunca me daría cuenta, porque todas tienen voz de operadora. Espero que sea una sola que se hace pasar por varias. Estaría bueno no ser el único que simula en esta madrugada.

La caminata de la culpa se extiende por unos 20 pasos de no mirar para atrás, para evitar la desilusión en la cara del taxista cuando descubra que saco las llaves y abro el pasillo de una casa que no es ni una empresa ni una fábrica. Hay un auto vacío estacionado. La vergüenza ya consumió al enojo y al alcohol, y me descubro incómodamente sobrio, mirando un retrovisor para tratar de encontrar algo.

Advertencia: las cosas que se ven en el espejo están más cerca de lo que parecen.

sábado, 16 de enero de 2016

Japón está tan lejos


Mirar animé es acercarse no sólo a otro idioma, sino a otro lenguaje. Es difícil decir bien qué es. Delimitarlo como toda la animación que se produce en Japón nos empuja a una trampa: es un criterio que ubica cosas en coordenadas geográficas pero no dice nada sobre ellas. Diría mi abogado: "República Oriental del Uruguay" son instrucciones para llegar a este país, pero "Estados Unidos de Norteamérica" contiene, además, algo de información descriptiva.

Un género es lo contrario: un conjunto por comprensión, una lista de características que pueden estar en mayor o menor medida pero que ayudan a ubicar qué es heavy metal, qué es ciencia ficción, qué es una autobiografía, ante la presencia de doble bombo, androides y una primera persona que identifica al autor con el personaje, respectivamente. Es cierto que hay subgéneros, híbridos, fronteras difusas, límites contestados, pero la intuición del consumidor de cultura está lo suficientemente contaminada para que el redactor de una revista del cable y un suscriptor puedan estar de acuerdo sobre definiciones útiles como el terror, el porno o el thriller. El tema es que bajo esta definición el animé tampoco es un género, porque puede haber animé de terror, animé porno o animé thriller.

Creo que el animé es más bien un estilo, una forma de contar, un montón de rasgos visuales. Ojos grandes, reacciones emocionales neuróticas, flashbacks difuminados, secuencias de acción con cámaras hiperactivas, pelos sobrenaturalmente lacios, diálogos pausados. Es animación que se produce en Japón pero también en Corea, en Estados Unidos (como Voltron o Avatar: The Last Airbender) y hasta se hizo en Uruguay. Y adentro de esa bolsa entran muchísimos géneros, con una obsesión por subdividir digna de trotskistas.

Para ese imaginario difuso que cuando nos conviene llamamos "la gente", animé equivale a shonen, o sea, el que apunta a edades escolares y liceales, en general con protagonistas de ese mismo estrato, con un trasfondo de peleas y aventuras, y un elemento no realista. Pero también está el shojo (para nenas, como Sailor Moon), el hentai (porno), y hay subgéneros de homoerotismo para adolescentes, de colegialas con inquietudes lésbicas, de niños que capturan bichitos y hasta un término para comando de jóvenes que pelean con monstruos gigantes con robots que en algún momento se unen en un robot más grande. 

El hentai siempre me pareció 0% excitante y el shonen, con excepción de Caballeros del Zodíaco, siempre me resultó aburrido; nunca me colgué con Dragon Ball ni con Naruto, ni siquiera cuando era un posadolescente que le entraba a cualquier aberración de la tevé abierta que tuviera peleas y rayos. Pero en estos años de algo parecido a la adultez me crucé con algunas series muy buenas (también películas: La tumba de las luciérnagas, Paprika, todo Miyazaki), que paso a recomendar sin orden particular, con la excusa de que estamos empezando un año o porque sí.


Deathnote (2006)

Creo que es el primer animé ever que me arrancó un "mirá qué bien". Hay unos ángeles de la muerte, los shinigami (sacados de la mitología japonesa, así como Pikachu es una reformulación del raiju, un demonio del trueno), que pasan todo el día en un limbo aburrido, como empleados municipales del más allá. A uno de ellos se le ocurre tirar a la Tierra, donde caiga, un deathnote: un cuaderno de tapas negras ("había un aire de cosas muertas", canta Cabrera en ese tema. ¿Coincidencia? Sí, pero qué coincidencia) que permite al portador matar a cualquier persona con sólo escribir su nombre y pensar en su cara. La cuadernola Papiros de la muerte le llega a Yagami Light, un estudiante meticuloso y resentido con el mundo, que decide usarlo para matar criminales que aparecen en las noticias.

Yagami mata a todos los que puede, todo el tiempo, con disciplina y secreto. Y el statu quo se va al carajo. A lo largo del planeta se crean cultos a esa figura misteriosa que limpia las ciudades de esta inseguridad que lamentablemente estamos viviendo. Ignorando si se trata de un grupo de asesinos o uno solo, la prensa lo apoda Kira, lo más parecido a killer que puede pronunciar el japonés promedio. Los delincuentes se vuelven más paranoicos (el deathnote cumple la función de panóptico mundial) y la Policía investiga con esfuerzo y fracaso a este vecino indignado capaz de hacer linchamientos a distancia.

Todo esto pasa en los primeros dos capítulos. Lo que viene después es una serie de intrigas, planes y contraplanes rebuscados, estrategias y jugadas complejísimas entre Yagami/Kira y L, un joven excéntrico y descalzo con el título del mejor detective del planeta y con un nombre estrictamente confidencial, para que Kira no lo mate. Con una dinámica Sherlock-Moriarty, los dos protagonistas de Deathnote se sacan chispas y atraviesan varios giros de la trama, algunos verdaderamente arriesgados. Son dos personajes llenos de capas de profundidad y dilemas éticos de la historia que resuenan con discusiones de estas épocas: cuánto de libertad individual estamos dispuestos a ofrendar a cambio de seguridad, quién manufactura la vara para medir y diferenciar a los ciudadanos de bien y los otros, qué valor tienen algunas vidas según su moral personal. La densidad de los razonamientos exige mucha atención. No es una serie para mirar haciendo otra cosa.


Neon Genesis Evangelion (1995)

Esta serie es lo que alguien que no ve animé piensa que es todo el animé. Al menos al principio. Hay unos bichos gigantes llamados ángeles que aparecen cada tanto de la nada y rompen todo, y hay humanos que los combaten en mechas -robots gigantes tripulados-, que es también el nombre del subgénero. Los primeros capítulos podrían ser el comienzo de cualquier animé para adolescentes: un protagonista joven, golpeado por la vida pero persistente se une al escuadrón de cazadores de ángeles y a través de su mirada vamos conociendo un futuro apenas distópico, en el que el miedo a la muerte y destrucción urbana no paralizan a la humanidad sino que más bien operan con el sigilo de los desastres naturales en algunos países de nuestro mundo. Si la historia suena mucho a la película Pacific Rim es porque Guillermo del Toro robó de este animé a mano armada con pistola láser.

Evangelion está basado en táctica narrativa que podría ser producto de un cálculo experimental o no. Como en la saga de Harry Potter, el principio tiene un tono 100% infantil (que en el caso del animé incluye un exceso de comic reliefs, una histeria emocional mucho mayor, líneas argumentales que excavan muy poco y una tendencia a que cada capítulo sea una cápsula más que una parte del algo). Pero a medida que avanzan los capítulos la serie madura, se complejiza, extiende seudópodos hacia todos lados, se entrevera, agrega violencia, sexualidad y tragedia. Pero si en las novelas de Rowling eso es un avance escalonado y en siete entregas, acá es una gráfica en línea recta, o una parábola que llega hasta el carajo al final, cuando todo se disuelve en los últimos capítulos, una locura experimental y esquizo que se desarrolla en la cabeza del personaje, que parece hecha por realizadores que toman ácido en ayuno hace meses y que recuerda a la parte demente de 2001: Odisea del espacio. Por suerte, los creadores sacaron una película que retoma y da fin a la historia desde un punto más tradicional y que cuenta qué carajo pasa. Todos contentos.



Fullmetal Alchemist: Brotherhood (2009)

La ambientación es steampunk, ese subgénero de la ciencia ficción que pregunta qué pasaría si en un momento histórico determinado hubiese algunos elementos de la tecnología (sólo algunos) más avanzados que el resto, insertos en un desarrollo científico muy anterior. Historias medievales con máquinas a vapor (de ahí viene el nombre), aventuras de la colonia con submarinos, indígenas con celular. En Full Metal Alchemist todo parece victoriano pero hay teléfono, radios a transistores, autos eléctricos y prótesis mecánicas para los desgraciados que perdieron miembros. En este mundo, la alquimia ocupa el lugar que la ciencia en el nuestro, como si las leyes de Newton hubiesen dado paso a los delirios de Nicholas Flamel. Pero no es magia sino alquimia, y hay reglas que cumplir; la más importante, que se repite en toda la serie en sentido literal y metafórico, es que la materia no se crea ni se destruye. Un alquimista de primero de liceo ya puede convertir agua en vino, pero no puede tomarlo por las normas legales ni crearlo de la nada por las normas del universo.

Edward y Alphonse Elric son dos adolescentes con un padre ausente, que ven morir a su madre en un incendio y deciden usar la alquimia para revivirla, un desafío que los alquimistas experimentados llaman tabú y que está prohibido. El intento de resurrección se complica: Edward pierde un brazo y una pierna, y Alphonse se queda sin su cuerpo, por lo que tienen que fijar su alma en una armadura vacía para que deje de flotar por ahí. Deciden convertirse en alquimistas profesionales (que en ese mundo también cobran funciones de policías) y Edward se especializa en convertir cosas en metal, así como otros alquimistas aprenden a manejar el fuego, el hielo o las habilidades curativas (porque la alquimia también desplazó a la medicina).

Como telón hay una conspiración que involucra a personas del gobierno, como siempre, y a siete villanos que encarnan cada uno de los pecados capitales y que resultan terroríficos porque son demasiado humanos, aunque no sean humanos. Hay muchos otros juegos con la tradición judeocristiana, siempre distanciados: en uno de los primeros capítulos, los hermanos se encargan de desenmascarar a un sacerdote que generó un culto en base a supuestos milagros, que en el fondo son resultados de la alquimia. Pero pronto pasan cosas que rompen las reglas fundamentales, y hasta aparece un lugar misterioso y espiritual, de paredes blancas y con una puerta enorme, al que se llega por medio de meditación y rituales especiales, donde hay un ser etéreo rarísimo (un contorno negro de la figura de una persona con una sonrisa omnipresente como la del gato de Chesire), así que al fin y al cabo todo pasa a ser en el fondo una cuestión de fe. Un poco como la ciencia, porque nadie nunca vio un átomo.

Hay dos animés basados en el mismo manga: éste es una adaptación textual que se hizo cuando los libros habían terminado y el otro, llamado igual pero sin el Brotherhood, se fue emitiendo mientras salían los libros y en un momento los alcanzó, por lo que los guionistas bifurcaron la historia e inventaron la segunda mitad, algo parecido a lo que va a pasar con Game of Thrones por culpa del perezoso y macabro George R R Martin.


Monster (2004)

(Éste es mi favorito. No lo pongo al final porque, ya dije, c'est ne pas un ranking).

Los samurai tienen esa idea de que si uno le salva la vida a una persona, se vuelve responsable de todo el daño que haga después. Kenzō Tenma es un cirujano japonés que trabaja en un hospital alemán y que tuvo la mala suerte de operar y salvar a un niño que cae a la emergencia con una bala en la cabeza y que después resulta ser algo así como el próximo Hitler o el Anticristo. Los 74 capítulos de este animé -el único de la lista que no tiene elementos sobrenaturales ni de ciencia ficción- son una larguísima road movie de Tenma, que decide buscar al nene que salvó, ya convertido en un joven psicópata, para matarlo y remediar su cagada hipocrática.

El viaje está lleno de personajes adorables y detestables a la vez, y de subtramas que crecen hacia los costados como raíces. La fractura de Alemania al medio es un tema recurrente, en especial cuando aparecen conflictos de espionaje, pero es sólo un trauma más en una serie que gira en torno a un humano que llega a escarbar en la crueldad con hambre y que se convierte en un führer en las sombras, una incógnita que mueve hilos conspirativos que se parecen a alambres de púas. Todo está mal en Monster, un drama con muy poco humor. Hay pequeñas redenciones, pero la belleza es descubrir cómo todo se puede poner peor. Johan, el psicópata, es uno de los mejores villanos que conozco, pero hay poco que se pueda decir sin vomitarle spoilers a los pobres lectores.


Cowboy Bebop (1998)

El western es un género muy fácil de llevar a la ciencia ficción espacial. En el espacio hay mucho espacio, como en el desierto, y a las autoridades les quedan agujeros a los que no llegan las leyes, caldo de cultivo para contrabandistas, cazarrecompensas, gángsters, outlaws. Cowboy Bebop mezcla ambos géneros, como la gran serie estadounidense Firefly (del maestro Joss Whedon, crador de Buffy, la cazavampiros).

El protagonista, Spike (nada que ver con el vampiro), es un antihéroe típico, un Han Solo animado que trabaja de cazarrecompensas -un cowboy- y que tiene un pasado complicado. Los otros personajes, que se van sumando de a poco, también tienen cosas que ocultar.

La serie entera es una carta de amor a la música anglo. Cada capítulo lleva el nombre de una canción en inglés o un género que surgió en Estados Unidos ("Jupiter Jazz", "Honky Tonk Women"), que se relaciona de uno u otro modo con el argumento. Muchos episodios tienen incluso frases de canciones insertadas en los diálogos o guiños a las letras, como un momento en el que uno de los personajes se droga y alucina con una escalera que sube hasta el cielo. Bastante más girado hacia la comedia y algo menos complejo que el resto de los animé de esta lista, Cowboy Bebop puede generar una enorme empatía por estos pobres diablos ("Simpathy for the Devil" es el título de uno de los mejores capítulos). Parece haber sido creada con los dos ojos puestos en conquistar a los occidentales tomando los rasgos de nuestro lenguaje visual. Y entre ellos se coló una banda sonora preciosa, lejos del techno industrial o la épica sinfónica que escuchamos en la mayoría de los animé. Si éste fue planificado como carnada, bueno: a veces hay que morder.

Sayonara.

martes, 12 de enero de 2016

Tres (3) lágrimas para Bowie


"No soy una estrella porno
no soy una estrella errante
soy una estrella negra" dijo, y se nos apagó.

Bowie sabía que la cuenta regresiva del cáncer se estaba acercando a cero. Ahora, con el diario del martes, parece obvio que un tipo que hizo de su vida una obra de arte no iba a desaprovechar su muerte, esa materia prima inagotable. ★ (Blackstar) es eso: la piel que deja el camaleón antes de volverse color nada, una marcha (así le decíamos a la música electrónica en los noventa los que no sabíamos nada de música electrónica) fúnebre a sí mismo de siete tracks, una profecía a corto plazo. Una última guiñada con sus ojos de pupilas asimétricas. Una corona doble: floral y de duque.

"Mirá acá arriba, hombre
estoy en peligro, no tengo nada que perder
estoy tan alto que mi cerebro es un remolino
dejé caer el celular hasta allá abajo
¿no suena a algo que haría yo?", adelanta David Robert en "Lazarus".

Levantate y andá, Bowie. Levantate y andá.

Ayer estaba en Piriápolis, trabajando y juntando en mi cráneo energía solar que se traduciría en una insolación satánica. Pocas veces sentí que el sol era tan negro. La falta de celular -yo también lo dejé caer- hizo que me enterara de la noticia en medio de un almuerzo con cosas que elegí no comer. Una gurisa lo comentó al pasar y pensé que era joda hasta que me mostró Wikipedia. La odié un buen rato. Los mensajeros están para eso.

Después se me filtraron tres lágrimas. Las conté. Hubiese sido más poético homenajear a "Five Years", pero mis glándulas lagrimales no saben nada de gestos simbólicos. Legué a casa muy parecido a muerto y me puse a escuchar el último-último disco de Bowie, algo que estaba postergando hasta no encontrarlo en alta calidad. Lo escuché en un video de Youtube con sonido horrible. Y era de alta calidad.

El tema que cierra el disco dice que él sabe que hay algo que está mal y que hay diseños con calaveras en sus zapatos. Se titula "I Can't Give Everything Away". No puedo entregarlo todo.

Es mentira.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Prefiero a los piojos que a Los Piojos


I.
Mis vecinos escuchan a Los Piojos. No hablo de una escucha recreativa: es consumo problemático. Creo que escuchan a Los Piojos todos los días. Están tan pasados que les llamo Los-vecinos-que-escuchan-a-Los-Piojos. Posiblemente sea un detalle menor, pero es uno de esos que me obligan a poner una barrera prejuiciosa y casi biológica ante algunas personas, como si uno de los dos fuera mineral y el otro vegetal. Puedo entender a alguien que baila cumbia (aunque yo no baile, o baile para adentro), pero no a la gente que usa una remera con una chala, o a la que se alista en el Ejército voluntariamente, o a la que escucha a Los Piojos. Los sábados hacen asados eternos y merqueros en su azotea, que por una desgracia arquitectónica apunta a la ventana de mi cuarto, como un anfiteatro pero con olor a vaca muerta a las brasas. Y música de Los Piojos. A veces duran hasta la noche. Algunos días se ve que se levantan experimentales y ponen un par de temas de la Bersuit, pero no más de dos. Se ríen con complicidad con "devolvé la bolsa" o ponen pausa para cantar alguna canción futbolera. Pero siempre vuelven a Los Piojos, como esos fantasmas que se pueden apartar un poco pero no mucho de lo que estaban haciendo antes de morirse.

II.
Yo era chico y ella era rara. Le dediqué un amor platónico que se parecía bastante al aburrimiento. Era rubia y su hermano era pardo, y siempre preguntábamos cuál de los dos era adoptado. Cortamos el chiste el día que murió su padre. Esa tarde ella fue al liceo igual. La mía fue una adolescencia con más muerte que sexo, drogas o rock. Con esta gurisa una vez nos prestamos discos. Ella me dio "el mejor de Los Piojos". Yo estaba colgado con el Unplugged de Nirvana y me pareció que lo mejor de Los Piojos era de lo peor. En esas épocas jodíamos con cantar "oh, oh, Han Solo" en el estribillo de "Tan solo". Yo le di el Otra Navidad en las trincheras. Nunca hicimos la parte de devolver, que es lo que define un préstamo y lo diferencia de un regalo o un robo. Tardé poco en darme cuenta de cómo me cagó. Con lo de los discos, digo.

III.
Escucho "uoh bamba uoh bamba uoh bamba" y no puedo evitar el flashback. Los 90 eran tan raros que fue el tema del verano del 96: mi familia durmiendo apretada en la camioneta blanca y enorme de mi tío chanta, vacaciones baratas en Aguas Dulces, playas con barro abajo de las olas, mi hermana pisando un erizo de mar, mi hermano sangrando por un anzuelo que le atravesó la parte más blanda de la mano como carnada. Abro una ventana de incógnito de Chrome para que la búsqueda no me contamine el historial, y descubro que la canción se llama "El farolito" y que tiene estrofas y estrofas de letra que nunca conocí, a pesar de que la canción tomó todas las radios y los balnearios como un virus, antes de el adjetivo viral se volviera viral. Me doy cuenta de que siempre canté "un favorcito de ilusión" donde dice farolito, como los giles que más o menos en la misma época cantaban "yo no soy tu prisionero y no tengo alma de dolor", cuando es obvio que dice de robot. Termina la canción de Los Piojos y Youtube me lleva a otra, y otra, y otra, y no encuentro nada, ni letra ni música, que me resulte mínimamente dulce, salvo la frase "tengo los ojos de Darín". Creo que también me molesta que el logo-bichito no sea un piojo. Cierro y me dedico a hacer nada durante un rato, pero cuando estoy lavando platos que ya se habían vuelto inquilinos de mi cuarto me descubro tarareando "dame un poquito de tu amor / que no viene mal". Miro la espuma y la espuma me devuelve la mirada.

IV.
Con Juan Peirano tenemos un chiste: "Prefiero a los piojos que a Los Piojos". También se aplica a Los Buitres. No sé cuál de los dos fue el de la idea, pero tampoco me quita el sueño. Nada me quita el sueño. A veces la gente roba chistes y a veces uno roba chistes sin darse cuenta. Me voy a empezar a preocupar el día en que los chistes aporten en AGADU.

V.
Llego a casa. Es una madrugada levemente ebria y de emociones pasadas por licuadora. Antes de apuñalar la reja con la llave ya escucho el bardo que hay en la azotea-anfiteatro. Pero esta vez Los-vecinos-que-escuchan-a-Los-Piojos fueron un poco más lejos: instalaron un proyector que escupe imágenes de un DVD de Los Piojos sobre MI PARED, la del entrepiso de casa. Parece joda. Ahora ya no sólo son los que escuchan a Los Piojos sino que los consumen en formato audiovisual. No me sorprendería que picaran chiquito los librillos de los discos y también se los metieran por la nariz. Es demasiado tarde y los temas pasan como un par de noches atrás en la lista de Youtube. Yo no quiero dormir pero me molesta que otra gente decida lo que tengo que oír. Suena el tema "Como Alí" y yo tengo el enojo de Darín. Suena "El farolito" y pienso que una chumbera no me viene mal. Suena "Desde lejos no se ve". 

Pero desde acá se escucha, hijos de puta.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Nueva York no se iba a mover


Hace 14 años y siete meses yo era un quinceañero imberbe. Literal: me afeité la noche anterior a viajar a Estados Unidos, como si librarme de mi aún tímida barba me ayudara a convencer a los de Migraciones de que este pendeho latino no se iba a implantar en su país para robarle el trabajo a sus fellow americans.

Allá me compraría la guitarra Squier strato que inauguró mi carrera de músico frustrado. Allá me alojaría en la casa de una tía política hoy muerta. Allá recorrería junto con mi abuelo preferido y hoy muerto las calles de Jacksonville, una localidad de Florida que parece estar siempre durmiendo la siesta. Allá conocería el aeropuerto de Dallas, Texas, tan monstruoso que había que tomarse un ómnibus interno para ir de un andén a otro. Viajar dentro de viajar. Allá iría en un avión minúsculo hasta la ciudad de Virginia y vería por primera vez la nieve. Allá me preguntaron si quería conocer Nueva York o Washington y elegí la puerta número dos, con sus museos repletos de fósiles de dinosaurios y trajes de astronauta que fueron y volvieron del espacio con una persona adentro. Creo que dije que en un viaje futuro iba a poder elegir la puerta dos. Que Nueva York no se iba a mover. 

Siete meses después, hace exactamente 14 años, Nueva York se movió. Yo tenía 16 años, barba de siete meses y un arrepentimiento turístico que sólo fue superado, años después, por la culpa de no haber pasado tiempo con alguna gente que al final se evaporó, pero sin ruidos.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Son ocho los monos



(O apuntes sobre Sense8, 
una serie de la que vos -sí, vos- escribiste tan bien.)


Sense1. ¿Cómo darse cuenta de que algo (pongámosle, la televisión) está atravesando una edad dorada? Respuesta: cuando nadie dice "esto está atravesando una edad dorada". No todo el oro brilla. A veces está enterrado. A veces son vetas que se cuelan en otras materias, como rendijas en 3D. A Veces lo que brilla es un baño que recubre la alpaca, que es 60% cobre, 20% níquel y 20% zinc. A veces el oro de hoy es el hambre para mañana. A veces la genialidad no brilla -no es brillante-. A veces se comete el error de manotear materias primas que brillan y generar una cosa nueva pero fea, dolorosa, opaca, residual. Alquimia al revés.

Sense2. Es un mundo nuevo, eso sí. Un mundo en el que tuvimos que nombrar procrastinar a cosas que hacemos desde hace siglos. Un mundo en el que procrastinar ya no es postergar actividades sino una actividad en sí misma con recreos para hacer otras cosas. Un mundo en el que es mandato autodefinirse antes de generar obra. La corriente que pretendo inaugurar. Los preceptos que si aguantan un rato demuestro que vine a romper. Mi generación. El artista al que le molesta la crítica es el artista sincero: el que da un discurso pretende que sea ese mismo discurso el que ordena otros. Estamos viendo la historia por streaming y nadie quiere esperar a que los hechos ya sean pasado para definir una era, una época, una edad. Pero el árbol no sabe qué es un bosque, y el único psicoanalista que se podía analizar a sí mismo era Freud, porque no había otro. Es decir, el valor de tomar distancia para rotular. La edad de lo que sea siempre está ubicada atrás. Entonces se vuelve vital desconfiar de las edades doradas. No sé si estamos en la edad dorada de, pongámosle, la televisión. Capaz estamos en una era de alpaca. Que lo decidan los televidentes que todavía no nacieron.

Sense3. La tele que ya no es el televisor, y no debería sorprender a nadie. La canción "Video Killed the Radio Star" no podía predecir (no se puede hablar de la historia mientras muta, no se puede diagnosticar a un paciente que no para de correr por el consultorio) que hoy Pettinatti, estrella de radio, ofrece manos y se agarra de codos mientras los videoclubes que quedan en la ciudad se van apagando como si fueran los últimos soles del espacio muriendo de frío y las cintas de Cinemateca coleccionan humedad. (La canción, perdón la procrastinación, tiene una frase preciosa: "En mi mente y en mi auto / no podemos rebobinar; así de lejos llegamos.) Se leen menos diarios porque los portales se leen en los celulares. Si las radios de los autos y ómnibus tuvieran internet, ¿estarían muertas las estrellas de radio? ¿Y si todas las teles tuviesen Youtube? ¿Los programas de tele que suben hasta los Everest de los ratings siguen vivos por su poder para tocar nervios populares o porque son parte de una experiencia colectiva-colectivizable? ¿No hay nada de presión social, de rito grupal, de pulsión que no se saborea si no es compartida, que es común entre Showmatch y Game of Thrones? ¿Será tan diferente quedar afuera de las conversaciones en el trabajo al otro día de un programa de Intrusos que tener que esquivar spoilers a la mañana siguiente de un capítulo de The Walking Dead o no tener oportunidad de colar ni una palabra en una charla por no haber visto nunca True Detective para comparar la temporada uno con la dos?

Sense4. Lost cambió todo. Estoy casi seguro de que la primera vez que vi a una mujer linda hablar sobre viajes en el tiempo fue gracias a esa serie. Después vendrían los dragones y los zombis (tópicos que uno asociaba a su grupo de adolescentes con poco sexo y mucho tiempo libre encima que gastaban tardes y noches de sábado enteras jugando Dungeons & Dragons), y hasta llegaría Sherlock Holmes. Cuando las mujeres lindas hablan de magia, uno se tienta no sé si a entregar una medalla de oro a esta era pero por lo menos prometer la de plata. Lost también tuvo sus defectos enormes. JJ Abrams y Damon Lindeloff la hicieron mejor que los artistas: en vez de pretender que su discurso los ordene todos, se preocuparon de que el discurso siempre quedara abierto. No se podía sacar conclusiones sobre Lost porque cada capítulo -como la historia- no era una burbuja cerrada sino una ameba sin límites claros. Un después te explico que duró seis temporadas. Y a la vez se podían extraer cientos de teorías, alimentadas por la promesa de que cada una de esas preguntas que crecían como fractales se iban a cerrar, porque todo estaba pensado desde el principio. Y nos re cagaron. Ahí su genialidad, su brillantez. Mucho más que astucia comercial: crearon una serie sin género definido (la temporada uno es drama aventurero, la cinco es ciencia ficción, la seis es sobrenatural) que nubló la capacidad de predicción de los que conocen las reglas de los géneros. Con fallas y todo, Lost fue una revolución. Y la historia ya se encargó de que sepamos qué pasa cuando se intenta copiar una revolución en vez de crear una nueva.

Sense5. Si el adjetivo sobrevalorado no estuviera sobrevalorado, se la aplicaría a los hermanos Wachowski. Jupiter Ascending fue un intento fallido de hacer ciencia ficción para adolescentes de manera inteligente, y Cloud Atlas fue una ambición desinflada. Las Matrix dos y tres fueron un robo. Es como si el hype (el darles color) después del éxito de la uno hubiese ido perdiendo vuelo hasta rasar el suelo. Si Fincher, Soderbergh y Del Toro (Guillermo) hacen cine y se lanzaron a hacer series, ¿por qué no? Ahí aparece el primer gran problema de Sense8, la nueva apuesta de Netflix: para ser una serie de dos realizadores que tanto brillaron por la potencia visual de sus películas, es más bien vaga, poco arriesgada. Los grandes planos épicos son más bien esporádicos, y no hacen más que darle un aire de solemnidad a unos guiones que ofrecen muy poco a cambio. La historia es: hay ocho personas desperdigadas por el mundo que están conectadas por cierta telepatía que los une y los confunde. Una ejecutiva coreana ve una gallina que revolotea en su escritorio que en verdad se está escapando de un chofer keniata. Una DJ islandesa ve a un policía traumado de Chicago que está en otro continente. Uno come y otro puede saborear. Uno se falopea y otro viaja. Uno chupa y otro tiene resaca. Uno promete y otro traiciona. Algo así como "Lejana", ese cuento de Cortázar, pero por cuatro y sin ese componente dopplegänger que tanto le gustaba al padre de los cronopios y de otras cosas mejores.

Sense6. En Sense8 hay gente que quiere hacer algo con esos ocho raros, y otra gente que los quiere matar. Una premisa con poca sorpresa para el que conoce la ciencia ficción de telépatas, pero que intenta sorprender al mismo tiempo y dejar un discurso abierto y de interrogantes que se ramifican. Para que no queden dudas de dónde está la inspiración, aparece el actor que hace de Sayid en Lost. El tema es que no se puede hacer una revolución sobre otra. En general, a eso se le llama contrarrevolución. Y que un programa de tele se tome tan en serio parece algo viejo en tiempos en los que los habitantes de Westeros brillan por sus diálogos filosos e irónicos, los detectives posta ("true") desgarran las reglas del policial y tanto el cagador profesional de Frank Underwood como el hacker esquizo Elliot Anderson se sinceran mirando y hablándole a la cámara, descascarando la cuarta pared. En este contexto/era, Sense8 es insensatamente conservadora, tradicional, enferma de tomarse demasiado en serio. De eso murió también Constantine, una serie asexuada y solemne basada en uno de los mejores cómics de la historia, que protagonizaba un mago bisexual y sarcástico de tiempo completo: una prueba de alquimia, pero al revés.

Sense7. En Sense8 hay un actor gay en el clóset y una chica trans que se operó y se volvió lesbiana. Se dio vuelta el juego. Ganale a eso en diversidad. Si Lost era insoportablemente hetero (recuerdo que el único gay que aparecía era el veterano de los Others; vamos, ¿que mejor situación para probar cosas nuevas que estar atrapados en una isla?), Sense8 parece querer alcanzar de atrás a la nueva agenda de derechos, como si que una obra refleje lo que pasa en su tiempo no fuera una consecuencia sino una actitud, un esfuerzo, la aplicación de una ley de cuotas. No es (como siempre ha demostrado Doctor Who) una pincelada más en cuadros de personajes complejos sino un casillero: la primera vez que aparece la lesbo-trans está tijereteando con su novia, y el macho gay refracta los coqueteos de una colega actriz en una escena del primer capítulo. En el mes de la diversidad, yo la imagino como un gradiente de colores que van del blanco luz al negro más estremecedor. No me la figuro como una bandera de sólo siete colores. La diversidad es más que pintura fresca sobre un letrero que dice Montevideo: es la ficción transitoria de que existe un lugar del que nadie queda afuera.

Nonsense. Otra diversidad, la racial-étnica, fue uno de los grandes atractivos de Lost. En ese vuelo de Sidney a Los Angeles hay latinos, africanos, yanquis (muchos), australianos, ingleses y hasta un perro. Un accidente nada accidental (el azar y el destino, dos en uno) reúne a un conjunto de desconocidos que luego se vuelve grupo (como en Viven pero con palmeras en vez de nieve), y pronto se descubren conexiones que son más que coincidencias. El destino es multicultural, y conecta a seres de alrededor del globo como un anillo luminoso que rodea todo el planeta. We are the world / we are the children. En Sense8, en vez de ser un plan de algo superior lo que conecta a la gente, es una conexión mental capaz de hacer que un mujer india sienta efectos de drogas que nunca va a probar o que un yanqui conozca algo tan raro como la pobreza de verdad, la africana. Pero en Lost, aunque los acentos no necesariamente fueran los correctos, los latinos hablaban en español y los coreanos en coreano. Lo más sobrenatural de Sense8 es que los une el conocimiento del inglés. Todos hablan inglés. El africano pobre que se rebusca para comer parece haber aprobado el First. La coreana habla inglés. Los alemanes y los indios hablan inglés entre sí. El actor mexicano vive en el DF pero habla todo el día inglés. En la serie hay un hacker, una farmacéutica y un chorro especialista en abrir cajas fuertes, hay gays y heteros, hay estudiantes y ni-nís, pero no alcanza: Sense8 es una prueba de cómo en medio de una supuesta edad dorada se puede hacer una ficción diversa, multicultural y ajustada a la corrección política, y aún así lograr una ficción imperialista.